Desconozco por qué extraña asociación de ideas, esa triste parodia que constituye la actual convención del PP me ha traído el recuerdo de la siguiente historia.

Este verano, recorriendo los espectaculares parajes de los Montes Universales, concretamente en el nacimiento del río Cuervo, me encontré con un antiguo conocido de mis tiempos de estudiante. Nuestra vocación nos había separado entonces, pues él eligió Derecho, y cuando después de algo más de una década volví a verlo, dirigía un próspero bufete y su nombre había alcanzado el sólido y merecido prestigio que su honradez y prudencia merecían. Por eso, ahora, me sorprendí al saber que años atrás había abandonado la abogacía y que se había jubilado dirigiendo la asesoría jurídica de una gran empresa. 

 -¡Cómo así? -le pregunté-. ¡Con lo bien que te iba!  

 -Para ser un verdadero abogado -me respondió-, es decir, un profesional digno de este nombre, es preciso adquirir la ciencia de todas las grandes cosas y de todas las artes, y como mínimo: humanidades, literatura, historia, economía social, política y, por supuesto, todas las especialidades del Derecho…

Oyéndole, me quedé perplejo. Dije, con apenas un susurro: 

 -Pero, hoy en día, ¿hay alguien en la jurisprudencia con una preparación tal? 

 -Esa es la cuestión -aseveró-. No sé si lo habrá o no, pero, después de un caso complicado que tuve que lidiar, en mí comenzó a formarse un problema de conciencia, pensando en si estaba a la altura de lo que la dignidad de la profesión exigía. La abogacía, junto con la medicina y el sacerdocio, reclaman a sus profesionales no sólo capacidad teórica, también y sobre todo un compromiso moral: ecuanimidad, honradez, espíritu de sacrificio y amor al prójimo.

Yo lo miraba de hito en hito, procurando desvelar la ironía de sus palabras, porque en esta sociedad nuestra, esa sucesión de virtudes me sonaba a chufla o, al menos, a sarcasmo, pero no quise interrumpirle. Pero, no; él siguió con absoluta gravedad durante un breve rato hablándome de los muchos meses que transcurrieron debatiéndose en su mar de dudas, hasta que vino a resumir:  

-Llegó el momento en que cualquier caso que tratara producía en mí una esquizofrenia. Sufrí mucho durante aquel tiempo. Estuve a punto de dejarme llevar por el cinismo y por el lucro, ya que no por el chantaje, como les sucedió a la inmensa mayoría de mis colegas. Y al fin decidí dejarlo. 

 -Pero, en definitiva -quise yo saber más-, ¿qué fue lo que te empujó a abominar de tu profesión, de tu carrera?   

 -Dejé de ejercer la defensa -respondió, un tanto melancólicamente, mirando al vacío- porque, como te digo, en mí se desarrollaba un terrible desdoblamiento: mientras en el patrocinio de mis clientes una parte de mí hablaba para conmover y convencer, mi otro yo surgía para engañar y reír. Veía mi profesión como un enredo, una farsa en la que todos representábamos nuestro papel, y en la que muy a menudo no resplandecía la verdad.

Aquel encuentro, con la descripción del amigo que renuncia a su vocación por escrupulosidad ética, me dio que pensar. Sin duda, mi viejo conocido era «rara avis», pero, ciertamente, había actuado con moral estricta y fidelidad a unos principios que hoy muy pocos respetan, porque la insania moral, la irresponsabilidad y la indiferencia se han instalado en España sin que en el horizonte se vislumbren tiempos mejores. No sólo los políticos, reflejo al fin y al cabo de la sociedad que los elige, sino la gran mayoría, desde los oficios inferiores, parece que venimos de la desilusión y que nos hallamos instalados confortablemente en el oprobio.

Echamos la culpa a los políticos como si en las demás profesiones no hubiera idéntica incapacidad, ineficacia y corrupción, y evitamos asumir, como digo, que la casta partidocrática es el mero reflejo de sus electores y que la culpa más grave corresponde a un pueblo ignorante y vulgar, que acepta la insidia del antifranquismo propuesta por las izquierdas y por una significativa mayoría de la sectaria y cómplice derecha pepera, y que en las elecciones sucesivas, en especial la inmediata posterior al 11-M, ha premiado con su voto a la corrupción, al crimen y al separatismo, es decir a lo más execrable de cada tugurio político.

Un pueblo en el que siete u ocho de cada diez votantes chapotean en el cieno de aquellos victimarios que se aprovecharon y se aprovechan de los cadáveres de sus víctimas -directamente o por connivencia- para conseguir el poder, atropellando inicuamente leyes o códigos morales. Sin duda, el futuro hablará de este tiempo nuestro como de una época en que los palacios de justicia fueron ocupados por trúhanes y la noción de una jurisprudencia centrada en la venalidad, el sectarismo ideológico y la partidocracia corrupta, abundaba de significación en la estructura de un país que rehuía considerarse soberano y libre. Y los culpables se habrán ido de rositas, amparados en la impunidad consentida por tal pueblo deshonroso.

A la utopía de unos tiempos felices y benditos en que lo sencillo satisface las necesidades de todos y los hace dichosos, se opone esta sociedad sombría, de impostoras convenciones partidistas, de no-muertos. Ahora proliferan el rencor y la envidia; la violencia y las epidemias -inmorales y víricas- han invadido los corazones, la corrupción atraviesa el país, corren el vicio y la codicia, el ladrón se enriquece, los gobernantes traicionan a la patria, florece el miedo y se han apagado las sonrisas bajo las carátulas, y la justicia se halla expuesta en las lonjas a la espera del mejor postor.

Sólo nos queda la añoranza de un código de principios, de una recta y dichosa sucesión de los días, y la esperanza -ya que no de un césar justo y magnánimo- de una Providencia redentora.