No hemos acabado de digerir el covid y nos desayunamos con la guerra de Ucrania. Y, a continuación, atentos a ver el juego que da la «viruela del mono». Pero si hay pestes en el mundo, hambres, conflagraciones y otras fatalidades no lo debemos atribuir a la conjunción de los planetas maléficos, sino a la impostura de los hipócritas y a la malignidad de los chantajistas; hemos de atribuirlo todo a la indecible villanía continuamente fraguada y ejercida en esas sedes de arrascasarnas que son las instituciones del Nuevo Orden.

Y como el mundo ataca a los conspiranoicos y prefiere dejar en la oscuridad todo lo cabalístico, masónico y globalista, con sus turbias oficinas propagandísticas, financieras y trasnacionales, es por lo que dicha maldad no es más conocida por las muchedumbres; por consiguiente, no es detestada y suprimida como sería de razón. Pero si tal malevolencia fuera algún día suficientemente evidenciada, no vivirá orador tan elocuente ni magistrado tan valiente y poderoso que quemara judicialmente a los turbios cofrades en sus ratoneras.

Una época, ésta, en la que Satanás anda de nuevo suelto, en libertad para recorrer otra vez la tierra, convocando a sus abominables aliados, contra los inocentes. Porque al hombre feliz no le es dado vivir en paz si eso desagrada a algún vecino de mal corazón. Los luciferinos tiemblan en su presencia, se muestran débiles ante ellos; ¡ay de esa gente honrada…! No los perdonarán jamás.

El caso es que la distorsión, la novedad pervertidora, se ha introducido aquí con violencia, y se pierden los venerados símbolos y tradiciones, y vienen otros tiempos, y otras ideas ocupan a las actuales generaciones. Tiempos en los que estos maestros de indecencia, derrocadores de honradez, se afanan por entrar en vuestras cocinas -esas que el período franquista dejó limpias de mugre y colmadas de nutrimentos- para infestarlas de ratas y escupiros villanamente en el plato que comíais gustosos, con objeto de que asqueados de sus siniestros salivazos desistáis de comer los manjares servidos y así puedan quedar para ellos.

Aprovechados y astutos, se comportan como aquel médico que decía que el ala y el muslo del pollo castrado y bien cebado eran malos, la pechuga peligrosa, y el cuello muy recomendable siempre que se le quitara la piel, a fin de que los enfermos no los comieran y todo fuera reservado para su boca.

Así han actuado y actúan estos nuevos diablos desde que vieron a los españoles deseosos de vivir y con el ferviente anhelo de seguir mejorando, en feliz progreso tras el período franquista. Pero la felicidad de su prójimo, y menos si provenía de Franco, que bien los conoció y por eso no los dejó meter la mano ni la pata, no la asimilan, de ahí que volvieran a escupir dentro del plato, y calumniaran sus recetas e ingredientes, con el fin de que nadie los coma, excepto sus sectarios. Se los han quitado a los españoles de bien, y se están aprovechando de ellos con absoluta desvergüenza.

Cuando guían los enemigos y los débiles, el mundo se vuelve irrespirable para los mejores, porque el resentimiento de aquellos hacia éstos acaba asfixiándolos. Los amos del mundo han pergeñado un Sistema a la medida de los débiles, algo que se ha visto claramente con el asunto del covid, sus vacunas, mascarillas, confinamientos y demás. Y han puesto a los débiles, que son inmensa mayoría, a vigilar a los fuertes. Los fuertes, precisamente por saberse fuertes y mejores, ceden ante los débiles, para no dar pábulo al abuso. Y ese es su error, porque la primera ley de aquellos es la de aprovecharse de su propia debilidad. Por eso hay que defender a los fuertes de los débiles.

Defenderlos de esas innumerables minorías victimistas, de esos infinitos grupúsculos adheridos a las ubres del estado, que gritan su debilidad -su indignidad- al mundo para seguir viviendo a costa de los que se esfuerzan. Ristras de desmadejados, ruines y vagos que la casta política sustenta y en los que, a su vez, se apoya. Porque así lo ha dispuesto el Sistema para acabar con los renuentes, que resisten gracias a su fortaleza moral; y así, pese a la unidad de los diablos, se están mostrando, poco a poco, todos los gatos muertos de la sociedad del bienestar, de la civilización del pensamiento correcto y de los progres. ¡Los débiles al poder! ¡Pobre nave aquella a quien las olas, los vientos y el piloto abocan al naufragio!

El caso es que todo el período histórico de la Transición -llamada pomposa y fraudulentamente democrática- fue desde su comienzo un engaño. Durante este período, no sólo la democracia, que nunca ha existido, sino la totalidad de nuestro país ha estado en un proceso de involución, pero a cámara lenta, y por eso no se ha notado significativamente hasta la destrucción cuasi total, que es donde nos hallamos. La propaganda se ha encargado de endulzar la hiel. El caso es que hay que sanearlo todo, caiga quien caiga. Se ha ido formando una consigna de silencio en nombre del diálogo y de la gobernabilidad, como máscaras para ocultar la corrupción, el desastre; todo lo contrario de lo que debe ser la democracia.

A la vista de todo ello, desolados pensamientos nos hacen descender hasta los pasos cotidianos de la multitud, hasta esos pequeños vicios que nos la muestran falsamente ingenua. Vidas humilladas, violencia impune, relaciones sociales infelices, justicia tardía y venal… los avatares contingentes que padece una ciudadanía sonámbula e indigna. Cada vez más, en buena parte de esta sociedad nuestra, se respira una tensión continua, un rencor y una violencia en casi todos los aspectos. Anhelos reprimidos o frustrados, actitudes detestables, incomprensibles desde la normalidad, pero que tienen encaje considerando la convivencia con el infierno ideológico de las izquierdas y con el sangriento linaje del terrorismo separatista, hoy en el gobierno de las instituciones patrias y en el NOM.

Si nuestra época merece un nombre, se le llamará la edad de la corrupción, y de la desesperanza. Pero no es justo culpar de corrupción sólo a los políticos, como no es justo culpar de sentir desprecio por los demás sólo a los poderosos, puesto que estos vicios, como todos los vicios, son universales. Puede oponerse al autor: «Tú, que pareces añorar otros tiempos, no cejas de criticar a la sociedad actual y a su progreso, pero es seguro que no cambiarías la comodidad de tu automóvil y de tus electrodomésticos por toda la dignidad imperial del reinado del emperador Carlos V».    

Si todo lo ciframos en su sentido utilitario, es inevitable que la sociedad progrese, porque los avances actuales son herederos de los del pasado, pero lo que debemos cuestionarnos es a qué coste se consigue el progreso; si son o no excesivas las víctimas y los desperdicios dejados en el camino por ese progreso, y también si lo conseguido es generado por la acción beneficiosa de los gobiernos actuales o más bien se ha realizado a pesar de sus vicios y errores. Porque en esta época globalista en que la especulación, el dinero negro y el lujo se han convertido en el modo de vida de unos cuantos, más de moda aún se han puesto los detritos -materiales y humanos-, los brotes psicóticos y las insatisfacciones de todo tipo que conllevan.

Y no creo que con ello se haya avanzado, a pesar de tanto progreso y tanta modernidad puesta en boca de los intoxicadores y de los sofistas, salvo que se entienda por ello el obrar mal con mayor tranquilidad, el delinquir, el abortar, el divorciarse cada dos por tres, el abandonar a los hijos en guarderías o en colegios doctrinarios o en manos de los abuelitos más o menos chochos, el viajar al Caribe a costa de ampliar el ya desmesurado capital de la hipoteca, el tener las cárceles repletas, el permitir los asaltos diarios y metódicos de nuestras fronteras, el pagar impuestos abusivos para enriquecer a los recueros, el mantener una monarquía que calla ante el derrumbe sistemático del reino, el soportar las jactancias terroristas y separatistas, el aceptar la economía sumergida, el paro millonario, la escasa producción y las abundantes subvenciones.

Hace ya más de veinte años que el propio Julio Anguita, un hombre de ideas políticas equivocadas, pero honrado hasta lo que yo conozco de su vida, ya acabada, dijo que tener trabajo se había convertido en un signo de distinción social, por culpa de los demócratas de la casta. Y decía más: «Los jóvenes no se lanzan a la calle para gritar su frustración, porque hemos formado una mentalidad sumisa, a través de programas entontecedores de la TV, de mucho fútbol y de mucho consumo. Y hay unos señores que son tremendamente culpables, los llamados intelectuales. ¿Por qué no protestan ante lo que está pasando? ¿Se conforman con el pesebre que les ha puesto el Sistema? Y hay una juventud que está enajenada en el consumo, que se cree que es rebelde. ¿Es rebelde comprar lo último que dice la TV? Son rebeldes de diseño».

Anguita, que se enfrentó con vehemencia al tenebroso felipismo, ponía el acento en los jóvenes, porque sabía que eran el futuro, y en los intelectuales, porque representaban la voz crítica, pero sin nombrarlos inculpaba a los españoles en general, que ya entonces dormitaban frente a sus horizontes hedonistas. Ahora, tanto aquellos jóvenes como los actuales, como los maduros y los viejos que aún pueden gozarlo, y no digamos los intelectuales áulicos, siguen, en la misma proporción que entonces, sin variar de horizonte, sin caer en la cuenta de que los puentes que deberían disfrutar y añorar no son los festivos de diez ojos, paralizadores de la actividad productiva, sino aquellos de unión entre la España tentada por un ideal de vida sensual y pagana y el mundo gótico, impregnado de fervor humanista y cristiano y de aspiración a la salvación de su dignidad, de su alma.