La historia de la humanidad demuestra, lamentablemente, que siempre ha habido “buenos” y “malos”. Siempre, por intereses oscuros y bastardos, se han iniciado persecuciones contra determinados sectores de la ciudadanía aduciendo excusas de lo más ruin y miserable. No hay más que asomarse a las páginas de la historia, incluso reciente, para comprobar lo antedicho.

Los ejemplos, desgraciadamente, son muchos, desde la implacable y criminal persecución a los judíos emprendida por los Nazis -no hay que olvidar que el partido que inició esta persecución canalla en Alemania fue, precisamente, el Partido Nacional Socialista, aunque luego, le siguió muy de cerca, incluso lo superó, otro movimiento especialmente “democrático”, el comunista ruso-, hasta la discriminación de los negros en los todopoderosos e imperialistas Estados Unidos de Norteamérica, sin olvidar las masacres raciales de las que hicieron gala los británicos en todo su Imperio. Por tanto, la discriminación ha sido, lamentablemente, arma usada por los poderosos en toda ocasión y oportunidad.

Aquí, en nuestra amada Patria -que no “matria”, estúpida-, la nueva ley de “memoria democrática”, pretende lograr el mismo objetivo, establecer dos categorías: por un lado, los “buenos”, los que, sin rechistar y sin ahondar en el verdadero conocimiento de los hechos históricos, asumen como buenas las consignas dictadas por este gobierno canalla y miserable -socialistas y comunistas, no olvidemos-, y por otro, los “malos”, los que, afortunadamente, no pensamos como ellos y no estamos dispuestos a dar por buena esa historia que pretenden reescribir para ganar en los despachos, merced a la ignorancia supina de una parte de la población, lo que perdieron en los campos de batalla a los que nos condujeron, precisamente, las conductas totalitarias de estas perversas y odiosas ideologías.

Sin embargo, como hemos señalado, no solo estas conductas totalitarias son producto del ejercicio del poder por parte de comunistas y socialistas ya que, en la misma medida, el imperialismo, especialmente el ejercido por los anglosajones, ha sido igual de letal en aquellos territorios donde lo han ejercido y que, más tarde, fue imitado, a menor escala, por otras potencias europeas entre las que nosotros, afortunadamente, no nos encontramos.

Hoy en día, una buena parte de la población está viviendo los mismos efectos letales que produce la persecución, aunque en este caso obedece a un contubernio en el que se suman los movimientos totalitarios -comunistas y socialistas- y el más feroz imperialismo, el globalismo, igualmente totalitario en su esencia.

Aquí en Galicia, S.M. Feijóo I de Galicia, dictador al más rancio estilo feudal, para mejor salvar su culo pretende imponer, entre otras cosas, la vacunación obligatoria contra el viruschino y pobre de aquel que no siga sus dictados totalitarios ya que quedará excluido de la vida pública y la muerte civil será un hecho consumado.

Lo decía el otro día en un artículo publicado en ECE. Este personaje, pretende implantar como norma que un individuo cualquiera, a la puerta de un bar o un restaurante, sin estar respaldado por título legal alguno que se lo permita, pueda exigirnos el certificado de vacunación o el resultado de una pcr para poder acceder a su interior, mostrando con ello un absoluto desprecio a nuestra libertad y a varias normas legales entre ellas la Constitución Española vigente.

Esperemos que el sector de la hostelería no caiga en esta trampa ya que, de ser así, merecerá que el cariño y solidaridad que hemos mostrado hacia ellos en los peores momentos de la “plandemia”, se torne en el desprecio más absoluto. Por mi parte, ya está decidido, allá donde me exijan tal cosa o me obliguen a identificarme no solo no accederé, sino que jamás volveré a entrar y me da igual que sea propiedad de un amigo que de un enemigo.

Pues bien, al socaire de este artículo, alguien manifestó -en su derecho está de hacerlo, faltaría más- su más ferviente y calurosa aceptación de esta medida, aduciendo que ni él, ni su familia, están dispuestos a acceder a un local donde podrían ser contagiados.

Todo esto me parece muy bien si alguien me garantizase que todo aquel que esté vacunado no pueda contagiarme a mí, sin embargo, se sabe que tal aseveración es una falacia y que cualquier vacunado, lo afirma el mundo científico, puede seguir contagiando en la misma medida que también puede volver a contagiarse.

Por tanto, lo exigible es que no se permita entrar a local alguno a cualquiera que pueda contagiar, esté vacunado o no. De ser así, tal vez yo no pondría obstáculo en identificarme a la puerta de bares y restaurantes.

Sin embargo, lo grave de todo esto es la situación a la que estamos llegando. Empezarán por bares y restaurantes, seguirán por medios de transporte público, luego vendrán los supermercados y el comercio en general y, al final, a los no vacunados nos colgarán un aspa del pecho para que nos identifiquen con más facilidad y con ello nuestra muerte civil. ¿Esto no les suena de algo?

Sorprende que el verano pasado, por estas mismas fechas, sin usar mascarilla y estar vacunados, el índice de contagios, hospitalizaciones y fallecimientos era mucho menor que el actual. Si, ya sé, es que nos encontramos ante una nueva variante más letal que la anterior, en fin…, sin comentarios.

El problema radica en que las potencias, por temor a perder el “chollo” del mercado chino y el hecho de tener hipotecadas con esa potencia nuestras economías, no han sido capaces de exigir, incluso bajo amenaza de bloqueo, al gobierno comunista chino -¿otra casualidad?- que reconozca la manipulación de este virus, su fabricación artificial y la forma, intencionada o no, de su expansión.

¿Qué sucedería si un avión militar de cualquier potencia arrojase una bomba atómica contra otra? La respuesta, a buen seguro, sería inmediata y contundente. Sin embargo, la expansión de un virus, en lo que a todas luces constituye una guerra bacteriológica, dirigida a masacrar las economías occidentales, parece que no merece la respuesta adecuada.

En cualquier investigación policial sobre un suceso, es fundamental conocer el móvil del hecho para poder descubrir e identificar a su autor; es decir, saber quien se beneficia, bien sea directa, bien colateralmente, del resultado de lo sucedido. Algo que, en nuestra querida España, pocas veces se ha tenido en consideración, no hay más que estudiar nuestra historia para darnos cuenta de ello y así veremos que la investigación de magnicidios y grandes atentados -el último, la masacre de Madrid de 2004-, no pasó de identificar y detener a los presuntos autores, más allá de investigar de verdad, y a quien lo hizo le pararon los pies, quien estaba detrás de todo ello, lo que conocemos por el autor intelectual. Algo similar vuelve a repetirse en esta oportunidad. Nadie pregunta, nadie quiere saber, nadie duda de nada.

Por ello, sería necesario conocer quien sale beneficiado de esta situación que nos está llevando a la ruina y ahí, el globalismo totalitario -contando con el concurso del comunismo chino- y sus siervos, bien financiados, tendrían mucho que decir ya que ni siquiera se recataron de anunciar sus intenciones muchos años antes.

Merced al pánico que nos llevan inoculando desde marzo de 2020, después de que explosionase aquella bomba vírica en Madrid, en forma de manifestación del 8M, el objetivo prioritario de unos y de otros fue crear una atmósfera de pánico colectivo que les ha permitido cometer todo tipo de arbitrariedades y colarnos todo tipo de leyes y normas a cada cual más sectaria y más totalitaria.

A todo ello, nuestra única respuesta fue bajar la cabeza y aceptar de buen grado y calladitos todo lo que nos decían fuese cierto o no, sin siquiera molestarnos en contrastarlo con otras opiniones, muchas de ellas de probada solvencia, ya que nos habían prometido que nos salvarían si éramos buenos y obedientes. Y así, llevamos un año largo sufriendo todo tipo de limitaciones de nuestras libertades y agradeciendo, aun encima, cada vez que nos devuelven, aunque sea mínimamente, cualquiera de los derechos de los que nos han privado y menos mal que ya hemos dejado de salir a las ventanas, como tontos, a aplaudir no sé sabe bien a quien.

De esta suerte, aceptamos de buen grado que nos obliguen a identificarnos ante un camarero a la puerta de un restaurante o que nos hagamos una pcr en un autobús situado a la puerta de una discoteca ya que, por lo menos, así nos permiten hacer uso de tales servicios, como si tal cosa fuera un derecho graciable en manos del político de turno. Mientras tanto, seguimos sin saber de donde ha surgido este virus chino, si realmente los pcr valen para algo o si las vacunas van a servirnos para inmunizarnos contra esta maldita enfermedad.

Pues bien, o despertamos y nos ponemos serios o, de lo contario, en otoño vendrá otra cepa que justificará nuevas restricciones de nuestros derechos y libertades y así sucesivamente, y eso sí, cada año una nueva vacuna. El gran negocio de unos cuantos y el sometimiento general al globalismo internacional, ese representado en esa especie de roscones multicolores que adornan las solapas de muchos de nuestros políticos, especialmente el del pantalón de pitillo y todos sus secuaces.