Desde sus orígenes, ETA señaló el Monumento a los Caídos de Pamplona como objetivo a batir por su significación meramente española.
 
Ya hemos mencionado, en otras ocasiones, que la organización terrorista ETA inició sus operaciones en Navarra con otro nombre: Iratxe.

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Casi inmediatamente a su implantación de la mano de activistas guipuzcoanos, el 22 de diciembre de 1964 terroristas de ETA/Iratxe colocaron dos bombas de escasa potencia en el Monumento. En torno a las tres de la madrugada, una de ellas explotó, dañando una de las lápidas de mármol situadas junto a la puerta principal. Y con un soplete sobre la piedra escribieron: “Navarra para los navarros”, paradójico, pues los primeros etarras en Navarra fueron guipuzcoanos; “morir por Navarra sí, morir por España, no”, y “Dios, Patria, Rey = opio”. A la vez arrojaron numerosos panfletos reivindicando el atentado.
 
Sus motivaciones eran contundentes, aunque por entonces resultaran casi incomprensibles para la mayoría social: Navarra no sería España, desde su perspectiva nacionalista; el carlismo representaría España, al igual que el Monumento; por españoles, ambos deberían ser extirpados de Navarra, como obstáculos humanos, simbólicos y materiales a su programa. Y lo cierto es que siempre persistieron en esa línea, llegando a asesinar a algunos carlistas navarros, años después, y a numerosas otras personas; demasiadas. Paradójico: unos guipuchis resentidos dando lecciones de Historia a los propios navarros… mediante prácticas terroristas.
 
ETA no admite disidencia alguna: ni dentro, ni fuera. Ni en su entorno propio, ni para la sociedad civil. Por ello sus seguidores –desde el alcalde Asiron al último simpatizante- se esfuerzan por eliminar cualquier resistencia, imponiendo su uniformidad característica en todos los aspectos de la vida pública e, incluso, privada. Siempre fue, y sigue siendo, una organización totalitaria; no en vano, todavía no se ha disuelto y si lo hace será integrándose en la “izquierda abertzale” que ella misma creó e impulsó.

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A lo largo de los años, ETA atentó nuevamente de diversas maneras contra el Monumento a los Caídos. Pero, visto lo visto, ¿acaso fue una “audaz y genial” precursora de tan revanchista “Memoria Histórica” que el conjunto de las izquierdas viene agitando en España, muy posteriormente, con maneras guerracivilistas?
 
 
Por otra parte, el pasado 14 de marzo, Izquierda-Ezkerra (la IU navarra) reclamó, en boca de la concejala del Ayuntamiento de Pamplona Edurne Eguino, la demolición del Monumento a los Caídos, alegando sus típicas razones ideológicas comunistas. Y añadieron otra nueva: "Es una construcción de poco valor artístico, un falso neoclasicismo sin calidad, y de ningún valor histórico. No es un edificio, con usos transformables, sino un símbolo grande sin uso inicial ni posterior razonable". Impresionante: Edurne Eguino, igualita al camarada Stalin. “Saben” de todo, opinan de todo, juzgan todo, ¿también ejecutaría a sus “enemigos” todos? Ganas no parece faltarle…

 
A los comunistas, en cualquiera de sus versiones, les pueden sus maneras chequistas y mafiosas: no soportan discrepancias, les puede la impaciencia, están dispuestos a cualquier cosa con tal de “acelerar la Historia”. A pesar de todos y de todo. Por ello están tan manchados de sangre y su brutal historia es inseparable de la de los mayores genocidios de la Historia.
 
Con tales antecedentes, no es de extrañar semejante confluencia -tan natural en objetivos y medios- de terroristas etarras y neocomunistas; aunque alguno de ellos fuera antiguo falangista en su juventud, en lógica continuidad con su familiar ascendencia e ilustre apellido originario de Estella, y hoy militante de I-E. ¡Si Julio Ruiz de Alda levantara la cabeza y viera a su Ignacio Rodríguez!
 
Son famosas las escenas de época que muestran la voladura, por los bolcheviques rusos, de la catedral ortodoxa de Cristo Salvador en Moscú; apenas uno de los miles de templos derruidos -ortodoxos, católicos, adventistas, musulmanes y budistas- por su función y simbología religiosas, en aras de un “mundo nuevo”. Igualmente, allí donde triunfaron, los comunistas de cualquier latitud derribaron obras arquitectónicas de todo tipo y en incalculable número y valor; para elevar en su lugar los omnipresentes mamotretos del “Realismo socialista” que hoy siguen espantando, por todo el mundo, a propios y extraños, autóctonos y visitantes.

Izquierda, demolición de la catedral del Cristo Salvador en Moscú (1931) Derecha, la catedral reconstruída en los años 90.

No parece razonable, pues, que comunista alguno venga a dar lecciones de ningún tipo; ni mucho menos, de arte y arquitectura.
 
Relájense, queridos comunistas navarros. Y disfruten de la vida. Por ejemplo: anímense a ver la película “La muerte de Stalin”, de Armando Iannucci, todavía en cines. Diviértanse y hagan un poquito de autocrítica.  Y tranquilos: ninguno se verá en la tesitura de vociferar “¡Larga vida a Stalin!”…o morir en el intento.