No hace muchos años en una gran parte de la sociedad había ilusión, esperanza y ganas de luchar. No se trataba sólo de reivindicar unas mejoras concretas, se aspiraba a una transformación social profunda, a un cambio de sistema económico, a una revolución. Ahora las reivindicaciones de las fuerzas que se llaman progresistas a lo más que llegan es a que volvamos a la situación de antes de la crisis. O, por lo menos, qué nos quedemos como estamos, qué no nos quiten demasiado.

¿Qué ha pasado? ¿Es que ya no es necesario un cambio en la sociedad? ¿Es que ya no hay problemas muy graves, dramáticos para una gran parte de la humanidad? ¿Acaso se ha avanzado en la solución del hambre, el paro, la marginación, el deterioro ecológico? Si el mismo Papa Francisco nos advierte: “Hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata”.

 

Entonces ¿por qué ni se habla siquiera de un cambio profundo del sistema socioeconómico imperante? ¿Cómo ha logrado el capitalismo que los trabajadores (trabajadores en un sentido amplio que abarca a la gran mayoría de la sociedad) nos resignemos a reivindicar no retroceder mucho, y hayamos abandonado la aspiración a un cambio de sociedad? ¿Por qué millones de trabajadores eligen incluso gobiernos de derechas?

 

En un artículo anterior expuse como las circunstancias obligaron al capitalismo a presentar (en unos pocos países y unos cuantos años) un rostro humano y democrático que encandiló a muchos y le permitió desplegar un formidable aparato propagandístico, gracias al cual el sistema ha logrado imponer una gran mentira: “El capitalismo es la mejor organización socioeconómica que los hombre pueden imaginar, cualquier intento de sustituirlo está destinado al fracaso”.

Esta gran mentira está repleta de mentiras parciales: “Vivimos en un sistema democrático”, cuando en realidad estamos sometidos a la dictadura de los poderes económicos. “Mercado libre”, pero el mercado sólo es libre para los que acuden a él con millones de dólares, se transforma en mercado de esclavos para los que sólo poseen su capacidad de trabajar

Esta gran mentira está repleta de mentiras parciales: “Vivimos en un sistema democrático”, cuando en realidad estamos sometidos a la dictadura de los poderes económicos. “Mercado libre”, pero el mercado sólo es libre para los que acuden a él con millones de dólares, se transforma en mercado de esclavos para los que sólo poseen su capacidad de trabajar. “El desarrollo económico lo resolverá todo”, cuando estamos en los límites del crecimiento, y sobrepasar la capacidad de nuestro planeta nos puede llevar a una catástrofe ecológica. “La competitividad nos asegura el progreso”, cuando lo único que nos asegura la competitividad son masas crecientes de perdedores, marginados y hundidos. “Defendemos los derechos humanos”, cuando el único derecho que el capitalismo defiende es el derecho de propiedad, al que se sacrifica hasta el derecho a la vida. “El comunismo ha fracasado, es estúpido oponerse al capitalismo”, ocultando que los grandes avances de la humanidad han estado precedidos de siglos de esfuerzos, luchas e intentos frustrados. “El triunfo económico es la meta de la actividad humana”, con lo que nos convierte en estúpidas máquinas de producir y consumir. “Hay que aumentar la productividad para reducir el desempleo”, cuando la productividad inexorablemente destruye empleo.

 

La lluvia de falsedades es tan intensa que embota la mente y apaga la capacidad de imaginar otra cosa. En estas circunstancias, descubrir y rechazar sus mentiras es una tarea primordial. Ver claramente la realidad es el primer paso para poder cambiarla. Como afirmaba uno de los primeros teóricos del socialismo: “Decir la verdad ya es revolucionario”. Y si a alguien no le gustan los teóricos del socialismo, ahí tiene el Evangelio de san Juan, capítulo 8, versículo 32: “La verdad os hará libres”. ¡Y falta nos hace verdadera libertad en estos tiempos de dictadura de los poderes económicos!