El estallido de una guerra en el corazón de Europa nos ha pillado a todos entre estupefactos y descolocados. Ver toda esa destrucción y el coste de vidas y sangre derramada en nuestro propio continente, que considerábamos seguro, nos ha consternado enormemente. No teníamos un conflicto de esta naturaleza en el Viejo Mundo desde la guerra de Yugoslavia y con un contendiente tan peligroso y con tanta potencia militar, desde la 2ª Guerra Mundial.

Suele decirse que la primera víctima de una guerra es la verdad. Parece que llevamos desde el inicio del conflicto en modo propaganda de guerra y eso es malo para la inteligencia. Paralelamente a la lucha armada en Ucrania se viene desarrollando una guerra psicológica y de desinformación en toda Europa, unos pocos defendiendo a Rusia a ultranza y tomando a Putin por un mesías y, la mayoría, tomándolo por un loco y lanzando proclamas anti-rusas que llegan a instigar a la xenofobia contra los rusos, planteamientos igualmente pueriles y que no conducen a nada.

Para comprender lo que está pasando es necesario repasar, siquiera someramente, la historia de ambas naciones, Ucrania y Rusia, así como las acciones recientes de sus líderes y de los de los países de la OTAN, especialmente Estados Unidos, desde el Euromaidan, en 2014, hasta nuestros días.

Del mismo modo que nosotros situamos la primera España en el Reino visigodo de Toledo o, en otros casos, en el Reino astur-leonés fundado por don Pelayo, el mito fundacional tanto de Rusia como de Ucrania tiene el mismo origen, el Rus de Kiev fundado en el siglo IX y que en el XI incluía la parte europea de la actual Rusia y que llegó a ser la estructura política europea más importante de la época. Dado que su centro se encontraba en la actual Ucrania, no es que la independencia de esta nación de la URSS, tras su desmoronamiento, sentase a los rusos, como ha dicho Juan Manuel de Prada en un reciente artículo, como nos sentaría a nosotros la independencia de Cataluña o como les sentó la perdida de otras repúblicas, como Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia o Georgia, sino de un modo sustancialmente peor, como si de España se separase Covadonga.

El Rus de Kiev fue destruido en la invasión mongola del siglo XIII, para reconstituirse después, al tiempo que aparecía el zarato moscovita que, convertido en el Imperio ruso de los zares terminaría conquistando Ucrania en 1772. Más adelante, Ucrania sería una de las repúblicas fundadoras de la URSS, padeciendo bajo la tiranía soviética una represión brutal, incluido el Holodomor en 1933, donde murieron entre 4 y 12 millones de ucranianos de hambre, causado por Stalin. De entre todos los territorios que manifestaron una resistencia notable al comunismo, Ucrania, con líderes nacionalistas como Stepán Bandera, fue sin duda el que más destacó en este sentido. El capitán Palacios cuenta en “Embajador en el infierno” como los cautivos españoles de la División Azul en el Gulag soviético se encontraban con ucranianos que presumían de ser “banderas” por el nombre de su jefe y que eran los más temidos y odiados por las autoridades soviéticas y a quienes reservaban peor trato y destino.

Bajo dominio soviético, además, pese a sufrir una evidente opresión, Ucrania vio incrementado su territorio con la península de Crimea de mayoría aplastantemente rusa. Cuando se consiguió la independencia con el desmoronamiento de la Unión Soviética, tanto Crimea como otros territorios de mayoría rusa se fueron con el nuevo estado.

El resultado de este proceso es una Ucrania dividida casi al 50% entre pro-rusos y nacionalistas europeístas, americanistas y anti-rusos, con una parte de su población que, o bien es de origen ruso y se sienten más rusos que ucranianos, o bien, sintiéndose ucranianos, está culturalmente asimilada a Rusia y se expresan en ruso, de modo que están igualmente incomodos bajo dominación rusa que con un gobierno nacionalista anti-ruso que les impida expresarse en su lengua rusa natal, que la estudien sus hijos, acceso a la televisión en ruso, etc.

Fruto de esta configuración sociológica, la Ucrania posterior a la independencia ha cabalgado entre gobiernos pro-rusos y europeístas anti-rusos. La llamada Revolución naranja en 2004 significó la llegada al poder de los europeístas que tomaron la iniciativa, pero casos de corrupción, como el que llevó a Iulia Timoshenko a la cárcel, provocaron la vuelta al poder del pro-ruso Yanukovich en 2010, que, en 2013 rechazó el Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la Unión Europea para estrechar relaciones con la Federación de Rusia con el fin de ingresar en la Unión Aduanera Euroasiática.

Esta decisión, totalmente legítima del gobierno democráticamente elegido de un estado soberano, dio lugar a una serie de protestas, principalmente en Kiev, conocidas como el Euromaidán, que reunieron a más de 1.000.000 de manifestantes de toda Ucrania. A partir de aquí los hechos son confusos. Se acusa a la policía de reprimir violentamente las protestas, pero entre los manifestantes existían grupos paramilitares que respondieron con la fuerza y generaron una situación de conflicto civil, con centenares de muertos, que tuvo como consecuencia el derrocamiento del gobierno pro-ruso de Yanukovich y el retorno al poder del nacionalismo europeísta, atlantista y anti-ruso, más agresivo que nunca. Las sospechas de intervención de USA en este cambio de gobierno favorable a sus intereses son evidentes.

La respuesta de la población pro-rusa en los territorios en los que era mayoritaria produjo la independencia de facto y posterior anexión a Rusia de Crimea y Sebastopol, así como una guerra civil en el Donbas (Donetsk y Lugansk). Es esta Ucrania desestabilizada en la que un gobierno legítimamente democrático favorable a los intereses de Rusia fue sustituido, sin que mediasen las urnas, por otro notoriamente más favorable a occidente en condiciones poco claras la que está sirviendo de escenario al enfrentamiento entre Rusia y la OTAN.

La pretensión del gobierno anti-ruso de Ucrania de ingresar en la OTAN, así como el establecimiento de bases militares estadounidenses en zonas fronterizas o próximas a Rusia, provocó la respuesta de Putin con la movilización de tropas de Rusia en la frontera con Ucrania. Mientras la guerra civil seguía en el Donbas, con acusaciones a Ucrania de no respetar los derechos humanos de los rusoparlantes, continuamente ignorados por los medios occidentales.

La OTAN advertía de una inminente invasión rusa, que no terminaba de llegar, mientras otros analistas suponían que Putin se conformaría con el reconocimiento por parte de Rusia de los territorios separatistas de Donetsk y Lugansk y su despliegue de tropas en estos territorios. Pasados los juegos olímpicos de China, sin embargo, lo que vimos fue una invasión total de Ucrania. Una acción de esa naturaleza resulta desproporcionada y de consecuencias terribles, pudiéndose contar los muertos por miles y destrozando la vida a millones, pero no parece que sirva de nada tomar a Putin por loco (que es tan absurdo como tomarlo por un mesías, Putin tiene escasa consideración por la vida y los derechos de los ucranianos, pero no es irracional) y no darse cuenta de lo que USA, la UE y la OTAN han hecho mal, provocando un conflicto que ahora nos estalla ante los ojos.

Parece que a lo que estamos asistiendo es a un choque entre un imperio en retirada como es el de los Estados Unidos y uno renaciente como es el ruso, en el marco del tránsito del mundo unipolar que quedó tras la caída del muro de Berlín, en el que USA era la única superpotencia, hacia uno multipolar en el que, junto a los EE.UU., que siguen siendo una gran potencia, pero ya no la única, otras como China y Rusia por el momento, y puede que alguna más en el futuro, se erigen como distintos polos de poder en un difícil equilibrio.

En ese sentido, lo mejor que, no solo España, sino toda Europa podría haber hecho era tratar de mantenerse neutral y mediar para evitar que del enfrentamiento de potencias pudieran surgir situaciones trágicas para millones de europeos, como la que estamos viendo ahora en Ucrania. Una vez desatado el conflicto, es lógico tratar de presionar a Rusia con los instrumentos financieros de que se disponga, para que deponga su actitud bélica, que tanto dolor causa en pleno corazón de Europa, pero siempre con vistas a facilitar una salida negociada lo antes posible que minimice los daños que ya son terribles, pero que pueden ser mucho peores si se eterniza la guerra.

Rusia no es Irak ni Afganistán ni Siria, Rusia es el segundo ejército más poderoso del mundo, con arsenal nuclear y el abismo tecnológico que lo separaba de los Estados Unidos en tiempos de Gorbachov o Yeltsin se ha reducido notablemente hasta estar casi a la par o, incluso, a estar Rusia por delante, en algunos aspectos militares concretos. Incitar a una guerra entre semejantes colosos parece una locura.

Con la invasión, Putin ha perdido la razón que le asistía en sus reivindicaciones sobre las zonas pro-rusas de Ucrania y sobre la ampliación de la OTAN a sus mismas fronteras, pero la geopolítica no suele moverse por razones, sino por intereses. Salvo el Imperio español, las grandes potencias nunca se han movido por criterios éticos, sino meramente prácticos.

La OTAN tenía por objeto proteger a Europa de la URSS y del Pacto de Varsovia. Desaparecidos estos, su propia continuidad es cuestionable. Más aún para España, ya que los acuerdos defensivos de la OTAN no incluyen a Ceuta y Melilla, que son las únicas ciudades españolas ahora mismo amenazadas por una nación extranjera que las reivindica como suyas como es Marruecos. En ese sentido, no estará de más recordar que los únicos enemigos geopolíticos naturales de España son Inglaterra y el ya citado Marruecos, en tanto que tienen ocupado o aspiran a ocupar territorio español, Inglaterra Gibraltar y Marruecos las mencionadas Ceuta y Melilla y Canarias. Rusia no es un enemigo natural de España ni debería serlo.

Por otra parte, de un conflicto mayor entre occidente y Rusia la gran perjudicada sería, sin duda, Europa occidental, como lo está siendo ya en esta terrible guerra, no solo porque sería la que pondría la mayor parte de muertos y la que sufriría la crisis de refugiados que conlleva el choque bélico, como ya está ocurriendo, sino porque además en la guerra comercial subsiguiente sería la que se llevaría la peor parte. Los agricultores españoles ya han sufrido las consecuencias de unas sanciones a Rusia impuestas por la Unión Europea que han dejado sin mercado, por ejemplo, al caqui valenciano, que se ha dejado pudrir en los árboles, pero una guerra comercial a gran escala perjudicaría a toda Europa.

En efecto, lo que Rusia vende mayoritariamente a Europa es energía, concretamente gas. Este gas puede colocarlo fácilmente en otros mercados, como el asiático, tan solo bajando un poco el precio, mientras que Europa tiene mucho más difícil abastecerse. Lo que los países de la UE venden a Rusia es, principalmente, vehículos y maquinaria, lo que, en caso de una guerra comercial tiene muy difícil colocar en otros mercados o ser absorbido por el mercado interno, mientras que Rusia puede alargar la vida útil de los que ya posee sin mayores trastornos a corto plazo. Solo muy a largo plazo sufriría consecuencias serias. En definitiva, solo USA y China tienen algo que ganar con este conflicto, mientras que Europa tiene todas las de perder.

Vemos, pues, como Ucrania es aquí una perfecta metáfora de Europa, utilizada por unos y otros en sus juegos de poder sin sacar ningún beneficio por ello y sí una inevitable tragedia. Ucrania tiene, por su origen y evolución histórica, dos almas, una rusa y otra europea y no puede renunciar a ninguna de las dos. Su destino, para ser un estado independiente viable, es armonizar estas dos almas y servir de puente entre Rusia y Europa, como España es puente entre Europa y América. Todo lo que no sea eso la lanzará hacia la inestabilidad. Por desgracia, esta guerra enconará los odios y termine como termine generará rencores de se prolongarán durante generaciones.

De igual modo, el destino de Europa es tratar de constituirse como un bloque entre los imperios ruso y estadounidense, no entregarse ciegamente a ninguno de ellos. Ni ser la punta de lanza de la OTAN en un vasallaje a la anglo-esfera de la que ni España ni Europa tienen nada que ganar y sí mucho que perder ni aceptar ser el objeto de una expansión rusa que occidente no puede consentir.