Leía el otro día, con indignación y estupor, una noticia -por supuesto en uno de los medios no apesebrados, ya que los otros ni se me ocurre mirarlos-, sobre una campaña de esas que llaman eufemísticamente de “sensibilización”, cuando en realidad forman parte del permanente lavado de cerebro al que nos encontramos sometidos, auspiciada por el Ayuntamiento de Córdoba, titulada “de mayor yo no quiero ser como mi papá”.

Por supuesto, lo primero que hice fue interesarme por saber quien dirige los designios de la hermosa ciudad andaluza, encontrándome que la mayoría absoluta está en manos del PP, en unión de Ciudadanos, contando con la abstención de VOX que, a la postre, facilitó la alcaldía a la coalición. Aquel conocimiento, por descontado, me alarmó mucho más. Menos mal que finalmente supe que la citada campaña había sido de inmediato retirada a instancias de VOX, como no podía ser de otra manera.

Antes de entrar a valorar lo malvado de una campaña con un eslogan semejante y lo canallesco e indigno de quien la haya parido que, por supuesto, está relacionado, como supe después, con “los y las” -seguimos siendo correctos- de siempre, se hace forzoso puntualizar, a tenor de las informaciones conocidas ulteriormente, un par de breves apuntes.

Como primera premisa, no podía entender, como a un equipo de gobierno municipal con un claro color político como el de Córdoba, le pudieron colar semejante gol por toda la escuadra y prefiero creer que se lo colaron y no que fueron ellos los de la idea ya que, en tal caso, sería infinitamente peor; como segunda, me resultaba increíble que, la citada Corporación, recurriese al concurso de alguien de la catadura de moral del artífice o “artifiza” -es cuestión de inclusión- de semejante campaña a todas luces sectaria y miserable.

Finalmente, pude conocer la historia que, por supuesto, me dejó tan intranquilo o más de lo que ya lo estaba.

Al parecer, la campaña partió de una concejalía que está en manos de una concejala de Ciudadanos, una tal Eva Timoteo, quien recurrió a otra tal Carmen Castro, próxima a podemos -no podía ser de otra manera- para su elaboración.

De entrada, resulta vergonzoso que un Ayuntamiento, en manos del PP y de Ciudadanos, inicie una campaña ofensiva y sectaria como la de referencia, si bien, a la vista de como se están comportando ambos partidos a nivel nacional, no me extraña.

De una parte, el PP, totalmente desnortado, navegando por los mares del relativismo, tratando de lavar no se qué imagen y poniéndose claramente de perfil ante la grave situación que está atravesando España, con su pertinente abstención que es como decir “a mí me da igual”, cuando no votando a favor de este gobierno social-comunista, que nos lleva a la ruina en todos los órdenes.

De la otra, Ciudadanos, un partido cipayo al borde de la extinción, carente de ideología y, lo que es peor, de criterio, que se ha convertido en el permanente “lametraserillo” de Sánchez, aguantando estoicamente, como buenos masocas, los insultos y desprecios de socialistas y podemitas, probablemente con la finalidad de salvarse del naufragio y no perder sus poltronas tras la desaparición de su partido como tal.

No vale salir ahora, tras tener que retirar la vergonzosa campaña por la presión popular, diciendo aquello de “no fue culpa nuestra”, “ya la dejó firmada el gobierno anterior” o “creímos que era otra cosa”. La responsabilidad es siempre del que manda, lo es por acción u omisión y cuando a alguien lo cazan con el “carrito del helado” lo más digno que puede hacer es presentar la dimisión y largarse, algo que, claro, en una España como la nuestra es del todo impensable.

Supongo que todo obedeció a ese pernicioso afán, por parte, tanto del PP, como de Ciudadanos, de besarle los morros, por no decir otro espacio corporal, a la progresía izquierdosa para que así nadie pueda tacharlos de “fachas”, algo que seguirán haciendo, si cabe con más descaro, por los siglos de los siglos, ya que a un enemigo cobarde no se le teme, simplemente se le desprecia.

Pero bueno, la campaña está retirada y eso es lo que cuenta. Así, que, mi agradecimiento a Vox, partido en el que no milito ni militare, por la única razón de que, como joseantoniano que soy, no creo en los partidos.

Vayamos ahora a por la miserable podemita que parió la campaña en cuestión. Mira, tía, de entrada, eres una canalla y me das asco. Nadie tiene la culpa de que tu padre fuese un sinvergüenza o un maltratador -ignoro si lo fue o no- al que profesas todo el rencor y el odio del mundo, el mío, gracias a Dios, no fue así.

Mi padre, mi querido papá, fue, como la mayoría de los papás, un hombre bueno, con honor, digno, trabajador, educado, enamorado de mi madre, buen padre, comprensivo, generoso, valiente, todo un ejemplo a seguir por mí.

Como empresario era querido y respetado por todos sus empleados. Era el primero en llegar a su empresa y el último en marcharse. Trabajó, con ahínco, hasta mucho más allá de su jubilación y su recuerdo es imperecedero.

Cada tarde, tras su jubilación, con setenta y cinco años a cuestas, salía con mi madre y después de ir a misa -ambos eran católicos practicantes-, se iban a tomar un café y luego regresaban a casa, cogidos del brazo, hablando de sus cosas.

Un padre, mi papá, que jamás engañó a mi madre en nada ni con nadie, ni le faltó al respeto nunca. Todo un caballero en la plena extensión de la palabra.

Supongo, miserable podemita, rencorosa y llena de odio, que tu padre no era así ya que tú, eres fiel reflejo de lo que era él. Sin embargo, ni mi papá ni la inmensa mayoría de los papás, al menos los papás españoles, eran ni son como el tuyo.

Mi papá, jamás me puso la mano encima, ni de él recibí un solo insulto ni una mala palabra. Jamás escuché de boca de mi padre una sola palabra malsonante. Me dio todo lo que pudo y cuando tuvo que corregirme, lo hizo con elegancia, haciéndome ver que estaba cometiendo un error. El castigo, reducirme la paga dominical o recortarme alguna salida, medidas a las que me había hecho merecedor con creces.

Por cierto, mi papá, tataranieto de Capitán de Infantería del Regimiento Provincial de Tuy, que participó en la guerra contra Portugal de 1762-1763, donde combatió a los ingleses; bisnieto de un Licenciado en Leyes, cuando a la Universidad iban cuatro, que encima batalló con éxito contra los gabachos en 1809; nieto de juez e hijo de médico rural, de los que aprendió honor, nobleza y dignidad, me enseñó que todos somos iguales, que no importa la clase social ni la riqueza, que lo único que vale es la calidad humana de las personas, su bonhomía, su sentido acendrado del deber, el honor y todas las virtudes de las que hacen gala las gentes de bien.  

Y por si aquella escuela familiar en la que me crie no fuese suficiente, que lo era, a los diez años, con esa lección aprendida, ingresé en la Organización Juvenil Española (OJE). Allí seguí formándome, en el amor a mi Patria y en el respeto al hombre como portador de valores eternos, independientemente de ideologías, teniendo como primer jefe de Centuria, precisamente, a un empleado de mi padre que, afortunadamente, me trató como uno más, sin privilegios ni prebendas.

Otra cosa, podemita miserable. Mi papá peleó contra aquellos que pensaban como tú y afortunadamente os ganó en los campos de batalla de la guerra civil, sirviendo en el Cuerpo de Ejército de Galicia; sin embargo, jamás se jactó de ello ni me habló de rojos y azules, ni siquiera se interesó por saber en que bando habían peleado los padres de mis amigos ni de las chicas a las que acompañé, algo que a mí tampoco me importó jamás ya que toda aquella desgracia estaba olvidada y enterrada hasta que volvisteis tipejas como tú.

Tuve de ejemplo a mis padres, a mi papá y a mi mamá, y ellos me enseñaron todo lo que soy, a tratar de ser un buen católico; un buen español; un caballero; a ser consecuente con mis ideas; a ser fiel a mis principios; a ser noble; a ser elegante; a ser trabajador incansable; a ser amigo de mis amigos; a tratar con respeto a mis subordinados al igual que a mis superiores, haciéndome querer y respetar; a ser digno; a ser valiente; a cumplir con mis obligaciones; a ser responsable. Siempre estuvieron a mi lado en los momentos más complicados de mi vida, al igual que en aquellos otros de gran alegría. Me aconsejaron y me corrigieron cuando debía ser corregido.

A ellos, les debo todo lo bueno que tengo y soy; en cuanto a lo malo, que es bastante, lo aprendí yo solito ya que, en ellos, jamás vi otra cosa que no fuese amor y bondad.

Así que mira, podemita miserable, tus rencores, tus odios almacenados, me dan igual, como me da igual que tu padre fuese un canalla o que, como dice tú inculta y burda correligionaria -otro cerebro surgido de esta generación, la más preparada del mundo mundial, que cree, ¡jo, tía!, que Andalucía es una sola provincia o que el Ebro nace en catalonia- que tuviese el pene pequeño, ese es vuestro problema, tuyo y de él, no el mío.

Lo grave, es lo que tú y esa caterva de sectarios indignos que comparten tú ideología perversa, caduca y represiva estáis haciendo con mi Patria. Fomentáis, con toda la maldad, el odio, el enfrentamiento y el rencor y, al igual que Atila, por donde pisáis no crece la hierba, dejando un rastro de miseria, de incultura, de dolor, de mediocridad y de tristeza.

Y para terminar, miserable podemita, he de decirte, tanto a ti como a la concejala que te contrató y a los que permitieron, por acción u omisión, en el Ayuntamiento de Córdoba que tan indigna y sucia campaña viese la luz, que yo estoy muy orgulloso de mi padre y de mayor QUIERO SER como mi papá, ojalá, Dios me lo permita.