Sr. Director:

    El sistema político no cesa de ingeniar fórmulas de consagración que cuanto menos aparentan cierta autonomía respecto a la lógica más elemental. De ese modo, además, incentiva una sensación de espectáculo buscado como sería el caso de referirnos al galocho impresentable de Iglesias, el hijo de su padre, incapaz de razonar porque lo suyo es estar en permanente campaña. Y es que, los partidos políticos, esas superestructuras que ahogan la representación real de los ciudadanos, aprovechan los momentos de desconcierto y vulnerabilidad para entronizar a toda suerte de personajes sin experiencia laboral, escaso bagaje político y deficiente formación cultural, como es el caso de Isabel Díaz Ayuso; bien es cierto que arropada por un buen equipo de asesores, funcionarios o elegidos a dedo para el caso. Es increíble hasta dónde se puede llegar para mantener un modelo que prima el reparto de cargos a discreción. Y tan a discreción, que no se recatan -como es el caso de Podemos- de elegir a imputados en causas penales.

Aunque las previsiones, más allá de lo que diga el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que siempre ha estado en manos de la izquierda, parecen seguras. Ojalá que entre el mal mayor y el menor se escoja masivamente el bien posible que representa VOX, pese a las reticencias de tantos y las críticas de algunos. Porqué, mal que nos pese, estamos en el tiempo de citar a Carl Schmitt: “Un pueblo que existe políticamente tendrá que decidir por sí mismo quién es su amigo y quién su enemigo y aceptar el peligro correspondiente”.

Por cierto, respecto al asunto de las “balas” como estrategia de campaña, se las envían ellos mismos, lo que debería investigar la Policía.