Comienzo donde lo dejé la semana pasada, porque el denominado “efecto mariposa” es muy similar a la denominada “cadena de errores”.[1] Ambos conceptos muestran la posibilidad de que un fenómeno de dimensiones pequeñas sea capaz de provocar efectos realmente devastadores por su enormidad. Puede ser el simple aleteo de una mariposa o … un fallo en un minúsculo tornillo en el fuselaje o en el motor de un avión. En ambos casos, se trata de lo mismo, aunque el aleteo de una mariposa no sea propiamente un fallo sino un mero suceso de aparente escasa trascendencia. El resultado y el proceso, en ambos casos, es el mismo: una gran alteración en un determinado sistema (puede ser en términos de catástrofe) es provocada por un defecto muy pequeño.

Y si a lo anterior (efecto mariposa y cadena de errores) le sumamos las cadenas de favores, el efecto final puede ser, simplemente, devastador. Cadenas de favores, no en el sentido positivo de la película que lleva este nombre, en donde una persona tiene que hacer un favor igualmente desinteresado a otras tres que, a su vez, tienen que hacer un favor desinteresado a otras tres (y así de forma indefinida). No es ahora el caso, porque me refiero a favores realizados con la esperanza -o bajo la condición- de que sean devueltos a quien los hace (bajo la fórmula “do ut des”), lo cual es muy diferente.

Se trata, en definitiva (y es lo que ahora pretendo) de aplicar estos conceptos al Estado de Derecho para poder apreciar hasta qué punto la realidad político-jurídica de España se ajusta o se aleja de sus postulados básicos. Porque si tomamos como referencia la realidad existente antes del acceso al poder del actual Gobierno y la comparamos con la actual es apreciable, a simple vista un tremendo “gap”. Un “gap” que nos muestra un alejamiento evidente del ideal del Estado de Derecho, aún reconociendo que los Gobiernos anteriores al actual tampoco resultaban un ideal democrático.

En todo caso, reitero (ya lo he dicho en varios posts) que el Estado de Derecho se sustenta en una auténtica separación de poderes, de forma tal que cada uno de ellos se encuentre controlado por los otros, dando lugar a lo que la doctrina anglosajona denomina como el juego de “checks and balances”.[2] Un control que apunta especialmente al Ejecutivo, que debe estar sometido a un control de su actuación tanto por parte del Parlamento (legislativo) como de los Tribunales (poder judicial).

También he dicho que para que la separación de poderes y el control del Ejecutivo pueda ser efectivo, resulta absolutamente necesario contar con un Gobierno que diga la verdad (y una verdad a medias no es sino una mentira) y que ofrezca trasparencia en su gestión.[3] Si faltan estos dos elementos no podrá existir un control real del Ejecutivo, por la sencilla y obvia razón de que no se puede fiscalizar lo que no se conoce. En el post de la semana pasada ofrecí ejemplos de cómo este Gobierno no ha hecho más que mentirnos – de forma descarada, además- y ocultarnos buena parte de lo que hace o deja de hacer, motivo por el cual me remito a lo dicho.

Y tras este “introito” llegamos a los dos conceptos que traigo hoy a colación, como son las cadenas de errores y las de favores porque uno y otro se encuentran estrechamente ligados, aunque mantienen sus diferencias. Las denominadas cadenas de errores fueron sacadas a la luz por Robert E. Mittelstaedt Jr en relación con el mundo de los negocios, poniendo de manifiesto que cuando se cometen errores que no violan ninguna ley, pocas veces se investigan en forma estructurada y rigurosa y, por lo tanto, no se aprende nada de ellos.[4] El libro de Mittelstaedt comienza analizando los errores más comunes que dan lugar a grandes fallas, desde desastres como el del Titanic en 1912 y el estallido de la cápsula espacial Columbia en 2003, hasta errores serios pero no fatales que ocurren en empresas de todos los sectores. Según el autor, todo accidente serio – físico o no — es producto de más de una equivocación no detectada a tiempo.

Si no se rompe la cadena de errores en una etapa temprana, el daño que se produce, y su costo, crecerá en forma exponencial hasta que la situación se vuelva irreparable. Las fallas en las empresas, con su patrón de pecados de omisión y comisión, caen casi siempre en las áreas de estrategia, ejecución y cultura. Los ejecutivos son reacios a reconocer errores, porque piensan que admitir públicamente un error pone en riesgo el valor de mercado de la compañía y además les puede costar el puesto. Por eso se resisten a reconocer las ventajas de analizar y comprender la cadena de errores. Mittelstaedt analiza, por ejemplo, el caso de McDonald´s, que se aferró a sus menús tradicionales y no supo ver a tiempo que los consumidores querían más variedad. O el de Kodak, que ganaba tanto dinero con el viejo modelo que no actuó con suficiente rapidez para comercializar tecnologías digitales. Hay un punto – casi siempre fijado por el mercado externo – que marca el comienzo del descenso, y hay que verlo a tiempo. El objetivo, entonces, no es evitar los errores, porque si no se cometen errores es porque no se corren riesgos, y no correr riesgos es el peor error que puede cometer una empresa. El objetivo es encontrar maneras de detener los errores rápidamente una vez cometidos y aprender de ellos.

Pues bien, aplicando esta sistemática a nuestro mundo político actual, resulta evidente que nos encontramos en la situación en la que estamos porque el Gobierno no supo ver a tiempo la importancia y el tremendo alcance de la epidemia y reaccionó, cuando ya era tarde (acordando el primer estado de alarma mediante el Real Decreto 463/2020). Finalizó el estado de alarma y nos vimos en lo que dio en llamarse -de forma completamente eufemística- la “nueva normalidad” que condujo a las palabras del Presidente antes de irse de vacaciones, diciendo que había llegado el tiempo de disfrutar.

Nuevo error (al no haber aprendido del anterior) porque durante el verano la situación de la pandemia se agravó y fue necesario otro estado de alarma (acordado por Real Decreto 926/2020, de 25 de octubre). Lo único que aprendió el Presidente es que no debía hacerse cargo de las medidas a tomar, debido a lo cual -y con la única finalidad de no asumir la responsabilidad- delegó la competencia en las CCAA para que fuesen ellas quienes tomasen las medidas de contención de la pandemia. Y aquí comenzó el caos y la inseguridad jurídica, con 17 sistemas diferentes de medidas, mientras el Gobierno estaba a otras cosas (como una apresurada ley de Educación o la eutanasia), aprovechando que la gran mayoría de la población miraba hacia otro lado. Ni que decir tiene que la seguridad jurídica temblaba ya y la incertidumbre era lo que invadía todas las esferas para la desesperación de los juristas (y no digamos del común de los ciudadanos).

Enlazo ahora con las denominadas “cadenas de favores” que lejos de producir un mayor bienestar (como en la película que da su nombre a esta expresión) han sido utilizadas como un “cambio de cromos” por el actual Gobierno. Yo te concedo el acercamiento de presos (caso de Bildu y del PNV) y, a cambio, tú me das tus votos. Y más de lo mismo con los partidos separatistas catalanes, aunque ahora parece que la cosa se complica por ese lado. Con todo, el caso más aberrante (y mira que los hay) de este intercambio de favores, se encuentra en la insólita e insostenible subvención de 53 millones de euros a la compañía aérea PLUS ULTRA. Ni es realmente española (tiene una alta participación del gobierno de Venezuela en su capital), ni se encontraba en situación de solvencia (requisito exigido para la concesión de subvenciones) ni tenia una posición relevante en el mercado (apenas representaba un 0,03% del trasporte aéreo). De lo que aquí parece tratarse es de alguna clase de devolución de favor al régimen de Maduro con el dinero de todos los españoles, de lo cual tendrá que rendir cuentas el Gobierno, porque a Ábalos ya se le están acabando las posibles mentiras -y las maletas- sobre el asunto.

Así están pues las cosas y así las cuento, de modo que solo me queda proyectar lo dicho sobre los presupuestos del Estado de Derecho para ver, si por asomo, estamos aún dentro del mismo. Y mucho me temo que no es así, porque este Gobierno cojea de todas las patas. No hay verdadera separación de poderes, desde el momento en que el control de las Cortes se ha convertido, desde hace tiempo, en un mero cruce de acusaciones que no lleva a parte alguna. Ni el Gobierno informa de lo que hace ni responde a las preguntas que se le formulan debido a lo cual nuestras Cortes se asemejan más a una pista de Circo que a un verdadero Parlamento. Los Jueces parecen resistir el embate (al menos en los temas de calado) pero se hunden en el día a día dejando que la Administración campe a sus anchas abusando, más que nunca, de sus privilegios. Sin embargo, aún sacamos la cabeza del fango, gracias a la intervención de algunos jueces valientes que no se doblegan ante los poderes públicos.

La total ausencia de trasparencia en la actuación del Gobierno, contribuye, en muy buena medida a lo que podríamos denominar como la deconstrucción del Estado de Derecho (utilizando la terminología de Derrida).[5]  Para Derrida, la deconstrucción es un enfoque para comprender la relación entre texto y significado y pone el énfasis en la apariencia, o sugiere, al menos, que la esencia se encuentra en la apariencia.[6] Sin embargo, tomaré aquí otro significado más sencillo del término deconstrucción, como es la del DRAE en donde se define como deshacer analíticamente algo para darle una nueva estructura. Y es que eso es lo que está haciendo el Gobierno, con la tremenda ayuda de los separatistas y quienes siguen los postulados del Chavismo (me refiero a Podemos y adláteres), porque están descomponiendo el Estado como Nación y como Estado de Derecho al tiempo.

La descomposición del Estado como Nación, salta a la vista, bastando con ver lo que está sucediendo en Cataluña, en donde ni entre ellos se aclaran acerca de la creación de una imaginaria República Catalana, contraria de nuestra Constitución. Y la descomposición (o deconstrucción) del Estado de Derecho, también resulta obvia, con la fagocitación creciente por el Gobierno de todo aquello que pueda significar un obstáculo al ejercicio del poder de modo omnímodo. O sea, un poder absoluto sin límites ni controles, de lo que es una simple muestra la Fiscalía, el Consejo de Transparencia y Buen gobierno o la preterición, casi sistemática del Consejo de Estado (sin contar con los grandes medios de comunicación comprados a golpe de subvenciones no justificables).

Así estamos pues, y a ese resultado nos lleva esa cadena de errores y de favores a la que acude constantemente el Gobierno, con preterición absoluta de lo que piensan o necesitan los ciudadanos. Hemos pasado del Estado de Derecho, al Estado del No Derecho (Non law land), con los continuos estados de alarma, y de ahí a la deconstrucción del Estado de Derecho ya no hay más que un paso. Paso que tiene como causas las cadenas de errores no subsanados y de favores no confesados, a lo que habrá que poner fin porque es mucho lo que nos jugamos. Se llama … Estado de Derecho.

Con semejante pensamiento y sin perder la sonrisa etrusca, me despido de todos recordando que una cosa es cometer un error (siempre será disculpable) y otra muy diferente, seguir cometiéndolo, siendo consciente de estar errado. No obstante, y como no deseo hacer la pascua a nadie, felices Pascuas a todos …

 

[1] Vid. CUANDO LA REALIDAD SUPERA A LA FICCIÓN: EL EFECTO MARIPOSA en el siguiente link: https://www.linkedin.com/pulse/cuando-la-realidad-supera-ficci%C3%B3n-el-efecto-mariposa-villar-ezcurra/

 

[2] Vid entre otros ¿MIEDO AL ESTADO DE DERECHO? en el siguiente link: https://www.linkedin.com/pulse/miedo-al-estado-de-derecho-jose-luis-villar-ezcurra/

 

[3] Vid entre otros PACTA SUNT SERVANDA: CUMPLE TU PALABRA¡¡¡ en el siguiente link: https://www.linkedin.com/pulse/pacta-sunt-servanda-cumple-tu-palabra-jose-luis-villar-ezcurra/

 

[4] En el libro titulado “Su próximo error puede ser fatal. Cómo evitar la cadena de errores que pueden destruir su empresa” Ed. Gestión 2000, diciembre 2005

[5] Vid. Jacques Derrida; David B Allison; Newton Garver; Ed Evanston : Northwestern University Press, 1973.

 

[6] El término deconstrucción es la traducción que propone Derrida del término alemán Destruktion, que Heidegger emplea en su libro Ser y tiempo. Derrida estima esta traducción como más pertinente que la traducción clásica de ‘destrucción’ en la medida en que no se trata tanto, dentro de la deconstrucción de la metafísica, de la reducción a la nada, como de mostrar cómo ella se ha abatido.