En la entrevista cinematográfica que le realizaron a José Antonio, filmada en Chamartín de la Rosa, dijo, entre otras cosas “… Cuando España encuentre una empresa colectiva que comprenda todas esas diferencias -en referencia a superar la división engendrada por los separatismos locales, por los partidos políticos y por la lucha de clases-, España volverá a ser grande corno en sus mejores tiempos”. Y a fe que, como en todo lo demás, le asistía la razón, incluso con la perspectiva que nos ofrece la España de hoy.

Estos días, tanto en Barcelona como en La Coruña, hemos disfrutado viendo jugar en directo a nuestra Selección Nacional de fútbol y más allá de los resultados finales de ambos encuentros que, realmente, a la postre incluso pueden resultar irrelevantes, hemos tenido la ocasión de ver en las calles aflorar el sentimiento patrio.

Tanto en una ciudad como en la otra, los estadios donde se celebraron ambos encuentros estuvieron casi llenos pese a los precios abusivos fijados por la Federación y el hecho de que en ningún caso se disputasen en jornada no laborable. Sin embargo, de nuevo las calles se llenaron de Banderas nacionales y daba gusto ver a los más jóvenes, sin complejo alguno, vestidos con camisetas, gorritas y bufandas con los colores nacionales y en los rostros de las niñas y jóvenes, las hermosas españolas, dibujados los colores de nuestra enseña.

Luego, en el campo, tras escuchar con respeto el Himno Nacional, tarareado por un impresionante coro de voces, los animosos gritos de ¡España, España!, y el delirio colectivo con el triunfo final de los nuestros.

Ayer en La Coruña, al igual que el otro día en Barcelona, a nadie le importó de dónde era ni en qué equipo militaba cada uno de los jugadores de la Selección. Daba igual que fuesen catalanes, madrileños, vascos, gallegos, castellanos o de Castrillo de los Polvazares, incluso que fuese alguno de los que, sin haber nacido aquí, han decidido voluntariamente ser españoles; daba igual que, en la liga regular, jugase en el Madrid, en el Barsa o en la Ponferradina, lo único importante era que representaba a España y la que jugaba era España y, con eso, estaba todo dicho.

La única sensación de pena y tristeza que produce todo esto es que sea necesario recurrir a algo tan banal como un partido de fútbol para que se despierte el aletargado sentimiento de patriotismo que siempre ha anidado en el corazón de la inmensa mayoría de los españoles y que si está en estado latente se debe a esa izquierda malvada y malsana que ha propalado que todo aquel que manifieste su sentimiento de españolidad es un “facha”.

Hemos visto que tanto en Barcelona como en La Coruña con la Selección Nacional, como en Guetaria o en la propia ciudad Condal con la llegada del “Juan Sebastián Elcano”, son miles los españoles que, sin que nadie los convoque, no dudan en poner de manifiesto su condición de españoles sin importarles lo que pueda decir esa izquierda malsana y matona.

Los buenos españoles tenemos que aguantar estoicamente, sin decir nada, pues no sería “políticamente correcto”, que toda esa caterva miserable salga a las calles enarbolando banderas rojas, tricolores o del arco iris, en tanto que ellos pretenden coartar nuestra libertad a la hora de expresar que somos y nos sentimos españoles y que estamos muy orgullosos de serlo.     

Pues, ya está bien. Si queremos volver a ser grandes como en los mejores tiempos, es necesario perder el miedo y, juegue o no la Selección, manifestar, gritando a los cuatro vientos, el orgullo de ser españoles,  que, por cierto, es una de las pocas cosas serias que se puede ser en este mundo.