La pasada final de la Champions League y los incidentes provocados por la población de los suburbios de París trajeron de nuevo a debate la novela de Sumisión como una profecía cumplida. Publicada en 2015 y coincidiendo su salida al mercado con un atentado islamista en la capital francesa, Michel Houellebecq narraba cómo en el año 2022 se formaba un frente republicano en torno a un candidato musulmán para impedir la victoria del Frente Nacional, provocando a su vez la islamización de la sociedad francesa. No obstante, una vez leída la novela no deberíamos compartir dicho juicio: no estamos ante una distopía con visos de cumplirse, sino ante una ucronía sobre lo que podría ser Francia en un futuro no muy lejano.

Como resumen, cabría decir que la Francia que plantea Houellebecq en Sumisión es la siguiente: ante la debacle de los partidos del establishment, sobre todo de los socialistas gobernantes (en la realidad alternativa de la novela no figura Emmanuel Macron), éstos unen fuerzas en torno al candidato de un partido musulmán con tal de privar del poder al Frente Nacional, electoralmente el primer partido de los franceses. Entre tanto, la amenaza de una guerra racial es una realidad de la que los medios de información no hablan pero que enfrenta a unos identitarios que pretenden acelerar la caída del régimen antes de que la demografía lo haga imposible y unos islamistas también dispuestos a tomar las armas. Estos islamistas, al igual que les ocurre a los identitarios con el Frente Nacional, juzgan al candidato musulmán como moderado y, a la vez, algo preferible a la otra alternativa real; son, en cierto modo, las dos caras de una misma moneda, como deja entrever Houellebecq por medio de un joven profesor universitario vinculado a los identitarios franceses (un personaje que aparece poco al comienzo y, todo sea dicho, muy desaprovechado posteriormente en el nudo y desenlace de la trama).

De orientarse por las críticas sobre la novela, cualquiera creería que la Francia de Sumisión es una versión europea de Arabia Saudí o, más exactamente, de Irán, por tomar un ejemplo de un país moderno donde el islam político cambió las minifaldas por los burkas; es más, es comprensible creerlo cuando una cita del ayatolá Jomeini irrumpe antes de la parte final del libro. Sin embargo, el electo presidente musulmán de la novela tiene como proyecto, tomando la referencia del Imperio Romano, una Francia que promueva la integración de los países musulmanes mediterráneos en la Unión Europea y, a la larga, ser el primer presidente de una Unión Europea donde los partidos musulmanes serían la clave en varios gobiernos nacionales. El francés sería el nuevo latín y ese entramado geopolítico contaría con el respaldo de los países árabes, quienes podrían deshacerse de Estados Unidos como aliado. Obviamente, Sumisión retrata una Francia donde las mujeres son apartadas de los puestos directivos; y de donde huye la población judía mientras la población católica se encuentra a salvo, promoviéndose incluso desde el nuevo poder el modelo económico del distributismo planteado por intelectuales católicos como justificación para recortar el gasto social del Estado. Por otra parte, la delincuencia se ve reducida (vamos, nada que ver con la racaille queriendo entrar por la fuerza en un estadio de fútbol) y la paz social quebrada continuamente pasa a formar parte del pasado. Para ello los socialistas habrían renunciado a controlar el sistema educativo, el cual sería reducido al mínimo en el sector público y promovidas las instituciones educativas religiosas de ámbito privado, sobre todo las musulmanas.

A simple vista parece una trama entretenida. ¿Por qué, entonces, se ha juzgado Sumisión como una novela de peor calidad que las anteriores del autor? Además de porque Ampliación del campo de batallaLas partículas elementales y Plataforma dejaron el nivel muy alto, probablemente la clave esté en uno de los personajes, un funcionario belga con pasado identitario y converso al islam. Con René Guénon de referente, este personaje expone al protagonista cómo tomó conciencia de que de la grandeza de la Europa medieval cristiana no quedaban ni los restos y que el islam ofrecía una respuesta a la crisis donde había desembocado el mundo moderno que el catolicismo ya no podría representar. Y está claro que a la mayoría de los lectores que habrán leído las novelas de Houellebecq no les habrá interesado el pensamiento de un filósofo y matemático francés converso al islam por juzgar que la tradición (o ley natural o como queramos llamarlo) donde mejor se habría conservado es en el mundo islámico, mientras que resulta más sencillo y entretenido empatizar con personajes frustrados sexualmente y adictos a todos los vicios habidos y por haber, que a fin de cuentas es a lo que ha desembocado el mundo moderno en nombre de la libertad; por eso, entre otros motivos, podríamos concluir que se valora tan negativamente a Sumisión respecto a las demás obras del autor.

Como anécdota, cabe recordar que en Plataforma fue el propio Houellebecq quien, por medio de un personaje musulmán, pronosticaba la derrota del islam frente al mundo moderno alegando que los placeres prometidos a sus fieles ya estaban disponibles en la vida terrenal; una década después, el mismo autor ha planteado la vía del islam como la alternativa de los europeos (y no sólo de Francia) a un mundo moderno cada vez más precario y donde ni los antidepresivos sirven de mucho en medio de la gran crisis existencial que padecemos. No es el primer escritor que se contradice en su obra: también Juan Manuel de Prada planteó en El séptimo velo que de algo malo podía salir algo bueno, mientras que en Me hallará la muerte defendía que del mal no podía salir el bien.

En cualquier caso, el nuevo Imperio Romano con capital en París, lengua francesa y religión islámica bien podemos situarlo en el campo de las ucronías porque, si algo ha demostrado la Historia, es que los grandes poderes islámicos no surgen de un modo tan pacífico como plantea Houellebecq en Sumisión, por no olvidar que a la hora de matarse entre ellos en nada tienen que envidiar al mundo cristiano; sin embargo, el callejón sin salida en el que se ha metido el mundo occidental en todos los aspectos (político, económico, espiritual, identitario) y las crisis internas de instituciones antaño respetadas (iglesias, estados, partidos, sindicatos) no invitan a ser optimistas ni a dejar de pensar que, de cumplirse lo narrado, será de un modo más violento y trágico del que pueda exponer una novela, ya que la realidad acostumbra a superar la ficción. Al paso que vamos, quién sabe si no desearemos que se hubiera hecho realidad la Francia de Sumisión en vez del futuro que esté por venir.