Que España, por historia y por geografía, tenga enemigos exteriores es natural. Lo incomprensible es que esos enemigos los críe en su propio seno y sean tan peligrosos o más que los foráneos. Un pueblo unido puede defenderse con éxito de un adversario externo, una vez definido, pero de los discordantes y resentidos internos resulta más difícil protegerse, sobre todo si envuelven su hispanofobia y su deslealtad con el manto de las medias verdades y del presunto raciocinio.

 

Que Marruecos, Inglaterra, Francia y EE.UU, por ejemplo, se empeñen en hacer de España una nación débil entra dentro de la lógica, geoestratégicamente hablando. Lo que no es lógico ni tolerable ni conveniente es que haya españoles que traten de fomentar la destrucción de España, bien sea por acción directa o bien negando y blanqueando los ataques de nuestros antagonistas; o, por otra parte, hostigando e infamando a quienes tratan de defenderla.

 

Es triste constatar que a los numerosos españoles que están en la nómina de Marruecos o de Inglaterra (analicen los lectores los casos flagrantes de Ceuta, Melilla y Gibraltar), hay que añadir los que se arrastran para recoger las migajas del Sistema, que amplía lo anterior. Individuos aislados, y grandes -o no tan grandes- medios de comunicación, empeñados unos y otros en el derribo de nuestra patria.

 

Dejando a un lado a esa quinta columna de gorgojos que se esparcen por los medios patrióticos de información para intoxicar con sus comentarios o para desvirtuar y oscurecer el significado de aquellos artículos susceptibles de despertar las conciencias del pueblo adormilado, nos hallamos con uno de los fenómenos más peculiares de nuestra época: la ignominia informativa.

 

Es sabido que desde hace décadas el periodismo estabulado escrito y las televisiones privadas se han convertido en máquinas de hacer dinero. Por su parte, las televisiones públicas son instrumentos de propaganda al servicio de los partidos en el poder, un engranaje de derroche pagado con el dinero de los trabajadores. Unas y otras dedican sus esfuerzos a engañar al ingenuo o al tonto celeste que les rinde pleitesía, bien leyendo sus páginas o contemplando sus bazofias. Y esos esfuerzos mediáticos los llevan a cabo con la más absoluta carencia de escrúpulos.

 

Tanto la competencia del periodismo con el gran monstruo informativo que es la televisión, como la necesidad de conquistar audiencia para atraer a los anunciantes, ha degradado absolutamente el compromiso deontológico de los periodistas y de los medios de comunicación, que ya no existen para ofrecer el retrato más exacto de la realidad, sino para rivalizar entre ellos, sin reparar en medios, con el objetivo de ser el mejor de los lacayos o el de echar la red a los consumidores de cualquier forma, en especial siguiendo el objetivo marcado por quienes los financian.

 

Pero como esa finalidad tiene como punto álgido mantener obnubilado al usuario, también es necesario amedrentar y agraviar a la prensa contraria al Sistema, aquella que impulsa el inaplazable movimiento regenerativo y que cuestiona los abusos y celadas que la casta política y financiera emplea contra la ciudadanía.

 

Todos aquellos que no entienden que vale más vivir en casa pequeña y propia que en casa ajena, todos aquellos individuos y medios informativos incapaces de servir a la verdad, sino al amo que los paga o a la superstición del pueblo -no al pueblo de veras soberano-, se saben impunes, consentidos y aplaudidos por los potentados.

 

En cambio aquellos espíritus libres que están en su punto de mira por no adorar a las jerarquías de purpurina, los que frecuentan las selvas, son aborrecidos por esbirros y poderosos como el lobo por los perros. Estos veraces y libres que han vivido siempre en la marginación, son los amos del desierto, al contrario de los bien pagados y bien alimentados que habitan en sus lujosas mansiones, utilizando a sus peones como bestias de tiro, pues, semejantes a los burros o a los bueyes, son seres uncidos, aunque su yugo sea dorado.

 

En tanto que el sátrapa de turno los alimente, ellos serán mandarines merecedores de elogios. Y seguirán tratando de desprestigiar y calumniar a quienes prefieren vivir en soledad, sin sinecuras, no por falta de valor, sino por falta de desvergüenza; por no querer decir las cosas que al poder corrupto habría sido grato escuchar, que son indignas de ellos y que el populacho está acostumbrado a oírlas decir a otros.

 

Individuos y grupos informativos que no cesan de maldecir a quien los contraría, que ofenden para encubrir su miseria. Besaculos y husmeavanos que no buscan la claridad, sino la confusión. Caracoles, libertinos y otras sectas de parecida especie que se han disfrazado de máscaras para engañar a la gente, pretendiendo que sus iniquidades tengan fuerza de razón. Tipos y medios desaprensivos que odian la libertad y representan el fanatismo, la hipocresía y la envidia. ¿Y hay algo más miserable que la envidia?

 

Si no hay calamidad más terrible que cuando los poderosos de la tierra son al mismo tiempo los delincuentes y dementes más desaforados, sus esbirros de la propaganda no son sino ideólogos de una muchedumbre de granujas, de un populacho envilecido que refrenda a quienes lo envilecen. Como todos los que se organizan en grupo, estos homúnculos, estos seres subterráneos y coléricos contra la libertad, miran con recelo al solitario, al hombre de buena voluntad. Pero no porque haya cerdos que traten de intoxicarla, va a ocultarse ésta.

 

Por mi parte, ya no soy joven, y desde que a mi patria llegó la democracia, siempre he visto alrededor de mí la corrupción y la injusticia. Todos estos años, bajo la férula de la casta partidocrática, he sobrevivido en un país corrompido y cobarde, indigno de su mejor historia, de sus más preclaros antecesores. Y a ello han contribuido -entre otros varios poderes e instituciones- unos medios de comunicación alimentados por los grandes señores del dinero. Unos medios tan viles que, envueltos en engaño y deshonor, se permiten condenar a quienes luchan sin otras armas que las palabras veraces que a ellos los desenmascaran.

 

Lo grande resulta siempre ajeno al alma de los mediocres. Es lógico y comprensible, por tanto, que los espíritus libres ofendan a los espíritus venales y sectarios. Es el veneno de su resentimiento, la convicción íntima de su menudencia, lo que les hace acudir a todas las controversias, a todas las calumnias para ganarse el salario de quienes los paga su traición.

 

Y es lógico, así mismo, que reinen los traficantes allí donde todo cuanto brilla no es sino el oro de los traficantes. Pero seguirán existiendo escritores y medios informativos -aunque a los vendidos les cueste entenderlo y aceptarlo- cuyo fin sea encender luces con sus escritos para que todos los gatos no parezcan pardos. Porque no pueden callar, cobarde o cómodamente, como hacen ellos, ante tantas barbaridades atroces como se vienen sucediendo en nuestra patria.

 

Porque España no será España hasta que por sus caminos no vuelva a viajar la razón y la verdad, es decir, la justicia.