Los hombres libres piden a la fortuna que no conceda ningún poder al hombre fanático, resentido o cruel, porque es gran perjuicio colocar a estos hombres en posición de poder. Pero muy a menudo, como es el caso, la fortuna no los escucha.

Las izquierdas resentidas son el vertedero de todas las inmundicias y no dejan de renovar sus ejercicios de cinismo. Sus congresistas, y partidarios en general, que recuerdan a los demás sus incapacidades o directamente los calumnian, incurren en permanentes ilegalidades cuando les apetece o conviene. Como buenos tramposos, quieren jugar con todas las cartas de la baraja.

Normalmente la holgazanería va acompañada de la indigencia, pero con las izquierdas resentidas la holgazanería siempre ha sido premiada y ha ido de la mano de la subvención. La utópica sociedad sin clases marxista, productora de genocidas, nunca ha conseguido los remedios milagrosos que pretendían justificar sus crímenes, pero siempre habrá vendedores de elixires rejuvenecedores, porque la esperanza, aunque sea vana y necia, es lo último que se pierde. Y es de esta credulidad y de esta ilusión de las que se aprovechan los charlatanes ideológicos para confundir en provecho propio a los incautos, especialmente en tiempos de tribulación.

Los izquierdistas resentidos en particular y los demagogos en general, prometen sanar de golpe, con su correspondiente bálsamo de Fierabrás, todos los males que afectan al cuerpo y a la cabeza de la sociedad, regenerándola completamente con una cucharada. Pero he aquí que, una vez instalados en las poltronas del poder, el reclamo colectivo con que iniciaron su conquista de las instituciones, aquella propaganda engañosa y aquellas consignas regeneradoras y revolucionarias con las que atraían a la ciudadanía para acabar con todos los males sociales, políticos y económicos, se han quedado en mero diálogo ventajero, en las consabidas palabras de cualquiera de sus empleados: «Sería un error repartir la tarta».

Porque ahora tienen tarta. Y chiringuitos que alimentar. Y los que les cuestionan son de la «caverna mediática», o directamente fachas que tratan de hundir sus sueldazos oficiales, sus sinecuras, antaño estigmatizadas cuando eran otros quienes las disfrutaban. Ahora dicen que hay que arrancar las malas hierbas y a eso se dedican prioritariamente, a presionar, expedientar y perseguir a las voces críticas, olvidándose ya de la pobreza, del hambre, de la corrupción y hasta de la subida de la luz, que según decían infectaban el reino. No tenían, pues, pócimas milagrosas, sus únicos recursos eran la ambición desaforada, la insidia y la vil estrategia de siempre: la purga del disidente.

A lo largo de la historia han sido muchos y variopintos los próceres de la izquierda popular y la justicia social que dicen querer desafiar a los poderes establecidos. Décadas y décadas llevamos escuchando cómo en cuanto lleguen al gobierno de turno van a revolucionar la sociedad aherrojada, la humanidad hundida, y acabar con los ogros de las finanzas. Pero, ya alcanzado el poder, ni un minuto les duran sus aires levantiscos y justicieros, pues su codicia y su ambición les tapan la boca y les obligan a olvidarse de la revolución.

A todos los seres les gusta ser amados y halagados. También a los criminales. Incluso los animales quieren que se les acaricie. A través de los barrotes de oro de sus respectivos gobiernos e instituciones, asoman sus hocicos para que se los acariciemos. Tienen los belfos y el cuerpo llenos de sangre y fango, pero piden que se les estimule. Esas bestias saquean, roban a manos llenas, engañan y mienten con toda la boca, asesinan e incendian y para colmo piden una recompensa. Y el populacho se la da, votándolos.

Cuando la justicia común -por venal- no es suficiente, cuando se saltan a la torera las leyes y los juramentos hechos al Estado por sus mandatarios, cuando arden los papeles que comprometen en los archivadores y cuando hay quienes se esfuerzan en oscurecer infinitos asuntos ya de por sí oscuros, con un alud de testimonios falsos, de insidias y de denuncias mendaces, sólo la justicia militar puede solucionar el problema.

Otra cosa es que quiera.