Aunque probablemente ninguno de los lectores de estas líneas albergue ninguna simpatía hacia el comunismo y la mayoría disponga de buenos argumentos que respalden su postura, precisamente por esto, seguramente compartan que, para criticar o condenar aquella ideología es preciso conocerla. Pues sólo la búsqueda sincera de la verdad y los datos por ella alumbrados permiten detectar las enormes contradicciones del socialismo y otorgan la autoridad moral para denunciar sus crímenes.

Un ejercicio de lo más saludable e instructivo para conocer la religión socialista –y entender la distancia entre sus presuntas “buenas intenciones” y su dramática realidad– consiste en leer algunas obras literarias que tuvieron gran impacto en la opinión pública a principios del siglo XX. Novelas como, por ejemplo, La jungla (1906) del escritor estadounidense Upton Sinclair (1878-1968), a la que nos referiremos a continuación. Un libro extraordinario que sirvió para dar a conocer las infernales condiciones imperantes en la industria cárnica en los Estados Unidos y que resultó decisivo para corregirlas.

Sin duda, todos los aspectos de la vida en torno a los mataderos de Chicago descritos por el autor, por verosímiles, despiertan en el lector un sentimiento de proximidad y empatía hacia el protagonista, víctima de los más penosos sufrimientos en su lucha por sobrevivir. Es más, a la luz de esta novela, seguramente cualquiera se sienta tentado a creer que el socialismo, en tales circunstancias, fuera la única esperanza y lógica salida para una inmensa masa de trabajadores sometidos a unas condiciones laborales y vitales por completo inhumanas.

He aquí algunos pasajes que describen una situación reconocible todavía en nuestros tiempos, por ejemplo, respecto a las prácticas abusivas implícitas en cualquier monopolio y las consecuencias derivadas: “Si no le gusta el modo en que se hacen las cosas en Smith’s, tiene toda la libertad de marcharse donde quiera. Podría irse a Anderson’s y, cuando se diera cuenta de que tanto Smith como Anderson, como el resto de empresarios de la carne de Chicago, se habían puesto de acuerdo en las condiciones de trabajo de sus empleados, es su derecho […] marcharse a Nueva York, San Luis, a Kansas City o a Omaha, donde encontraría otras empresas del ramo. Cuando se enterara de que estas empresas pertenecen también a Smith o a Anderson y que operan con la misma injusticia, podría también marcharse al campo […] y morirse allí en paz, con la conciencia tranquila de no ser esclavo de nadie”. (La jungla, Capitán Swing Libros, Madrid, 2012, capítulo VIII,  pp. 133).

Cómo no coincidir con la descripción de  unos políticos desconectados de la realidad: “[…] faltos de contacto con la vida que enjuiciaban, no estaban en condiciones de resolver sus problemas porque, lo que era más, aquellos hombres formaban parte del problema mismo y eran, a su vez, representantes de un orden establecido a favor del cual otros seres resultaban abatidos y apaleados”. (Op. Cit., capítulo XXIII, pp. 336-337).

Incluso podemos observar cómo la fórmula liberal-capitalista para mantener unos precios competitivos y unos sueldos bajos ya estaba inventada hace ciento veinte años. Y no es otra que la sustitución de una mano de obra por otra más necesitada: “Los patronos, entretanto, habían acometido en serio la tarea de formar una nueva fuerza laboral. Noche tras noche llegaban a los mataderos expediciones de trabajadores contratados para sabotear la huelga […] la mayoría eran negros inexpertos, salidos de las plantaciones algodoneras del sur del país […] (Op. Cit., capítulo XXIII, p. 409).

Y cómo no compartir la indignación de Sinclair ante la complicidad del poder económico y político frente a una población a la que se quiere dividida e indefensa para su mejor explotación.

O la farsa del bipartidismo: “El pueblo podía  elegir entre los diferentes candidatos, pero todos ellos estaban bajo control y era un mismo poder el que elegía todas las nominaciones. Ambos partidos (el demócrata y el republicano) organizaban mítines políticos en los que los oradores estaban comprados por el mismo monedero”. (Op. Cit., capítulo XXXVI, pp. 525-526).

Una imagen recurrente de la literatura socialista es la alusión a la industria como una gigantesca trituradora de carne humana, que se alimenta de la sangre y los cuerpos de sus servidores. Idea que, por supuesto, está presente en La jungla de Upton Sinclair, pero de la que se sirvió igualmente el ruso Alexander Kuprín (1870-1938) para dar título a su primera novela –Moloch (1896)–, y que el mismo Kuprín empleó años después en El dios implacable (1919): “Los pueblos salvajes […] sacrificaban hombres vivos a sus ídolos Moloch, Dagón y demás. Pero […] no se les sacrificaba tanto como se sacrifica hoy a los dioses del progreso contemporáneo”. (Editorial Calpe, Colección Universal, nº 61, Madrid, 1919, p. 43).

Idea que desde Dickens a Zola ilustró ese capitalismo desalmado también conocido como manchesterismo, que no dudaba en explotar a mujeres y niños en fábricas insalubres por salarios de miseria en jornadas infinitas, abreviando drásticamente su esperanza de vida: “[…] el trabajo en las minas, en las explotaciones metalúrgicas y en las fábricas acorta las vidas […] Naturalmente no hablo de catástrofes, accidentes, etc., que son bastante frecuentes […] usted debe saber mejor que yo qué estragos hacen entre los desgraciados esclavos del trabajo la sífilis y el alcohol, la vida en condiciones abominables, en barracas antihigiénicas, en el subsuelo […] Dígame, ¿ha visto usted entre los obreros muchos que hayan pasado de los cuarenta o los cuarenta y cinco años? Yo no los he visto”. (Op. Cit, p. 42).

Además, Upton Sinclair exponía sin tapujos la pretensión del socialismo de erigirse en una nueva fe, al son de La Marsellesa –el himno sangriento de la revolución previo a La Internacional–. Una confesión entendida por algunos como un cristianismo verdadero e incorrupto: “Era la nueva religión del género humano o, dicho con más exactitud, la materialización de una religión ya existente, pues el socialismo resultaba una estricta aplicación de las enseñanzas de Cristo”. (Op. Cit., capítulo XXXIII, p. 476). “Con Él aparece el primer revolucionario del mundo, el verdadero fundador del movimiento socialista”. (Op. Cit., capítulo XXXV, p. 505).

Pero que, en su rama nihilista finalmente triunfante –encarnada en la novela por el filósofo Nicholas Schliemann–, encerraba en sí el deseo de matar al padre y ocupar su lugar como Dios único y verdadero: “El destino de la civilización sería decidido en una última lucha a muerte entre la Internacional Roja y la Negra, es decir, entre el socialismo y la Iglesia Católica de Roma”. (Op. Cit., capítulo XXXV, p. 504).

Así muestra el autor la conversión de Jurgis –el protagonista– al socialismo: “Las verdades de su credo eran para Jurgis tan evidentes que no alcanzaba a comprender el hecho de que los demás no las percibiesen de inmediato”. (Op. Cit., capítulo XXXIV, p. 491). Revelando de este modo su intolerancia hacia quienes no compartían su fe.

Un libro que presenta el socialismo como la única vía frente a un bipartidismo que apela al voto útil: “¿Qué es mejor: votar por lo que se desea y no se puede conseguir o votar por lo que no se desea y siempre te dan?” (Op. Cit., capítulo XXXIV, p. 533).

Y que, finalmente, en tanto expone la esperanza sincera del escritor en un movimiento “necesario” que rompiera las cadenas impuestas por un sistema corrupto, más pone en evidencia, a la postre, el fracaso de una doctrina que ha provocado más ruina y muerte que ninguna otra.