Fue una auténtica vergüenza la celebración institucional del Día de la Raza. De eso que se ha venido en llamar fiesta de la Hispanidad y que a nadie le importa ya reivindicar la importancia del descubrimiento de América como hecho trascendental para la humanidad y como un proceso liberador de unos pueblos que hasta la llegada de los españoles eran masacrados de forma sistemática. El día 12 de octubre además se celebra la Virgen del Pilar como tal y por ser la patrona de la Guardia Civil. Con estos mimbres se podía haber celebrado un día que pusiera de manifiesto aquello que decía José Antonio de que ser español es la cosa más seria que se puede ser en este mundo. Ante la oportunidad de decir al mundo que nos sentimos orgullosos de nuestra historia pasada que es el germen de nuestra forma de ser y que además nos creemos, aunque seamos unos pocos, portadores de valores eternos, chocamos con una realidad bochornosa e insultante.

El día 12 vimos un acto que era un ensayo de algo parecido a un desfile. No pretendo que se haga como cuando en los tiempos del Generalísimo desfilaba un ejército que discurría por la Castellana durante media mañana para disfrute de todos los que lo contemplábamos en la calle o en televisión. No lo pretendo porque aquello era un ejército que con nosotros y nuestro Caudillo celebrábamos un espíritu de hermanamiento que se llamó desfile de la Victoria. Estos de ahora son meros funcionarios que solo sirven para hacer de majorettes y poco más, porque los del traje de paisano y coche oficial llevan desde 1978 despojando al ejército de toda su esencia convirtiéndole en lo que es ahora pura tramoya.
Lo de los abucheos e insultos a Sánchez es solo entretenimiento festivo porque aunque sea el mayor cáncer para España, la mayoría de los revoltosos le seguirán votando. Todos amordazados, desde el Rey hasta el último miembro institucional ¿Pero no habíamos quedado que en las calles al aire libre ya no había que ponerse el bozal? ¿Pero es que ya no recordamos a la ínclita ministra Darías decir no sé qué de recobrar la sonrisa?

Por lo menos este año el paraca de la bandera no se estrelló contra una farola. Los que sí se estrellaron fueron los de la Patrulla Águila dibujando en el cielo azul una banderita con una franja morada. Aunque nos traten de imbéciles y estando en manos de quien estamos no me sirve la explicación dada al respecto de una ilusión óptica y bla, bla. Fue todo tan penoso que se lo podían haber evitado porque ver a cuatro soldados desfilar con mascarilla daba mucha pena, la verdad. Menos mal que en la ofrenda a los caídos todavía se escuchó «La muerte no es el final». Supongo que por última vez después de la mierda que han difundido el partido socialista y su periódico, El País, sobre este himno. Lo dicho un simulacro teñido de morado y de tristeza por mi Patria.