Entrevistamos en esta ocasión a Luys Coleto, colaborador habitual de El Correo de España y uno de los más críticos con la imposición de la mascarilla. Hablamos con él en profundidad de todo lo relacionado con la pandemia, perdón con la falsa pandemia.

- Usted se ha mostrado muy crítico desde el minuto cero a la imposición de la mascarilla en España, a la que con razón llama despectivamente el bozal.

Sin duda, Javier. Bozal o mordaza, como te plazca. Cuando sabes que este truño planetario que nos han montado no obedece a razones de salud es la decisión más razonable. Y más justa. No queda otra. La imposición del bozal es un descarnado y desaforado acto de poder. Y, correlativamente, de sumisión, de inaudito sometimiento.

El asunto del bozal tiene multitud de formidables aristas. Simbólicas, semióticas, históricas, arqueológicas, políticas y biopolíticas, psicológicas. Eso sí, ninguna sanitaria (salvo que el bozal, primera capa simbólica, te "identifica" y "mimetiza" con la mafia médico-sanitaria). Y eso lo saben a la perfección quienes han montado esta pajarraca.

-Y casi todo el mundo sumisamente la lleva.

El por qué la inmensa mayoría de los seres humanos suele aceptar mansamente la esclavitud siempre me ha causado una profunda perturbación. Hoy más, vistos los alucinantes niveles de abyección a los que está llegando la población mundial. Me asombra ese hombrecillo medio, ese hombre-masa que asume de buen grado la podredumbre y la mediocridad de su existencia, acumulando mientras rencor y bilis, ese hombre que mira hacia arriba e implora a su respectivo caudillo que mantenga con la mayor firmeza el orden y la autoridad, el respeto estricto al sistema establecido, por muy injusto que éste sea, y exige que escarmienten sin piedad a los tocapelotas.

Ese hombre adora la disciplina (generalmente para los otros, más laxitud para él), si te das cuenta la expresión predilecta en los últimos tiempos de Cum Fraude. Y del aciago jemad. A ese hombre-masa le espeluzna otra forma de concebir la humanidad, libre, fraternal, alegre, sin paranoias ni miedos inducidos. Una pena, son sus propios policías y también vigilan, rastrean más exacto, a quien se salga del redil. El mejor carcelero, un preso. Siempre.

-Muchos la llevan por miedo a la multa...

Miedos variados. De la Boétie en su magnífico ensayo La servidumbre voluntaria citó el miedo como la razón más poderosa. Miedo a los 100 pavazos. Miedo a ser diferente aunque asumas que el bozal es una puta mierda en todos los sentidos, absolutamente ineficaz y muy perjudicial para la salud. Miedo, también, al qué dirán. Miedo a ser el patito feo entre los tuyos. Una difusa amalgama de miedos. Pánico, mejor expresado. El gang médico-sanitario ha "creado" una patológica sociedad de zumbados hipocondríacos. Con la consiguiente y pésima relación que mantenemos con la muerte y la enfermedad.

-Usted no la lleva nunca y nunca le han parado.

Nunca la llevo. Ni la llevaré. De hecho, como comprenderás Javier, ni la he comprado. Ni sé lo que es una tarjeta sanitaria. Lo dicho, que se la ponga, como la vacuna futura, su puta madre.

Me gustaría no quedarme solo, obvio. Y que la gente repensara los experimentos de Asch, Milgram o Zimbardo, demostrando lo enormemente dócil que es el ser humano. Y lo enormemente obediente ante la autoridad por muy odiosa que ésta sea. Según estos estudios psicológicos la mayoría escasea de recursos psicológicos y éticos para resistirse a una orden o una instrucción de la autoridad, importando poco o nada el tipo de orden o de instrucción, lo justa o injusta que sea. Buscar la conformidad del grupo tiene un límite, obvio.

-Si le parasen, ¿qué diría?

De momento es una propuesta de sanción. Como durante el estado de excepción/sitio disfrazado de alarma, más de 1.200.000 propuestas. Se propone y luego decide la delegación del gobierno, en Madrid con Franco, ese hombre, a la cabeza. Joder, Javier, su segundo apellido es Pardo. Tronchantes coincidencias.

Y luego, por supuesto, se recurre. Y se vuelve a recurrir. Recomiendo consultar la web Scabelum del abogado Luis de Miguel Ortega. Y luego, llegado el caso, no pagas. Cuando la ley es injusta se desobedece. Y hecha la ley, hecha la trampa. No solo para ellos.

-¿Cree que nos van a volver a confinar?

Sin duda. La tortura será algo más suave pero toda la plandemia se encuentra perfectamente diseñada, con sus respectivas fases. Nos encontramos en un atroz teatro. Los sucesivos arrestos domiciliarios, primer acto de la función de esta nueva subnormalidad. Pero la representación proseguirá salvo que se lo impidamos. O que, súbita e inesperadamente, surja una policía que no casque multas. O jueces que vayan anulando el liberticidio consumado ante el que nos enfrentamos. O médicos que dinamiten la falsa pandemia. Los “esenciales” son esenciales, pero no para mantener el horror sino para hacerlo saltar por los aires.

-¿La gente reaccionará sumisamente de nuevo o se rebelará?

¿Quieres que confunda deseo y realidad, Javier? Anhelo que todo salte por los aires. De forma pacífica, obvio. Después de que Cum Fraude nos quiera secuestrar de nuevo, al día siguiente todo el mundo abre su negocio, los directores de los colegios igual, la gente sale a pasear o se larga adonde se le antoje. Los esenciales son esenciales, si quisieran, para disipar la pesadilla. Y el resto de la gente, los no esenciales, la chusmilla lumpen, a vivir en paz. Y a besar y a abrazar, claro.

-¿Por qué emplea un lenguaje tan contundente al hablar, con muchos tacos?

Porque me gusta, porque rompe protocolos sobre escritura en prensa, porque es una forma de vincularme con una escritura humanizada. Por llevar la contraria, imagino. Si escribiera en El Jueves, cero tacos. Me seduce, en ese sentido la propuesta nietzscheana de Schopenhauer como educador, el tema de su tercera "consideración intempestiva". Me gusta descolocar, desubicar. En un colegio libertario, plantearles las cinco vías de Tomás de Aquino. En un colegio católico, propuestas de filósofos de la sospecha.

-Además del tema del bozal y la falsa pandemia, ¿qué otros temas le preocupan?

Me ocupa y me preocupa la vida, en toda su plenitud y complejidad. Homo sum, humani nihil a me alienum puto. "Soy un hombre, nada humano me es ajeno". Publio Terencio en Heautontimorumenos, precisamente, nos lo recordó a través del personaje clave de Cremes, legitimando de esa manera su presencia en la comedia. Unamuno, en El sentimiento trágico de la vida, le otorgaba al conocido adagio un clarividente y nuevo sentido. Soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Me gusta.

Si te das cuenta, todas las medidas tomadas, falsos pretextos sanitarios, son medidas que transforman al prójimo en extraño, en enemigo, casi. Todos los vínculos comunitarios, infinitamente debilitados, reventarán del todo. Y, otra vez reitero, si no se lo impedimos.

Fíjate, Javier: Discotecas, bares, botellones, lugares de sociabilidad, de necesaria y razonable socialización, dato humano, demasiado humano. Nos quieren deshumanizados. Previa androginización y sin ápices de humanidad, hacia el transhumanismo y más allá. Tal vez acaben siendo los robots como en Inteligencia Artificial de Spielberg o los chuchos de City, la excelente distopía literaria de Clifford Simak, los que acaben recuperando el legado de lo mejor del ser humano. Está claro que aislados perdemos, en comunidades fuertes ganamos. Para ello tal vez sea necesario “reconstruir” al devastado sapiens sapiens. Retornar a lo que más amo: humanidad libre y salvaje.

Nos hallamos ante un precipicio, Javier. De momento, no escojamos la opción de Thelma Yvonne Dickinson y Louise Elizabeth Sawyer. De momento. Porque tengo claro que es preferible el abismo del Gran Cañón a un mundo transformado en un Gran Alcatraz.

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