Después de dos décadas de ocupación, con decenas de miles de muertos y billones de dólares gastados, la coalición internacional liderada por Estados Unidos ha procedido a retirarse de forma vergonzosa de Afganistán, dejando a la mayoría de la población afgana en manos de los talibán, una organización fundamentalista islámica de carácter terrorista.

Todo comenzó el 7 de octubre de 2001, cuando tropas de EEUU y la OTAN invadieron Afganistán en respuesta a los atentados del 11-S, con el objetivo de desmantelar la red terrorista Al Qaeda y sacar al país del subdesarrollo endémico que padecía. De esta forma se ponía fin a la tiranía talibán que se extendía desde 1996. A finales de 2014, con Barack Obama como presidente de los EEUU, una gran parte de las tropas aliadas dejaron Afganistán, de tal forma que las fuerzas occidentales que permanecieron en la zona pasaron de tener una misión militar a desempeñar tareas de asesoramiento y entrenamiento de las fuerzas militares afganas. El 29 de febrero de 2020 el gobierno estadounidense, presidido por Donald Trump, y los talibanes firmaron el llamado Acuerdo de Doha, por el que los norteamericanos se comprometían a la progresiva y definitiva retirada de las tropas aliadas de Afganistán, a cambio de que los talibanes impidieran que desde territorio afgano se llevaran a cabo acciones que atentaran contra los intereses y la seguridad de los EEUU. Este acuerdo, que en realidad no fue de paz sino de rendición, ha culminado, este agosto de 2021, con la decisión del presidente estadounidense, Joe Biden, de repatriar al grueso del contingente aliado que todavía permanecía en tierras afganas.

Han transcurrido tan solo dos semanas desde la retirada de las tropas aliadas y, mientras el presidente afgano, Ashraf Ghani Ahmadzai, abandonaba el país rumbo a Tayikistán, demostrando con ello que tan solo era una figura decorativa dependiente de los EEUU, los talibanes se hacían con el control de la mayor parte de Afganistán, incluida su capital, Kabul, sin encontrar prácticamente resistencia por parte del ejército afgano. Bastan las imágenes retrasmitidas por todas la televisiones del mundo para comprender la enorme magnitud de la tragedia acaecida. Así, mientras los talibanes, fusil en mano, se paseaban por las calles de Kabul ejecutando a civiles de forma arbitraria y con total impunidad, miles de ciudadanos enloquecidos se agolpaban en el aeropuerto de Kabul, en un intento desesperado de abandonar el país.

Evidentemente son múltiples las consideraciones que cabe hacer en relación a la reinstauración del poder talibán en Afganistán, siendo algunas de ellas de capital importancia no solo para Afganistán, sino también para el futuro geopolítico de Oriente Medio.

Así, en primer lugar, cabe destacar el absoluto fracaso de los países occidentales a la hora de contribuir al desarrollo político, militar y socioeconómico de Afganistán. Prueba de todo ello es el hecho de que en 20 años de ocupación las fuerzas aliadas hayan sido incapaces de: 1)cohesionar a las distintas etnias que habitan la zona para construir una nación de ciudadanos libres solo sometidos al imperio de una ley común para todos, 2)establecer un régimen mínimamente democrático, separando el ámbito de actuación del poder político y el poder religioso, 3)consolidar un ejército y unas fuerzas de seguridad con la suficiente fortaleza como para garantizar el mantenimiento de un Estado de Derecho y 4)posibilitar el desarrollo de la economía a partir de los recursos propios, para así combatir, en la medida de lo posible, la pobreza que secularmente ha padecido el pueblo afgano.

Este fracaso, cabe achacarse fundamentalmente al presidente Joe Biden, cuya carencia de principios morales, incapacidad analítica y ausencia de perspectiva de futuro le han llevado a tomar tan nefasta decisión, haciéndose por ello merecedor de las críticas recibidas incluso por parte de sus propios correligionarios del Partido Demócrata, como el mismo Barack Obama, cuyo círculo más cercano ha manifestado públicamente su oposición a desocupar Afganistán en las actuales circunstancias. De la Unión Europea solo cabe decir que sus líderes una vez más no han hecho otra cosa que ponerse de perfil y escurrir el bulto, dejando con ello patente su falta de protagonismo e influencia en el escenario internacional. Ambos hechos vienen a reflejar nítidamente la progresiva pérdida de liderazgo a nivel mundial que tanto la cuna como la vanguardia de la civilización occidental vienen sufriendo, de manera cada vez más acelerada, en las últimas décadas.

A nivel regional, la salida de territorio afgano de las tropas aliadas solo puede traer consigo la pérdida de autoridad e influencia de EEUU en la zona y, con ello, el aumento de la inestabilidad en Oriente Medio y la aceleración del proceso de radicalización de los países islámicos. Así, al abandonar voluntariamente Afganistán, EEUU no solo ha renunciado a ser la potencia hegemónica en Oriente Medio, sino que también va a posibilitar que las dos potencias enfrentadas a Occidente por el dominio mundial, como son China y Rusia, adquieran un papel preponderante en la zona y, de hecho, ambos países ya han iniciado los primeros contactos con los talibanes para sentar las bases de un marco de relaciones beneficioso en términos tanto militares como económicos para todas las partes.

A su vez, al abandonar su papel de gendarme occidental en Oriente Medio, EEUU no ha hecho otra cosa que dar alas al yihadismo, al insuflar bríos renovados a la comunidad musulmana partidaria de la “guerra santa” contra los infieles, que es tanto como decir contra el mundo civilizado. Debido a ello, en el futuro inmediato solo cabe esperar la aparición de nuevos brotes de violencia debido al recrudecimiento de los enfrentamientos armados en Oriente Medio y al incremento del terrorismo yihadista en el mundo entero.

Pero, sin duda, donde a más corto plazo y con mayor intensidad se va a dejar sentir la violencia islamista es obviamente en Afganistán, como demuestra el hecho de que conforme las tropas aliadas se iban retirando del país, los talibanes han comenzado de manera inmediata a llevar a cabo un proceso de represión de la sociedad civil, que incluye el asesinato selectivo de todas aquellas personas acusadas de ser colaboradoras del Gobierno de Ahmadzai. En consonancia con ello, en los próximos días veremos cómo los talibanes implantarán en Afganistán un régimen teocrático asentado en el fundamentalismo islámico, en el que el Corán determinará no solo las prácticas religiosas, sino también el propio ordenamiento jurídico civil. De esta forma, la sociedad en su conjunto se verá sometida a la sharía, esto es, a la ley islámica que recoge las enseñanzas de Alá en relación con todos los aspectos relativos a la conducta humana, sin dejar espacio a la más mínima expresión de libertad individual. Evidentemente, conforme al carácter machista de la religión islámica, las mujeres se verán enormemente afectadas por esta situación, ya que perderán todos sus derechos, quedando relegadas a un papel de perpetua servidumbre al varón, obligadamente cubiertas en público por el burka y permanentemente atemorizadas por una sociedad que las cosifica, considerándolas tan solo objetos sexuales con capacidades reproductivas. En parecida situación se hayan los homosexuales, diabólicamente atrapados en una sociedad homófoba que les niega, bajo pena de muerte, la posibilidad de mostrarse tal y como son y llevar una vida acorde con su orientación sexual.

Ante semejante desprecio a la condición femenina y a las tendencias homosexuales, llama poderosamente la atención el hecho de que el movimiento feminista socialcomunista y el movimiento LGTBI, siempre tan combativos en sus intentos de criminalizar al hombre blanco heterosexual, no hayan tenido el coraje suficiente para levantar la voz y convocar múltiples manifestaciones en defensa de los derechos de las mujeres y los homosexuales que viven en suelo afgano. De hecho, Irene Montero, nuestra inefable ministra de Igualdad, no ha tenido tan siquiera la decencia de escribir un solo mensaje en apoyo de ambos colectivos, cuando, para ello, tan solo bastaba recurrir a las redes sociales que tan habitualmente utiliza con la finalidad de dar a conocer al mundo sus disparatadas proclamas feminazis.

Esta lamentable situación viene a poner de manifiesto la infinita hipocresía y la absoluta impostura que caracterizan a una izquierda instalada en un destructivo relativismo postmoderno y en un ilegítimo e intolerante supremacismo moral. Todo ello ha desembocado en la configuración del llamado “pensamiento políticamente correcto”, el cual, al imponerse en amplias capas de la sociedad por la fuerza de la reiteración permanente y la reprobación del disidente, no ha hecho otra cosa que contribuir decisivamente a la progresiva decadencia de la civilización occidental.