Cuentan que en cierta ciudad española, sobre la tumba de un famoso obispo, alguien escribió: “Aquí yace un hombre que hizo el bien e hizo el mal, pero el bien lo hizo mal y el mal lo hizo bien”. Creo que las dos facetas de ese obispo las podemos encontrar en las dos fracciones de España que se enfrentaron, ahora hace ochenta años, el 18 de julio de 1936.

 

Se vivía entonces en una España caciquil, de profundas desigualdades y privilegios. Unas regiones con extensas posesiones de aristócratas y terratenientes y con grandes masas de jornaleros míseros. En otras un excesivo minifundio hacía dura y difícil la vida de los campesinos. A esta España rural se unía en las zonas industriales una masa obrera sometida a las duras condiciones de vida del capitalismo primitivo.

 

Ante esta situación, desde muchos ámbitos del país se levantaba un gran clamor que reclamaba una mayor justicia e igualdad y posibilidades de una vida digna para todo el pueblo español. Se pretendía al mismo tiempo una renovación de la anquilosada vida política y cultural que pudiera sacar al país de un marasmo de siglos. Todos estos anhelos se plasmaron en la proclamación de la Segunda República Española, que intentó llevar a la práctica esas ansias de renovación y de mejora de la situación social del país.

 

Para mí, esa era la España que quería hacer el bien, llevar al pueblo español justicia y libertad. Pero creo que no se puede negar que el bien lo hizo mal. La limpia idea original se contaminó con pensamientos e ideas indefendibles, muy poco acordes con los ideales fundamentales.

¿Cuál fue la causa de esa desviación perversa de los objetivos básicos de mejora social? Creo que tenemos que remontarnos a los fundamentos del moderno movimiento hacia el socialismo, el que tiene su origen en la monumental obra de Carlos Marx. Los trabajos de este pensador presentan una crítica contundente y muy profunda del sistema capitalista. Deja al descubierto todos los males que nos acarrea el capitalismo y expone con gran fuerza la imperiosa necesidad de superar este sistema. La idea de Marx de la sociedad futura, la que debía suceder al capitalismo, si peca de algo, es de excesivamente idílica. Desde luego no hay en ella nada de dictatorial, ni se parece en nada a lo que luego llegaron a ser los países de la órbita soviética.

 

Es evidente que los pronósticos de Marx sobre la evolución de la humanidad no se han cumplido. ¿Dónde está el fallo? Para mí no está en el análisis y la condena del sistema capitalista, en lo que Marx está totalmente acertado, sino en los fundamentos sobre los que trata de construir la sociedad del futuro, una sociedad libre y justa sin explotadores no explotados.

 

Creo que Marx está excesivamente influido por el positivismo científico de su época. Reacciona radicalmente contra el idealismo de Hegel para caer en un materialismo total. Desde esa filosofía trata de encontrar el camino hacia la sociedad ideal que soñaba. Apoyado en una concepción totalmente materialista del mundo y del hombre plantea una evolución de la sociedad, a la que pretende darle un carácter científico, y que, a través de la lucha de clases, llevaría a un mundo solidario, justo y libre, el paraíso en la tierra para todos los seres humanos.

No voy a entablar una discusión filosófica sobre esas tesis, sólo expondré algunas de las consecuencias que tuvieron en la práctica. Si se avanza siguiendo un método científico, las consideraciones morales sobran, y Marx, que al fijar los objetivos apuesta por una sociedad profundamente humana y radicalmente ética, deja abierto el camino para que alguien pueda defender que el fin justifica los medios, aunque sean medios tan brutales como la eliminación física de cualquier adversario. Lo que acabó ocurriendo.

 

También se equivocó el marxismo al empeñarse en que el derecho, la ciudadanía, la división de poderes, el parlamentarismo, etc., todo el andamiaje, en suma, de lo que llamamos Estado Moderno, no era otra cosa que la otra cara de la moneda de aquello que se pretendía combatir: el capitalismo.

 

Otra consecuencia muy grave es que muchos de los seguidores de Marx tradujeron el materialismo en un ateísmo radical y agresivo. Es cierto que la jerarquía eclesiástica, a partir del edicto de Tesalónica, con el que el emperador Teodosio declaraba al cristianismo religión oficial del Imperio, se había convertido en uno de los grandes estamentos de poder y riqueza en los países cristianos. En el siglo XIX seguía estrechamente unida a los elementos más reaccionarios de la sociedad.

 

Pero cualquier mirada mínimamente penetrante se debía haber dado cuenta de que eso lo hacía en contradicción con los más básicos principios cristianos. Cualquiera que lea el Evangelio con una mínima atención, puede pensar lo que quiera en el aspecto religioso: que es palabra de Dios o un mito absurdo. Pero tendrá que admitir que, sea una cosa u otra, evidentemente lo que es, es anticapitalista.

 

Los profesores de filosofía Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero afirman: “Esto, por supuesto, no significa que la izquierda debería haber establecido una alianza con las altas jerarquías católicas. Pero sí que no debería haberse desentendido de este campo de batalla. Habría que haber plantado cara en el interior mismo de la Iglesia. Es una insensatez haber regalado al enemigo la mayor organización de masas de la historia de la humanidad occidental”.

 

Ciertamente la brutal persecución religiosa que se desató en la España republicana como respuesta al golpe militar terminó de arrojar en manos de la derecha la gran masa católica del país.

 

Podíamos extendernos mucho más criticando elementos de la izquierda española antes y después del alzamiento, pero lo expuesto es más que suficiente para justificar la afirmación de que el bien, la defensa de la justicia, de la libertad y la dignidad de los seres humanos se hizo mal, rematadamente mal

Podíamos extendernos mucho más criticando elementos de la izquierda española antes y después del alzamiento, pero lo expuesto es más que suficiente para justificar la afirmación de que el bien, la defensa de la justicia, de la libertad y la dignidad de los seres humanos se hizo mal, rematadamente mal.

En contraste con esta parte que el bien lo hizo mal, la España que se levantó el 18 de julio del 36 el mal lo hizo muy bien. El aplastamiento de los derechos y libertades del pueblo español fue total, y la injusticia en el reparto de la riqueza se consolidó de tal manera que hasta hoy se ha mantenido sin problema.

 

Y fue más eficaz eliminando enemigos políticos. Si en la España republicana se fusiló por motivos puramente ideológicos o religiosos, por ser de derechas o católico, no le fue a la zaga la España de los sublevados. Con una diferencia, en la España republicana se trató de una reacción popular en respuesta a un levantamiento armado contra el gobierno democráticamente elegido, mientras que en la zona rebelde desde el primer momento se practicó la eliminación sistemática de los adversarios políticos, ejecutando sin más motivo que ser una figura implicada de cualquier manera en el Frente Popular, o una persona conocida por sus ideas de izquierdas, sea sindicalista, maestro, funcionario o simple trabajador. Incluso los curas vascos que se opusieron al alzamiento fueron fusilados sin consideraciones.

 

No fue un alzamiento del ejército, sino de una parte del ejército, aliada con las fuerzas económicas, que no respetó la jerarquía militar. De hecho, los sublevados fusilaron a más generales que no se sumaron al alzamiento, que los republicanos a generales sublevados. En la zona republicana el gobierno fue controlando los desmanes de los grupos más radicales y exaltados, mientras que en zona nacional se siguió fusilando hasta mucho después de acabada la guerra.

 

Pero supieron aprovechar muy bien lo mal hecho por los republicanos para lograr vestir su rebelión en defensa de unos intereses económicos con los ropajes de una cruzada en defensa de Dios y la Patria. El mal realizado por los republicanos les permitió cubrir al ídolo de la riqueza con el manto de la Virgen del Pilar y conseguir que millones de españoles con la mejor buena voluntad apoyaran un golpe de estado que fue también generosa y ampliamente auxiliado por el nacismo alemán y el fascismo italiano.

 

¿Seremos capaces de contemplar el pasado con una mirada lo más desapasionada y objetiva posible? ¿Nos ayudará esa mirada a darnos cuenta de que esa lucha entre el bien y el mal, entre la riqueza y la humanidad sigue hoy entre nosotros? ¿Nos daremos cuenta de que las fuerzas que se ampararon en la defensa del cristianismo y la patria son las mismas que hoy recurren a la sagrada economía de mercado para seguir sacrificando víctimas humanas al ídolo de la riqueza? ¿Y seremos capaces de hacer el bien y hacerlo bien?