La mayoría de los gatos son tranquilos y dóciles, pero no es conveniente molestarlos demasiado porque entonces saben sacar sus uñas como nadie. Hagamos un poco de Historia, sin entrar en consideraciones como el 2 de mayo en Madrid, que todos conocemos.

En mayo de 1085, el rey castellano Alfonso VI, pretendió liberar Toledo. Supo antes que Madrid tenía una fortaleza de gran interés estratégico y táctico, y que primero sería necesario hacerse con ella. Llevó sus tropas hasta la fortificación y las preparó para la batalla.  Al amanecer las tropas del rey llegaron por sorpresa a la Puerta de la Vega, para coger al enemigo por sorpresa. Pero también se dio cuenta que era una empresa difícil, ya que la muralla que protegía la ciudad medía 12 metros de altura.

Un valiente y joven soldado del rey, fue hacia la muralla y comenzó a trepar con habilidad asombrosa, con la única ayuda de una daga. Al ver la destreza del joven, el rey exclamó: “Parece un gato”. A partir de entonces, el soldado sería conocido como “gato”, apodo que también se extendió a su descendencia. Ahí empezó todo.

Decía Herodoto, el historiador griego del siglo V antes de Cristo: “Si se declara un incendio, lo primero que se salva es el gato”. Según el Papiro de Ebers, del 1600 antes de Cristo, era el más sagrado de los animales. Y los sacerdotes de la ciudad egipcia de Tebas lo llevaban como destructor de los enemigos del Sol; lo llamaban “maau” y estaba dedicado a la diosa Bast. A esta fama debió contribuir su habilidad para la supervivencia. Los egipcios fueron los que empezaron a referirse al gato como animal de siete o nueve vidas.

Los textos sánscritos se refieren al gato en la vida oriental, hace 2.500 años. También el filósofo chino Confucio, que debió vivir por entonces, protegió a este animal y tenía uno en su compañía. Igualmente fue considerado grato al Islam: Mahoma predicaba sosteniendo uno en sus brazos. En Japón los mantenían en las pagodas para proteger sus manuscritos de la voracidad de los ratones. En la Edad Media europea los gatos inspiran ya desconfianza por su proliferación y porque la asociación gato/vieja resultaba sospechosa por sugerir una figura diabólica, en especial cuando el gato era negro y de pelo corto. Durante el reinado de Luis XIII de Francia estuvieron a punto de desaparecer. Las brujas de Salem fueron acusadas de tomar la forma de gato negro para acudir a los aquelarres y otras prácticas satánicas.

El maleficio del gato negro ha llegado, como sabemos, hasta nuestros días. En la provincia italiana de los Abruzzos, atribuyen las pesadillas a Pandafecha: un gatazo de pelo oscuro que, cuando la persona duerme, se instala en su pecho y ejerce presión. Tampoco los toreros lo aprecian demasiado, sin tener en cuenta su color. Peor era el interés mostrado por los habitantes del pueblo gerundense de Besalú; cuando la desgracia se instala en una familia, cocían vivo un gato negro, que luego enterraban en el patio de la casa para que cesara el maleficio. En la Toscana y en Monferrato, los italianos creen que los gatos negros son brujas disfrazadas. Y los españoles, en algunas localidades, gustan de poseer gatos negros, porque libra a la casa de incendios.

El egiptólogo francés Jean F. Champollion, en una obra titulada Itinerario de Egipto, escribe: “el día siete de noviembre de 1828, caminando a la parte sur de la Montaña Arábiga, encontramos en dos explanadas una cantidad increíble de momias de gatos, envueltas una a una o muchas a la vez, en simples esterillas”.

Diodoro de Sicilia, historiador del siglo I antes de C., aseguraba haber visto en Egipto asesinar a un infeliz por haber matado un gato. En aquella civilización, si un gato moría, la familia vestía luto y se rapaban las cejas a navaja y embalsamaban al felino envolviéndolo en finos lienzos; se les introducía en un sarcófago de madera noble e incluso de bronce.

En latín clásico le llamaron “feles”, de donde procede la palabra “felino”; gato procede del latín tardío “cattus”, y “gatu” en documentos del año 967.

Y que nadie confunda mansedumbre con debilidad.