Una mirada atenta a la campaña electoral en EE.UU. y a sus resultados lo que nos muestra ante todo es una sociedad insatisfecha, algo que nuestros medios de comunicación han recogido más de una vez. El país que nos han puesto tantas veces como democracia modelo resulta ser una sociedad descontenta. Podríamos hablar de un Estado del Malestar. En realidad casi todos los elementos que constituían el Estado de Bienestar europeo faltan en la sociedad americana. Los esfuerzos de Obama para instaurar una sanidad pública universal prácticamente han fracasado frente a la resistencia del lobby de la sanidad privada y las farmacéuticas. Educación pública, pensiones y cobertura de desempleo tienen un desarrollo mínimo. Por no hablar de los derechos laborales prácticamente inexistentes en la actualidad. Además las sensaciones de bienestar y malestar son relativas. Dependen de la evolución que experimente la situación de la persona. Si su situación va mejorando fácilmente se sentirá bien, pero si va empeorando, aunque objetivamente su estado sea aceptable, se sentirá infeliz. Y no cabe duda de que la mayoría de los trabajadores americanos ha visto empeorar claramente su situación en los últimos años, contrastando además con el acelerado enriquecimiento de las élites.

También se refleja una sociedad moralmente enferma. Zygmunt Bauman habla de la “ceguera moral” de la sociedad actual (En España lo comprobamos perfectamente viendo la poquísima repercusión que la corrupción generalizada de un partido político tiene en las elecciones). Pues la sociedad norteamericana, que es la vanguardia y el modelo de nuestro mundo, también nos da ejemplo de descomposición moral. Los discursos de Trump eran el más claro ejemplo de incitación a la insolidaridad, el egoísmo, el desprecio de “los otros”, la violencia, el machismo y el desprecio de la mujer. Y ese discurso es el que ha encontrado más eco en la sociedad. Los latinos que han votado por Trump, y parece que han sido bastantes, son latinos ya legalizados que, en un clamoroso ejercicio de egoísmo, están de acuerdo con cerrarles la puerta a sus compatriotas.

Otro elemento que aparece es el desaliento, la falta de esperanza. No ha ganado Trump, Ha perdido Hilary Clinton. En las tres últimas elecciones los candidatos republicanos se han mantenido en cifras de votos muy cercanas: Jhon Cain en el 2008, 59.948.323 votos; Mitt Romney en 2012, 60.933.500, y ahora Trump, 59.611.678, la cifra más baja de las tres. Pero en el campo demócrata las cifras han pasado de los 69.498.516 de Obama en 2008 a los 59.814.018 de Hilary Clinton. Casi diez millones de personas tan desilusionadas que no les ha merecido la pena ir a votar. Obama hizo, seguramente de forma sincera, muchas promesas de avances sociales. Lanzó el “Yes, we can”, el “Podemos” americano. Pero no pudo. El capitalismo actual dictamina que no estamos en época de progresos sociales, sino de retrocesos, Obama fracasó y el pueblo americano se tragó una frustración más.

Por otra parte, importan los discursos de los candidatos, pero importa tanto o más la acción de los poderes ocultos, de las fuerzas económicas. Parece ser que estos poderes estaban divididos. Unos pretendían seguir como hasta ahora: la globalización, los tratados de libre comercio, el imperio de las multinacionales, la desregulación financiera, etc. Esa era la política continuista de Clinton, pero otros consideraban que esa línea no se puede prolongar indefinidamente, que la situación económica y social del mundo, incluso la de los EE.UU., no lo resiste, que eso provocará crisis cada vez más duras con consecuencias imprevisibles.

Así es que había que buscar otra solución, y les parecó lo mejor la deriva de Trump hacia un fascismo a la americana. Nacionalismo agresivo, discurso violento y dogmático y autoritarismo. Y ese sector tenía los recursos suficientes para que en veinte días las encuestas dieran la vuelta y Hilary Clinton fuera derrotada.