Creo que fue Aristófanes, hace ya veinticinco siglos, quien dijo que el pueblo se deja gobernar por los ladrones para poder robar él también. El poeta cómico griego, buen conocedor del alma humana, sabía que la malicia plebeya tiene claro que los ríos revueltos y los regímenes corruptos son los mejores lugares para medrar.

Y la sociedad española postfranquista, en su plebeyez, ha entendido que, bajo el paraguas de una transición cuyos gestores se encargaron enseguida de decapitar la ley, el orden y la responsabilidad moral y civil, podía acogerse una gama variopinta de indeseables. En consecuencia la masa electoral española ha elegido y reelegido sucesivamente a los ejecutores más encumbrados del delito, a los ladrones y pervertidos más conspicuos.

Millones de votos han venido manifestando su indiferencia o su tolerancia ante la injusticia y el crimen. Durante casi medio siglo hemos podido contemplar con asombro a una masa electoral inconmovible ante la corrupción, el vicio e incluso el crimen organizado. Ni le ha afectado el horror de la sangre derramada ni ha sentido ni padecido en sus carnes el secuestro de su libertad.

Esa muchedumbre que democráticamente deposita sus papeletas en las urnas no quiere saber nada de las abrumadoras evidencias que revelan lo inmediata que se encuentra de ella la realidad incriminatoria. No claman al cielo ni a la tierra pidiendo castigo contra los infractores, ni mucho menos se organizan para sentarlos en el banquillo. Su escasa conciencia moral y su sectarismo no les impulsan a la responsabilidad civil ni a la justicia, sino a la vileza de andar por casa entre los atropellos y los escándalos.

De espaldas a la realidad, ocultando la cabeza bajo el ala, entregan su libertad y su vida a monarcas, políticos, magistrados, generales, obispos e intelectuales sin honor. Si con la excusa de la democracia se ha insistido, comicios tras comicios, en votar a los ladrones, ello quiere decir que, mayoritariamente, somos un país de mangantes. Mangantes democráticos, eso sí, porque los amos del invento se han encargado de que las urnas lo justifiquen todo. Y lo más terrible es que, abducidos por el civismo y la solidaridad capital-socialista, los seguirá eligiendo y reeligiendo hasta que ya no quede más pienso que repartir.

Y como los elegidos conocen bien las preferencias del populacho y son conscientes de que sólo los seguirá admirando hasta que se reduzca o se acabe el pasto, es por lo que, sabedores de que ya hemos llegado a la fase de indigencia prevista, están dedicándose a robarnos del todo la última riqueza que le queda a un pueblo: su soberanía. Un robo perpetrado mediante las leyes totalitarias y el secuestro absoluto de las instituciones. Así, cuando la masa, a expensas de su estómago, se decida a protestar, se encontrará con que gracias a dichas leyes, tiene enfrente un intimidatorio correctivo pecuniario o una cohorte de bayonetas y de cadenas dispuestas a impedirlo.

Por eso defender al pueblo no ha sido nunca inclinación de sabios. Ellos saben que el pueblo, salvo puntuales coyunturas históricas, perdona a los grandes criminales y olvida sus escándalos y crímenes. Más aún, se burla de las víctimas. Y mientras los delincuentes y asesinos andan sueltos, jactándose de su impunidad, sus víctimas sobreviven con su dolor a cuestas, recluidas y mudas, soportando su sacrificio en el abandono social más ignominioso.

Esta es la España que va bien. Esta es la España feliz y confiada que nos pintan las televisiones y demás medios informativos venales. Y es este alarde de cinismo y abyección el dato esperpéntico que indica adónde han llegado las cosas. Pero la realidad es que España lleva casi medio siglo avalando, perdonando, blanqueando u olvidando a los grandes culpables, en tanto que paga religiosamente, sin rechistar, los impuestos que estos queridos mafiosos suyos, estos entrañables hampones, le exigen, y con los cuales engordan sus bolsas.

Los amos del mundo han descubierto infinidad de fórmulas para embrutecer a las multitudes. Y, coetáneamente, la más eficaz es a través de sus televisiones horteras y del control de las redes sociales. Y, más allá, mediante virus secretos y pandemias misteriosas que convencen al gentío a encerrarse detrás de sus muros domésticos y de sus mascarillas de diseño, aterrorizado por el miedo, secuestrada su vida social, cultural, peatonal...

La robusta clase media que creó el franquismo, agobiada a lo largo de la transición por los gravámenes, y parasitada por lóbis y chiringuitos clientelares y sectarios, se ha ido por las alcantarillas, porque nuestro sistema educativo, judicial, político y fiscal consiste en que la ciudadanía se jode mientras la elite capital-socialista y sus sicarios se salva de la cárcel y se enriquece.

Esta es la España que va bien, sí. Del rey abajo, todos los mandatarios implicados en el desastre se pasean cresos y ufanos, de carne viva, nunca de carne judicial, y el pueblo, mayoritariamente, los aplaude, como proclaman las urnas. Pero si miramos al enfermo por dentro, si extendemos la mirada profunda alrededor, vemos una España sombría a quien los partidos de la casta, los responsables institucionales, la intelectualidad áulica, la Iglesia, los educadores y los electores sectarios han dejado como unas bragas, que diría un castizo.

Millones de votantes prefieren olvidar el acopio de cadáveres, de perversiones y de fortunas criminales, que hemos venido almacenando durante décadas en el solar patrio, antes que invocar a la justicia. En lugar de echar sus votos en el platillo de la Ley, los han despilfarrado engordando al desafuero.

Y es esta inhumanidad personal y colectiva la que ha posibilitado unos gobiernos entregados a sus ilegalidades, unos reyes arrodillados ante el misterio de los poderes fácticos -o de sus codicias y libertinajes-, una Justicia prevaricadora y un teórico partido opositor que se dedica a ajustar cuentas en Ceuta -y donde le manden- a quien lo ha puesto en evidencia. Políticos y organizaciones que, para disimular su vileza, se consagran a amordazar a quienes defienden a la patria, alineándose con los delatores y con la más completa gama de hispanicidas, sean éstos foráneos o nativos.

Los injustos por naturaleza necesitan parecer justos por fingimiento; ante ellos mismos para no darse horror; ante los demás para comulgar con esos vagos sentimientos de humanidad universal que constituyen el tramposo buenismo. ¿Quién, en estas circunstancias, puede creer todavía en estos políticos y lóbis a sueldo del NOM, en esta democracia capital-socialista?

¿Quién? Convóquense nuevas elecciones y podrá comprobase aún la millonaria profusión de crédulos. La mayoría seguirá apostando por Soros y sus cuates. Y estos diablos globalistas, conscientes de su impunidad, sabedores del pancismo de la masa, en lugar de enterrar definitivamente al paisanaje que ha sobrevivido a su virus de diseño, preferirán seguir jugando con su miedo, utilizándole, permitiéndole de paso deambular con mascarillas al gusto y animándole a ver y usar las teles y los móviles narcotizantes. E infeccionándolo, además, con vacunas sibilinas, cultura neomarxista y añejo antifranquismo sociológico. No nos entierran a todos, de momento, pero es lo mismo. 

Es obvio que con este horizonte España no tiene porvenir. Pero ¿cómo va a tenerlo si ocho de cada diez vecinos tuyos, estimado lector, a pesar de vivir desde hace décadas con los pantalones bajados, siguen votando a Soros y a sus cuates, que son quienes se los bajan? He aquí nuestro drama, en esta hora.