Lo saben. A decir verdad, cualquiera mínimamente avisado —lo cual en España es hoy mucho pedir— se da cuenta del altísimo valor del momento presente, de estos días que pueden cambiar nuestras vidas. Se habla mucho, y con razón, del poder transformador que la pandemia —la primera de la Historia universal— ha ejercido sobre el día a día de la Humanidad. La tensión entre libertad y omnipotencia gubernamental ha estado latente durante estos trece meses y medio de las biografías de cada cual, por ceñirnos a nuestro país. Pero amén de esta metamorfosis profunda, causada no se sabe si por un imponderable o por un agente externo con personalidad propia, asistimos hoy a otra encrucijada que, a nivel nacional, se traduce en un toma y daca para siempre.

Sí, así como suena, la llamada segunda “batalla de Madrid”, en la que como tantos otros fantasmas de nuestro peor pasado reaparecen lemas de guerra tal el “No pasarán”, es muchísimo más que una elección autonómica. Lo saben muy bien Pablo Iglesias y los suyos. Lo saben Isabel Natividad Díaz Ayuso y Rocío Monasterio San Martín. ¿Lo sabe Pablo Casado? ¿Lo sabe el común de los españoles, empezando, obviamente, por los madrileños con derecho a voto? Deben de saberlo ese 42 por ciento de votantes por correo que han incrementado el número de los que han enviado sus papeletas con respecto a los que lo hicieron con la misma antelación hace dos años. Y desde luego, lo sabe el director general del servicio estatal, íntimo de Sánchez y uno de los cargos mejor pagados del Estado.

Lo sabe, con toda seguridad, ya que en buena medida él ha instigado esta situación de tensión que tanto les conviene (Zapatero dixit a Ignacio Gabilondo) el asesor áulico Iván, gran artífice gurú de los “triunfos” (no electorales pero sí negociadores) del as del embuste. El artificiero de la artillería socialista —antes de la pepera y de otras— no siente nada, como su cliente inversor. Él es un contratista, cumple las cláusulas de su compromiso y cobra. Por ese camino del maquiavelismo digital ha llevado a PS (no confundir con Partido Socialista) hasta la Moncloa y de allí al abrazo del “sísepuede” con balcón abierto, supongo que para que saliera el hedor de la traición a los votantes (ya saben, el insomnio y todas esas píldoras para engañar a la máquina de la verdad del electorado).

Iglesias es otra cosa. Éste sí que siente. Demasiado tal vez. Y no precisamente amor a la Patria y a sus hijos. Por eso saltó como un resorte desde su escaño azul, tan acariciado, en el que nunca permanecía erecto porque se arrellanaba como perdido entre tanta abundancia de responsabilidad pública, y en un santiamén (nunca peor dicho) se plantó en la Puerta del Sol con intención de impedir que la franqueara “la ultraderecha”.

En aquella plaza señera de la Historia de España empezó todo, con aquellas tiendas de campaña, de resonancias bélicas, y aquel 15-M de indignados nadie supo nunca bien por qué. Cuentan los entendidos que cuando Bécquer arribó a Madrid, embelesado por los cantos de sirena que sobre la Villa y Corte llegaban a su Sevilla natal y de crianza, se vio metafísicamente decepcionado por una Puerta del Sol que todavía era la resultante de los derribos liberales que acabaron con las murallas de España. Pronto, aquella huella del terruño absolutista sería sustituida por el flamante (entonces mucho más que hoy) salón del kilómetro cero, presidido por el edificio donde desaparecieron las rimas del poeta, víctimas del asalto revolucionario de aquellos días de la paradójicamente conocida como “Gloriosa”, y que acabaron en la primera y triste, como la que le siguió, República Española. Los versos de Gustavo Bécquer se encontraban en un cajón del despacho de González Bravo, ministro de Isabel II y hombre sensible inclinado a ayudar a los artistas merecedores de aprecio. La turba destruyó el gabinete y con él aquel manuscrito, que el padre de la poesía contemporánea en español reconstruyó de memoria durante su exilio toledano. El último viaje de Bécquer también partiría de aquella plaza, en la cubierta de un tranvía de mulas un gélido día de invierno, años más tarde. El Libro de los Gorriones habría de esperar a que sus amigos lo dieran a la imprenta con carácter póstumo. Lamentable sino de España, cosido a esta Puerta del Sol. Tal vez las rimas originales fenecieran entre las mismas paredes donde Isabel Díaz Ayuso espera que el kilómetro cero del devenir español lleve su nombre y el de Rocío Monasterio. También los otros, los herederos de los revolucionarios que se llevaron por delante la obra del romántico inmigrante que había estudiado como huérfano en el palacio de San Telmo de Sevilla, sueñan con dar el golpe de mano que les lleve a esos mismos despachos. La Historia es cualquier cosa menos antojadiza: San Telmo, Puerta del Sol, kilómetro cero… España.