Confieso que, pese a que muy pocas cosas me causan ya sobrecogimientos, ver cómo un martillo hidráulico, una radial y una grúa aserraban y vertían en un volquete una gran cruz para retirarla de la vía pública ha sido una escena capaz de revolverme las entrañas. Aunque no tanto como ver esa misma cruz arrojada a un vertedero de escombros y materiales de desecho. Los demonios ibéricos andan de nuevo sueltos. Ese recóndito cajón de sastre en el que todo acaba encontrándose mediante asociaciones de ideas profundas que nos persiguen incansablemente desempolva imágenes de iglesias calcinadas y momias de monjas desenterradas y expuestas a la contemplación de admiradores de las gestas revolucionarias.

¿Qué estorbaba la cruz de Aguilar? Nada. Estaba allí, ante las Descalzas, despojada ya de simbología y resonancias conflictivas. No molestaba, sino que rebelaba. Para saber a quiénes y por qué basta con repescar alguna película de terror. La cruz siempre mueve al amor, de lo que se infiere que su enemigo es el odio. Incluso si concedemos que sólo un sector de la población comulga con cuanto significa, se podía haber depositado en un almacén, “dignamente”. Pero está claro lo que se ha querido hacer: exhibir la afrenta, en una demostración de fuerza que convierte la grandeza de la democracia en vileza de revancha sectaria. No ha sido el pueblo de Aguilar el que ha infligido ese trato denigratorio a la Cruz de Cristo, sino el utilizado como coartada para cometer el agravio. Es algo más que un intento —sólo eso— de ofender a los católicos. Es sobre todo un acto de lesa paz social, encaminado calculadamente al aplastamiento de cualquier asomo de oposición por parte de los gobernados.

¿Conseguirán su propósito? Ha llegado la hora de utilizar sus viejos argumentos de siempre. Lo que han destruido no es una Cruz —pobres diablos; son dos largueros de hormigón armado como los que estamos acostumbrados a ver en los esqueletos de casas bombardeadas. Es pura materia. Ellos, ilusos, creen que así derrotan a la fe, que ésta es algo también material que desaparece por el hecho de que un martillo hidráulico y una radial acaben con un arraigado emblema callejero. Acaso pretenden levantar en nosotros esa ira que les sirve para justificarse. No lo conseguirán. Como la sangre de los mártires, los restos de esa cruz serán —lo son ya— semilla de nuevos creyentes, no sólo en Dios, que murió en ella por la Humanidad —también por sus verdugos, por ellos quizás más— sino en la pura y simple libertad; es decir, en la Verdad.

El contraste con actitud tan nauseabunda me lo ha servido un vídeo espontáneo. La nueva Prensa audiovisual está diseminada en los móviles “inteligentes” que todos llevamos en el bolsillo. Un reportero improvisado pasaba cerca del edificio destruido por el gas justo cuando acababa de tener lugar la explosión de la calle de Toledo, que rezaría una crónica antigua. Tomó unas imágenes impagables mientras relataba sus impresiones, temblorosamente. Andaba entre cascotes avanzando hacia un inmueble que podía venirse abajo en cualquier momento, impelido por la necesidad de capturar un testimonio que era mucho más que una noticia. Tan temprana era la grabación que todavía no había llegado socorro alguno. Ni luces de emergencia, ni sirenas ni bomberos. Nada. Sólo algunos viandantes fantasmales que vagaban entre ruinas. El piso de la calle y las chapas de los coches estaban completamente cubiertos de piedras, ladrillos y trozos de construcción. Al fondo se veía la casa siniestrada o lo que quedaba de ella, con los muros reventados, un penacho de fuego en los bajos y una columna de humo que se elevaba, engrosándose, hacia el cielo nublado de Madrid. Eran segundos eternos, al cabo de los cuales se comenzó sentir, muy lejano, el sonido de un vehículo de seguridad. En ese momento, sin convocatoria alguna, obedeciendo al sentido de responsabilidad para con los demás que anima a la mayoría, esos pocos hombres que deambulaban por entre los restos de la catástrofe, comenzaron, al unísono, a levantar las piedras de mayor tamaño, lanzándolas a un lado para abrir paso a las urgencias. En un mundo donde la mentira y sus trampas cada vez arramblan más, ver a aquellas personas jóvenes poner en riesgo sus vidas para salvar las de otros me sirvió para sacarme muchas espinas. Gracias, compatriotas que demostrasteis en una situación límite la madera de que están hechos los verdaderos ciudadanos solidarios, los que no lo dudan y sin perder un instante lo entregan todo por gente a la que no conocerán nunca.

Enfrente, sobre la puerta del edificio destrozado, el rostro de la Virgen lo contemplaba todo. Era una casa de la Iglesia. Como en las de muñecas, la explosión había dejado al descubierto las albas y las casullas de los sacerdotes, colgadas en los armarios. Junto al retrato de María, se anunciaba que aquél era un hogar de acogida. No tenían agua caliente (probablemente el temporal había hecho también allí de las suyas). Cuatro personas han perdido la vida y otras padecen lesiones graves. Pero aquello sirvió también para devolverme la confianza en que por muchas cruces que derriben unos, hay otros dispuestos a lo que sea para ayudar a los demás sin esperar nada a cambio. Sólo la paz del alma, que no es flaco premio.