Alemania capituló el 8 de mayo 1945. Prueba Trinity el 16 de julio. El 6 de agosto estalló la primera bomba atómica (Little Boy, de uranio U-235) en Hirosima. Dos días después la URSS declaró la guerra a Japón y el Primer Ministro Kantaro Suzuki dijo a los miembros de su gobierno: «… no nos queda más remedio que capitular sin condiciones», lo cual fue hecho público de inmediato; ello no fue óbice para que el día siguiente se tirara una segunda bomba (Fat Man, plutonio Pu-239) sobre Nagasaki. Japón aceptó las condiciones de rendición el 14.

Los bombardeos atómicos no fueron, ni con mucho, los más mortíferos que hicieron los sajones, dentro de los cientos que desarrollaron en su búsqueda de la aniquilación de gran parte de los pueblos alemán y japonés. Tokio (en varios bombarderos) y Dresde (en uno solo continuado), entre otros centenares de ciudades, resultaron mucho más mortíferos y costosos, como consecuencia de la premeditación, tiempo y recursos necesarios para efectuarlos. Los bombardeos `de alfombra´ americanos habían arrasado no solo las cinco ciudades japonesas más importantes, sino también otras 67 (23 de entre 100.000 y 400.000 habitantes y otras 41 de unos 100.000 habitantes) destruyendo casi toda la capacidad industrial japonesa.

El 75º aniversario del empleo de las primeras bombas atómicas ha sido lógica ocasión para su recuerdo, precedido, no se olvide, del suceso acaecido en el puerto de Beirut, que para muchos parece provocado por una explosión nuclear. Pero, como se dice hasta la saciedad, si la primera víctima de la guerra es la verdad, en el caso de su empleo por Norteamérica contra Japón la verdad había desaparecido desde bastante antes de aquella injustificable masacre, u «holocausto nuclear», por emplear otro manido tópico.

Con ánimo de ampliar los puntos de vista de tan controvertido acontecimiento, y permitir al lector una mayor aproximación a la verdad histórica, permítasenos esbozar los indicios de que, como en tantas otras ocasiones, hay motivos más que suficientes para dudar de las verdades oficiales respecto a la intencionalidad del primer empleo de las armas nucleares e incluso de su origen.

No seremos muy minuciosos en este resbaladizo tema, simplemente pretendemos exponer al lector que muchos testimonios que apoyan ampliar el campo de visión. Y ello, recordando el Artículo 19 de la Declaración de Humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 en París, el cual estipula que «todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión».

 

Sobre las motivaciones del bombardeo

Las bombas no se tiraron sobre objetivos militares ni evitaron la muerte más de un millón de soldados aliados (según se excusó Churchill). 

Los japoneses iniciaron movimientos exploratorios para una posible paz en 1943, de lo que hay constancia en archivos y prensa norteamericanos, quienes, además interceptaron un mensaje a Berlín del embajador alemán en Tokio en el que se decía que la situación japonesa era desesperada y que aceptarían la capitulación incluso con condiciones duras.

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Más de dos tercios de los edificios de Hirosima (antes y después) resultaron completamente destruidos. La orden de bombardeo decía: «Fecha del ataque: 6 de agosto. Objetivo del ataque: la parte histórica y la zona industrial de la ciudad de Hiroshima. Segundo objetivo de reserva: los arsenales y la parte céntrica de la ciudad de Kokura. Tercer objetivo de reserva: la parte céntrica de la ciudad de Nagasaki» (las cursivas son propias).

 

Aunque pocos, por el imponente peso opresor de la censura, el ir contracorriente e incluso un patriotismo mal entendido, hay incluso testimonios norteamericanos que certifican que Japón estaba dispuesto a rendirse, y sin grandes exigencias, antes de los lanzamientos de las bombas atómicas.

Los principales mandos militares norteamericanos, entre otros, se manifestaron en contra:

El Almirante William D. Leahy, Jefe de Estado Mayor del Comandante en Jefe (los Presidentes Roosevelt y Truman), dijo: «Los japoneses ya estaban derrotados y listos para rendirse a causa del eficaz bloqueo marítimo y los ataques con armas convencionales … No me enseñaron a hacer la guerra de esa forma, y las guerras no se pueden ganar mediante la destrucción de las mujeres y los niños».
El General de Brigada Carter W. Clarke, responsable entonces de los servicios de contraespionaje, en una entrevista de 1959, dijo que «era inútil y sabíamos que lo era: queríamos utilizar a los japoneses como cobayas en una experimentación a tamaño real».
El General Eisenhower, a pesar y haber tenido actuación `desoladora´, por usar términos suaves, con los prisioneros alemanes en posguerra, quizá porque era de origen alemán y sangre hebrea, lo reconoció en una entrevista publicada en Newsweek el 11 noviembre de 1963 (Ike on Ike), diciendo que el Imperio Japonés «estaba dispuesto a capitular, (y) era totalmente inútil golpearlo con semejante monstruosidad».
MacArthur, quien no fue consultado sobre los bombardeos, a pesar de ser el comandante en jefe en el Pacífico, los desaprobó por excesivos y afirmó que los japoneses se habrían rendido en mayo si EEUU hubiese dado plenas garantías de que podían conservar a su emperador.
El que en aquellas fechas fuera Subsecretario de Estado de Marina, Ralph A. Bard, lo había anticipado escribiendo, en el US News & World Report de 15 de agosto de 1960, que Japón «se había resignado a una rendición sin condiciones mucho antes de agosto… la guerra se ganó antes de utilizar la bomba atómica; por lo tanto, no habría sido necesario que nosotros reveláramos nuestra posición nuclear y estimuláramos a los rusos para desarrollarla mucho más deprisa que si no hubiéramos dejado caer la bomba». A finales de junio Bard había pedido a sus superiores que antes del lanzamiento se avisara a los japoneses con dos o tres días de antelación, para facilitar su rendición, cosa que, por supuesto, no se hizo; congruente con su postura, poco después dimitió de su cargo.
Paul H. Nitze, Subsecretario de Estado de Defensa, escribió en su libro From Hiroshima to Glasnot: «yo creía que la interdicción de las líneas de transporte sería suficientemente eficaz por lo que no debía ser necesario el bombardeo adicional de las zonas industriales urbanas… (Japón) era incapaz de sostener una invasión más allá de octubre, y el estado mayor estadounidense lo sabía …».
Herbert Hoover, 31º Presidente (1929-33) de los Estados Unidos, dijo: «... los japoneses estaban dispuestos a negociar desde finales de febrero 1945 ... hasta antes de que las bombas atómicas fueran lanzadas. Hoover se reunió a principios de mayo de 1946 con el general Douglas MacArthur y anotó en su diario: «le hablé a MacArthur de mi memorándum a Truman de mediados de mayo de 1945, y que (mediante él) la paz con Japón podría haberse conseguido logrando nuestros principales. MacArthur dijo que estaba de acuerdo y que nos habría evitado todas las pérdidas, la bomba atómica, y la entrada de Rusia en Manchuria.

La historiografía `oficialista´, para explicar lo injustificable de la utilización del explosivo nuclear, normalmente se apoya la tesis del Secretario de Estado de Defensa Henry L. Stimson, verdadero jefe del programa nuclear norteamericano, quien dijo: «en el departamento de Estado ganó la idea de usar la bomba atómica como un arma diplomática (en contra de los soviéticos)». El antes citado Paul H. Nitze, la rebatió diciendo: «Para impresionar a los rusos hubiese sido sumamente simbólico lanzar las bombas sobre una de las islas desiertas del norte del archipiélago (nipón) que Stalin quería recuperar después de la guerra».

Hay bastantes más testimonios de gallardas posturas de norteamericanos opuestos al bombardeo atómico del Japón, pero estas son suficientes como muestra.

Al recibir la noticia de la aniquilación de Hiroshima, Truman dijo entusiasmado: «éste es el suceso más grandioso de la historia». Puede decirse que el lanzamiento de las bombas atómicas fue decisión personalísima del hebreo y masón Harry S. (Solomon, aunque gustaba cambiar por Shipp) Truman, sucesor del Franklin Delano Roosevelt, de igual condición (descendía de sefardíes neerlandeses y su apellido sería sencillamente una deformación del original español “Del Llano”), y de quien se sospecha que se pudo suicidar o `ser suicidado´. Estos datos también tienen respaldo historiográfico, se quiera o no se quiera tener en cuenta, pero nuestros lectores deberían tenerlos presentes siquiera sea como posibilidad a estudiar. Lo que está fuera de toda duda es que fue declaradamente sionista por un lado y anticatólico por otro, además de masón de alto grado.

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Herido (una de las fotos menos aterradoras); el Convenio de La Haya de 1907 (nº IV) prohíbe el empleo de veneno y los bombardeos a ciudades; la Convención Ginebra de 1925 prohíbe el empleo de gases asfixiantes, tóxicos o similares y medios bacteriológicos; la radiación es un `veneno´, se mire como se mire, y casi siempre mortal.

Distribución de la radiación en Hirosima: dosis ponderada tomada en el colón en el momento de la explosión.

 

Hirosima y Nagasaki: Las `Bajas´

Dado lo difícil del cómputo y el interés norteamericano, e incluso japonés, en ocultar la verdad, se estima que, a finales de 1945, las bombas habían asesinado a 140.000 personas en Hiroshima de un censo de 350.000  (80.000 muertos iniciales,  de ellos17.000 `desaparecieron´ carbonizados y pulverizados), más cerca de 160.000 contaminados por la radiación, y 80.000 en Nagasaki  (la mitad muertos inicialmente); en conjunto: 220.000 muertos iniciales, una enormidad inferior a Dresde (tres oleadas de bombardeos y una de cazas durante dos días seguidos) y al conjunto de los producidos en Tokio. En 1950 eran ya unos 200.000 los muertos en Hirosima (en 2005 el número oficial de muertos en Hirosima era de 242.437) y unos 140.000 en Nagasaki. Según estimaciones japonesas oficiales la cifra total de muertos ronda los 300.000, sobre un total de unas 500.000 víctimas.  Y los nacimientos de seres tarados imputables a la radiación no bajan de 18.000, aunque al día siguiente al ataque The New York Times publicara en portada que «No radioactivity in Hiroshima ruin».

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Otros datos de carácter político-religioso

Es llamativo que a la prueba norteamericana de la bomba de Uranio la denominaran Trinity (Trinidad) y que Hirosima y Nagasaki eran dos ciudades muy secundarias desde el punto de vista industrial/militar, pero las de mayor tradición católica/cristiana en Japón. En Nagasaki, ciudad donde S. Francisco Javier estableció una misión en 1549 y que contaba entonces con la mayor catedral de Oriente (Stª. María, en el barrio de Urakami), desaparecieron dos tercios de la pequeña pero floreciente comunidad católica (8.500 de los miembros de una comunidad de 12.000). El cardenal Giacomo Biffi se preguntó en sus memorias: «¿Podemos suponer que las bombas atómicas no hayan sido tiradas al azar? La pregunta es por lo tanto inevitable: ¿cómo así se escogió para la segunda hecatombe, entre todas, precisamente la ciudad de Japón donde el catolicismo, aparte de tener la historia más gloriosa, estaba más difundido y afirmado?» (y Aquí).

Arthur Kenneth Chesterton, el autor católico inglés, escribió lo siguiente en su revista Candour (septiembre de1963): «La primera comunidad católica de Japón se hallaba precisamente en Hiroshima. La primera comunidad protestante y segunda cristiana, en número de practicantes, se hallaba precisamente en Nagasaki. La orden de que se lanzaran esas bombas la dio personalmente el presidente americano y francmasón Harry Salomon Schippe Truman. La escuadrilla a la que pertenecía el avión bombardero de Hiroshima, se llamaba Dreams of David (Sueños de David). El piloto que arrojó la primera bomba atómica, Paul Tibbets, era de la misma extracción racial que el Presidente Truman y el Rey David».

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Misa Pontifical celebrada en las ruinas de la Catedral de Santa María, Nagasaki, el 7 de diciembre de 1949.

Truman con sus arreos de masón.

 

En la 2ª Guerra Mundial el bombardeo de ciudades abiertas lo empezó Inglaterra contra Wilhelmshaven y Cuxhaven, el 5 de septiembre de 1939, y lo terminaron los aviones del General Curtis LeMay, Jefe del XXI Bomber Command en Las Marianas y supuestamente también hebreo. LeMay dijo tras el bombardeo de Tokio (9-III-1945): «There are no innocent civilians, so it doesn't bother me so much to be killing innocent by standers» (No hay civiles inocentes, así que no me molesta mucho estar matando espectadores/transeúntes inocentes).

Pero, un aspecto fundamental es reseñar la presencia sionista en el proceso de consecución de la bomba atómica. Además de los mencionados, otros hebreos implicados en el Proyecto Manhattan (bomba atómica) fueron: Albert Einstein (alemán; teoría de la relatividad, cartas a Roosevelt), Enrico Fermi (italiano, casado con judía, dirigió la 1ª reacción en cadena), Leó Szilárd (húngaro, ayudó en la 1ª reacción en cadena), Niels Bohr (danés, luego Nobel de física), Lise Meitner (austríaca, investigó la fisión), Edward Teller (húngaro), J. Robert Oppenheimer (norteamericano, dirigió el proyecto; marxista), Joseph Rotblat (polaco, dirigió bomba H). También los norteamericanos Frank Oppenheimer (hermano de Robert), David Bohm, Richard Phillips Feynman, Morris Kolodney, Louis Rosen, Jacob Beser, Theodore Alvin Hall, Samuel T. Cohen, David Greenglass, George Abramovich Koval, Alvin Martin Weinberg y Stan Frankel; los alemanes Franz Eugen Simon, Rudolf Peierls, James Franck, Hans AlbrechtBethe y Klaus Fuchs; los húngaros Eugene (Paul) Wigner, Edward Teller, y Nicholas Kürti; los polacos Isidor Isaac Rabi y Joseph Rotblat; los rusos Gregory Breit y Eugene Rabinowitch; FelixBloch (suizo), Emilio Gino Segrè (italiano), Samuel Goudsmit (danés), VictorWeisskopf (austríaco), Louis Slotin (candiense). Y, por parte de la British Mission: James Chadwick (inglés), Otto Frisch (alemán), George Placzek (moravo). Muchos se hicieron luego pacifistas.

Einstein era también ateo agresivo: se mofaba de Dios diciendo que “el viejo no es sagaz -boschaft ist er nicht-”; “…tendría que compadecer al amado Dios (si se demostrara que la teoría de la relatividad que es falsa pues) la teoría es perfecta -Da könnt’mirhalt der liebe Gottleid tun – Die Theorie Stimmt Doch-”; “creo en el Dios de Espinoza pero no en un dios que se preocupa por los humanos” (Carlos Galicia: La Bomba Atómica; Revista Española de Historia Militar nº 73/4, Valladolid, agosto 2006).

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Baruch y Lawrence-Lipman

Símbolo del Proyecto Manhattan.

 

Pero casi siempre se olvida el papel de Bernard Baruch (1870-1965), judío y masón, agente del grupo Rothschild,  o, más correcto políticamente, financiero, accionista, filántropo, estadista, y asesor político estadounidense... quien, durante la Segunda Guerra Mundial fue colaborado de confianza y confidente del Presidente Roosevelt, el cual nombró a Baruch asesor especial del director de la Oficina de Movilización de Guerra, proyecto atómico incluido.  Baruch había convencido a Roosevelt para aprobar el Proyecto Manhattan (Baruch vivía en Manhattan y de ahí el nombre), proyecto que dirigió en la sombra (seleccionó al Comandante General Leslie Groves como director militar del mismo y a Robert Oppenheimer como director científico). También actuó a través del masón James Byrnes (y Aquí), quien dirigió la Oficina de Estabilización Económica y la Oficina de Movilización de Guerra con Roosevelt y luego fue Secretario de Estado con Truman. Así mismo impulsó a Truman a lanzar las bombas atómicas. Como curiosidad, merece la pena mencionar el caso de otro de los hombres de Baruch, el judío lituano Lipman Siew, también denominado William L. Laurence cuando escribía en el New York Times, y quien actuaba como “relaciones públicas” del proyecto secreto; fue el único civil que pudo ver la prueba atómica en Los Álamos (bomba de plutonio), además de participar en el bombardeo de Hirosima desde el asiento del copiloto en el Enola Gay, el bombardero lanzador de la bomba de uranio.

 

Hirosima: ¿La Bomba Alemana?

 

Captura_de_pantalla_2020-08-26_a_las_20.10.19       Los tres principales artífices de la presumible alemana: Kammler, Ardenne y Diebner.

La bomba de Hitler, de Rainer Karlsch.

Es muy probable que la primera de las bombas lanzadas sobre Japón fuera de procedencia alemana.
Sobre rumores de ello, lógicamente acallados por la propaganda oficial norteamericana, hay que ponderar el hecho de que Norteamérica no podía dividir su carrera atómica contra Alemania arriesgándose a llevar en paralelo dos desarrollos de bombas distintas, con lo costosísimo (incluso para EE.UU.) de ello y la lógica lentitud del conjunto.

Partamos de un dato objetivo inicial: en 1939 Einstein, ayudado por Leó Szilárd, instó al presidente Roosevelt para construir una bomba atómica antes que Alemania; en total, Einstein escribió tres veces a Roosevelt (antes de la guerra el 2-VIII-1939, el 7-III-40 y el 25-IV-40) y otra más a Truman (el 25-III-45) para impulsar la bomba. Es decir, el Proyecto Manhattan nació como una carrera de armamento en la que EE.UU. salía con retraso: el desarrollo de la bomba fue autorizado por el presidente Roosevelt el 9 de octubre de 1941, antes incluso de la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial (Pearl Harbor: 7-XII-41; ¿otro motivo más para sospechar que los EE.UU. «no solo dejaron que el ataque se produjese, sino que también está demostrado que lo provocaron»?). También hay que tener en cuenta que Roosevelt lo hizo a espaldas del Congreso hasta 1944, mediante el incremento secreto del presupuesto militar. Y, volviendo a la carrera nuclear, que fue lucha reñida lo demuestran, entre otras cosas, los ataques contra las fábricas y depósitos de agua pesada (H2O2) en Noruega (1942 -comandos-, 1943 -aéreo y terrestre: Los héroes de Telemark-, 1944 -hundimiento transbordador-). La Misión Aslos yanqui (y Aquí), y su homóloga soviética, impulsaron todo tipo de acciones antes y después de la guerra para localizar y paralizar el esfuerzo nuclear alemán.

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Encabezamiento del memorándum de James F. Byrnes.

Un segundo dato: el 3 de marzo de 1945 el citado James F. Byrnes escribió un memorándum dirigido al presidente de los Estados Unidos en el que le detallaba los pobres resultados del proyecto Manhattan, así como el abusivo coste de dos `billones´ (2.000.000.000) de dólares gastados en el proyecto; existe una reproducción del mismo con visos de verosimilitud. Al parecer, en mayo el proyecto Manhattan estaba embarrancado: se había renunciado a la construcción de una bomba de uranio y, aún teniendo unos 15 kg de plutonio, no habían encontrado el método de hacerlo explosionar.

Y un tercero: así como hay amplísima documentación sobre la bomba de plutonio y su ensayo Trinity, no hay ninguna sobre la de plutonio, ni se hizo prueba de funcionamiento previa al lanzamiento.

A todo lo anterior podemos sumar los testimonios de Musolini y el Mariscal Antonescu (jefe de estado rumano), e incluso su propio médico, Dr. Giesling, a quienes Hitler les habló apenas veladamente de sus `Armas Maravillosas´ (Wu-Wa, Wunder Waffen) y, más concretamente, de la `Siegwafe´ (arma de la victoria, también mentada por Goebels).

Acaecida la rendición japonesa, aparecieron bastantes noticias en prensa relativas a que los norteamericanos habían encontrado varias bombas atómicas en Alemania; por ejemplo, el diario español Pueblo escribió el 6 de agosto de 1965 que «la Bomba Atómica de Hiroshima era alemana». Del Dr. Oppenheimer se ha llegado a afirmar que dijo en 1947 que «la de Hiroshima era una bomba que los alemanes ya habían probado, por lo que no había nada que investigar, solo usarla», y algo similar de Winston Churchill, y del Coronel D. L. Putt, del servicio de información técnica norteamericano en Europa. De esos tres testimonios, como se puede esperar, es difícil encontrar referencias claras hoy en día.

Luego vienen las estimaciones, y eso son, porque hay más de 300 millones de documentos sobre Alemania que permanecen prohibidos en los archivos secretos de los Estados Unidos.

Los alemanes inventaron las centrifugadoras para separar el U-235 del U-233 y las pusieron en marcha al final de 1944 en instalaciones cerca de Friburgo, en la Selva Negra; esta tecnología tardó muchos años en imponerse en EE.UU.

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Uno de los supuestos diseños de la Uranbombe alemana.

Foto de Romersa y lugar de la explosión hoy.

En junio de 1943, en vísperas de la batalla de Kursk, se comunicó a todas las embajadas alemanas en Europa que había sido realizada con éxito la prueba de una bomba nueva, de formidable potencia y poco tamaño. También de 1943/44 son los detallados planes de ataque nuclear contra Nueva York ideados por el Alto Mando de las Fuerzas Aéreas del Tercer Reich (Oberkommando der Luftwaffe -OKL-), que especificaban exactamente los valores en kilocalorías que coincidían con la cantidad de kilotones de la bomba de Hiroshima. Existen testigos, especialmente el periodista italiano Luigi Romersa (enviado de Musolini) y el Hauptman Hans Zinsser interrogado por el capitán norteamericano Helenes T. Freiberger, y documentación fotográfica de una explosión atómica alemana el 12 de octubre de 1944 en la isla Rüegen, próxima a Peenemunde, a las 11:45 am. También está el testimonio del científico alemán Erwin Oppenheimer (ningún lazo familiar con el yanqui), quien afirma haber logrado la bomba tras continuar el trabajo de Gustav Hertz. Además, hay rumores de otra explosión atómica en el siberiano bosque de Tunguska, a similar distancia de Alemania que la de la costa americana. Así mismo, en el Proceso de Nüremberg se preguntó a varios alemanes por una supuesta explosión nuclear en las cercanías de Auschwitz. El historiador Rainer Karlschcita también un informe de espías soviéticos a Stalin sobre «dos grandes explosiones en Turingia». Quizá por todo eso Stalin no se sorprendió cuando le dijeron en Postdam que los norteamericanos tenían la bomba.

Se encontró un prototipo de avión de bombardeo de largo alcance Heinkel He 177-A5 Greif V38, con 6.500 km de radio de acción, dotado de un sistema de bombardeo a gran altitud y protección anti-radiación.

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Dibujo de un He-177 y varias de sus armas lanzables; su compuerta de bombas era inmensa. Un policía militar norteamericano en la vela del U-234 en Portsmouth.

 El 19 de mayo de 1945 entró en el americano puerto de Portsmouth el U-234, un clase XB que se había rendido en lugar de llegar a Japón. Los oficiales japoneses que viajaban a bordo se habían suicidado. Su valiosísimo cargamento consistía en 240 toneladas de diverso material, entre el que cabe destacar, que se sepa, dos aviones a reacción Me 262 desmontados, miles de planos y piezas de radares, cohetes/misiles y otras armas, y, sobre todo, 1.200 detonadores infrarojos ultrarrápidos para bombas especiales, bidones con agua pesada y 560 kilos de óxido de uranio (unos 450 kg de U-235) en unos70 contenedores cilíndricos con el interior chapado en oro para evitar oxidaciones. Oppenheimer presenció el desembarco de la carga.

El físico alemán Manfred von Ardenne fue el inventor de esos detonadores, así como también el artífice de la retransmisión por TV de las olimpiadas de Berlín (1936), del primer misil teledirigido por televisión HS-293 (1941) y del radio transistor (1942), además de la centrifugación gaseosa para obtener U-235 (el proyecto Manhattan no logró desarrollar una centrífuga gaseosa). Ardenne dependía del General de las SS y Doctor Ingeniero Hans Kammler, ya que las SS habían acaparado el control de las principales investigaciones de armamento tras el atentado contra Hitler en julio de 1944; el proyecto era dirigido por el profesor Kurt Diebner. Los detonadores ultrarrápidos permitieron solucionar la realización técnica de la bomba; en España tenemos constancia de ello porque nuestro programa nuclear estaba empantanado hasta que se recogieron varios de entre los restos de las bombas caídas en Palomares.

Gran parte de la producción secreta alemana de la última etapa de la guerra se desarrolló en inmensos túneles de la región montañosa de Turingia; en los 25 km de la fábrica `Jonastal S III´ trabajaban más de 30.000 personas. Otra parte estuvo en las gigantescas factorías Manfred-Weiss (Budapest, Hungría), y su presumible vinculación con el programa nuclear alemán hizo que la zona se defendiera a ultranza por cinco divisiones SS.

De ser cierta la posesión alemana de armas nucleares, ¿qué impidió su empleo? Hitler era un patriota y no estaba loco, o al menos lo estaba al mismo nivel de otros mandatarios contemporáneos, por lo que, ante la inexorable evolución de la guerra, la férrea determinación de sus enemigos y el miedo a que Alemania fuera objeto de bombardeos masivos con gases y/o armas bacteriológicas, incluso atómicas en cuanto las tuvieran los norteamericanos, sin duda se decantaría por no usarlas, como no usó los gases neurotóxicos, por ejemplo.

¿Historia-ficción o un pálido reflejo de la realidad? En todo caso, nadie que aprecie la verdad puede desdeñar a priori esos datos.