La campaña de vacunación global contra el COVID-19 comenzó en diciembre de 2020 en países como Inglaterra, EEUU e Israel; extendiéndose poco después por todo el mundo. Habiendo pasado medio año desde que esta campaña se generalizara, adquiriendo unas dimensiones nunca vistas, es un buen momento para analizar la información oficial sobre los efectos adversos de estas vacunas. Para ello examinaremos los datos publicados por los organismos de vigilancia farmacológica de la Unión Europea (sin incluir a Inglaterra) y de los Estados Unidos: EudraVigilance y VAERS, respectivamente. Antes de comenzar, resulta necesario familiarizarnos con ambos organismos y establecer un pequeño marco metodológico, ya que, si bien no pretendemos realizar un artículo científico, pues no tenemos la formación, el tiempo y los medios necesarios, tampoco queremos que se nos tache de falta de credibilidad. 

Dado que la mayor parte de los lectores no habrá oído hablar de estos dos organismos vamos a intentar dar unas pinceladas acerca de ellos. Nos serviremos para ello de este párrafo extraido de un folleto divulgativo producido por el propio VAERS:

El Sistema para Reportar Reacciones Adversas a las Vacunas (VAERS, por sus siglas en inglés) es un programa nacional para vigilar la seguridad de las vacunas después que son aprobadas. Este programa es supervisado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. (CDC, por sus siglas en inglés) y la Administración de Medicinas y Alimentos de EE.UU. (FDA, por sus siglas sajonas)” .

Por su parte, del sitio web de EudraVigilance extraemos lo siguiente (traducción propia): 

EudraVigilance es la red europea de procesamiento de datos y el sistema de gestión para informar y evaluar las sospechas de reacciones adversas a medicamentos que han sido autorizados o estudiados en ensayos clínicos en el Espacio Económico Europeo” .

Ambos portales indican que los datos por ellos suministrados no se pueden considerar probados, ya que son simples notificaciones que deben ser estudiadas. Esto es un hecho, lo cual tampoco implica que sean falsos, ya que debemos tener en cuenta que un porcentaje muy alto de estas notificaciones proviene de personal sanitario que ya realiza una primera valoración antes de comunicar los hechos. Además, siendo honrados deberían indicar que solo recogen una fracción de los casos que sufren efectos adversos, ya que son sistemas pasivos que no realizan un seguimiento de cada vacunado. ¿Cuál es el porcentaje de efectos adversos que no son notificados? Es algo difícil de saber, pero algunos estudios indican que muy pocos .

En todo caso, tanto VAERS como EudraVigilance son organismos dependientes de las instituciones públicas, cuya misión es la vigilancia de los efectos adversos de cualquier medicamento. Queda claro que son “oficiales” y que sus datos no pueden ser considerados falsos para seguidamente colgarles la coletilla de “fakenews”. 

  

De cara a nuestra investigación, hay que tener en cuenta que cada uno de estos dos organismos siguen metodologías distintas, lo que provoca que no publiquen sus datos los mismos días, que no aporten la misma información y que los criterios de uno y otro sean distintos, todo lo cual dificulta la tarea de unificar la información que ofrecen. Más grave es el hecho de que ambos portales son bastante opacos, o como mínimo complicados, a la hora de proporcionar estos valiosos datos. Motivo por el cual, al investigador aficionado le quedan dos opciones: dedicar todo su tiempo y esfuerzo a picar datos en estas webs o bien fiarse de los datos proporcionados por otros portales. 

Desde luego esta segunda opción no es muy científica, pero sin duda es mucho más rápida y si se combina con comprobaciones aleatorias de los datos de estas fuentes secundarias con las fuentes originales, se logra un nivel razonable de certeza. Asumimos que para determinados medios este fallo metodológico será suficiente para negar toda credibilidad a nuestras conclusiones. En el caso de VAERS que tiene más de treinta años de historia, ya existían páginas dedicadas a difundir los datos del sistema como por ejemplo “Openvaers”  o “Medalerts” . En el caso de EudraVigilance, algunos voluntarios se encargan de realizar la tediosa tarea de recopilar los datos y presentarlos de una manera más accesible .

 

 

Pese a todo, aclarados ya los problemas a los que nos enfrentamos los simples ciudadanos para acceder a esta información, no dejemos que las ramas nos impidan ver el bosque: hay indicios más que suficientes para intuir que estas vacunas están causando graves daños. 

   

De hecho, quien suscribe se ha tomado la molestia de ir recopilando los datos de las distintas paginas web que los analizan, hasta crear una sencilla base que por un lado permite comprobar la coherencia y solidez de estas informaciones y por otro, facilita el contextualizarlas. Si además integramos el número de vacunas administradas , obtenemos la cifra de fallecidos y lesionados notificados por millón de vacunas así como la de fallecimientos sospechosos notificados al día.

Es sorprendente que ningún medio de comunicación de masas se haga eco de estas informaciones ya que a 31 de julio del presente año, VAERS reconoce que se han comunicado 12.366 posibles fallecidos relacionados con la vacuna en los EEUU. Por si esto fuera poco, en la Unión Europea, este número se eleva a 20.525. Hablamos de casi 33.000 fallecidos cuya muerte se sospecha pudo estar causada por una vacuna COVID. Pero lo que es más impactante es que hablamos de más de cien fallecidos notificados cada día tanto en la UE como en los EEUU (y recordemos que seguramente muchos no se notifican).

El número de fallecidos es impactante por sí mismo, pero lo es aún más el número de personas que reportan efectos secundarios de consideración. Así a finales de julio, en los EEUU se han notificado 545.338 casos mientras que en la UE este número se eleva casi hasta los 2 millones. Estos efectos son de muy diversa consideración, pero VAERS también proporciona datos interesantes: un 2’3% fallecen, otro 2’5% sufren daños permanentes (“permanent disability”), un 12’5% requieren tratamiento de urgencia (“emergency doctor/room”). Es decir que probablemente haya otros 35.000 inválidos por las vacunas y unas 150.000 personas ingresadas (con el aumento de la presión hospitalaria que esto supone).

Si queremos saber los tipos de daños permamentes provocados, nos basta con leer las categorias que establece la propia EudraVigilance: 

  • - alteraciones de la sangre y del sistema linfático
  • - alteraciones cardiacas
  • - alteraciones congénitas, familiares y genéticas
  • - alteraciones del oído y del laberinto
  • - alteraciones endocrinas
  • - alteraciones oculares
  • - alteraciones gastrointestinales
  • - alteraciones generales y condiciones en el lugar de administración
  • - alteraciones hepatobiliares
  • - alteraciones del sistema inmune
  • - infecciones e infestaciones
  • - lesiones, intoxicaciones y complicaciones de procedimientos
  • - alteraciones del metabolismo y de la nutrición
  • - alteraciones musculoesqueléticas y del tejido conjuntivo
  • - neoplasias benignas, malignas y no especificadas, incluidos quistes y pólipos
  • - alteraciones psiquiátricas
  • - alteraciones renales y urinarias
  • - alteraciones del aparato reproductor y de las mamas
  • - alteraciones respiratorias, torácicas y mediastinales
  • - alteraciones de la piel y del tejido subcutáneo
  • - alteraciones vasculares

Es curioso que no se hable de infertilidad, pero es lógico, ya que este efecto adverso no afecta a la propia vida y por tanto tarda en hacerse notar.

Por último, el sitio web “Openvaers” ofrece un último dato de interés: la edad de los fallecidos. Esto permite realizar una comparación con la mortalidad natural del virus, aunque con ciertas limitaciones ya que hay un 35% de fallecidos de los que se desconoce la edad. Descontando los fallecidos de edad desconocida, nos sale que uno de cada cuatro fallecidos tenía menos de 65 años. Por su parte tan solo un 5’5% de los fallecidos por COVID en España tenía menos de 60 años y tan solo el 0’5% menos de 40. ¿Podría darse el caso de que estuvieran falleciendo más personas por efectos adversos de la vacuna que por el COVID? Es difícil saberlo, pero no es para nada descartable ya que hay que sumar los efectos severos y los no notificados. Si calculamos los fallecidos comunicados por millón de vacunas, lo multiplicamos por las dosis sumistradas en nuestro país y aplicamos ese porcentaje de fallecidos, nos salen del orden de 500 fallecidos, cifra no despreciable, ya que, según el Instituto Carlos III, el COVID ha matado a 250 personas menores de 40 años.

El otro dato que hemos incluido son los millones de dosis administradas, unos 800 millones. Un número inmenso, pero ni la décima parte de las vacunas que se prevé distribuir. Vacunar al 70% de la población mundial requiere 9.000 millones de vacunas, esto quiere decir que debemos multiplicar por once estos datos hasta los 380.000 y con ello vemos que los efectos de la vacunación a nivel mundial son equivalentes a los de una guerra mediana como la de Siria por ejemplo, donde se estima que han fallecido 400.000 personas. Con una salvedad, la guerra de Siria ha durado cerca de diez años y la vacunación acaba de empezar.

Podríamos continuar desglosando los informes de la farmacovigilancia oficial, pero no queremos abrumar al lector con innumerables datos, por ello vamos a terminar con una última tabla que refleja los fallecidos por todas las vacunas a lo largo de las tres décadas de funcionamiento de VAERS. La imagen habla por si misma, en apenas ocho meses se han notificado practicamente el doble de fallecidos que en los treinta años anteriores, ya que hasta noviembre de 2020 sumaban 6.255 y actualmente vamos por los 12.366.

Es verdaderamente sorprendente que estos datos no sean noticia y que no sean divulgados por los medios de comunicación, máxime cuando vemos cómo cada vez son más quienes abogan por la vacunación obligatoria tando de adultos como de menores. ¿Por qué son ignorados? Hacemos nuestra la opinión de Laurent Mucchielli, investigador del CNRS francés, que reproducimos a continuación: 

La farmacovigilancia de las vacunas contra el COVID-19 es negada ya que amenaza la ideología de la vacunación integral abanderada por la industria farmacéutica, los gobiernos y los principales medios. Esta vacunación masiva está conduciendo a una mortalidad inédita en la historia de la medicina moderna. Es urgente suspenderla para evaluar el balance riesgo/beneficio caso por caso .

Y es que con la actual tasa de mortalidad proxima a cero en menores de 40, obligarles a recibir vacunas experimentales con tales efectos adversos es sencillamente criminal y no digamos ya a los niños y las embarazadas. Que cada cual saque sus propias conclusiones; en todo caso animamos a los lectores a que naveguen por las distintas fuentes en las que se basa este artículo. Les aseguramos que se informarán mejor que en los medios de comunicación tradiconales. Visto lo visto y viendo la actitud de nuestros gobernantes, los cuales recientemente nos anunciaban que tendremos que vacunarmos cada año , solo nos queda implorar la ayuda divina… y que Dios nos pille confesados.