Una mañana, sin saber que estaba soñando, caminaba yo por la que había sido la ciudad más bella del mundo. Pero ya no podía reconocer como antaño esa elegancia embriagante que emanaba  de su armonioso diseño y de sus numerosos monumentos como un delicado perfume de mujer. Ya no divisaba al fondo de una hermosa avenida el suntuoso palacio de la Ópera con las esculturas doradas que coronaban su cornisa, ni se alzaba impertérrito al paso de los siglos el obelisco egipcio en la plaza de la Concordia. Las blancas cúpulas  de la Basílica  del Sagrado Corazón ya no perfilaban el horizonte de la colina de  Montmartre, ni se podía divisar la vetusta y convaleciente catedral de Notre-Dame flanqueada por los dos brazos del Sena, que ahora se había convertido en un río fúnebre, en el que cientos de cadáveres flotaban sobre un agua pestilente  como un fiel trasunto del Ganges a su paso por Benarés.  El cielo de Paris ya no era azul;   no albergaba pájaros cantores que alegraran la ciudad con sus aleteos y sus trinos,  ni  invitaba a los amantes a pasear por sus jardines y a  recorrer sus hermosas calles: solo extendía una espesa capa de polvo radiactivo sobre sus escombros calcinados y sus cenizas. Allí donde dirigía la mirada solo había lamentos, llamaradas, desolación.

Pensaba instintivamente en regresar a mi patria, pero no podía hacerlo porque Madrid había corrido la misma suerte: el Museo del Prado era ahora un amasijo irreconocible de chatarra y lienzos humeantes; había ardido por sus cuatro costados con todos sus tesoros dentro, llevándose para siempre nuestra historia y nuestro orgullo, como tantas otras maravillas de la ciudad y del resto de España, víctimas de misiles nucleares rusos, que la OTAN no había conseguido abatir.

Recordaba entonces a algunos ucranianos que clamaban por su independencia y su deseo de integrarse en la Unión Europea; pero sus voces se confundían en mi mente con las de otros de sus compatriotas que yo conocía, que tenían familiares en zonas rusófonas y que, sintiéndose discriminados por su actual gobierno, deseaban ser liberados de su opresión por las fuerzas militares de Putin. Y yo me preguntaba, mientras caminaba fantasmalmente por aquel vertedero de escombros: ¿por qué teníamos los europeos que involucrarnos en una guerra que no era la nuestra, que era un asunto particular que solo competía a dos pueblos hermanados durante siglos?, ¿qué nos había hecho Rusia para que la atacáramos enviando armas a sus enemigos? Y me seguía preguntando: si China hubiera invadido Taiwán para recuperar lo que durante siglos fue suyo, ¿tendríamos también que habernos involucrado en esa  guerra para defender la independencia de la isla?... No entendía por qué los líderes europeos se empeñaban en arrastrarnos a guerras que nadie nos había declarado y, para colmo, contra superpotencias poseedoras de armas atómicas. La independencia de Ucrania, como la de Taiwán, no valían la destrucción completa de Europa.

         ¡Y pensar que todo había comenzado imponiendo unas  sanciones económicas a Rusia que no habían  hecho apenas efecto en su economía si se comparaban con el que habían producido en la nuestra!  China había acudido al socorro de Rusia minimizando sus daños. Ella había suplido sus mercados perdidos  y, a cambio, había obtenido su apoyo para una futura recuperación de su perla oriental, que ya ni Europa ni Estados Unidos podía detener. A estas sanciones infructuosas le había seguido la entrega de armas al ejército  ucraniano y, como un efecto inevitable de esa espiral de violencia y de odio desatada, se había desencadenado al fin una tragedia nuclear de la que nadie había resultado victorioso: ni siquiera la propia Ucrania, que ahora había dejado de ser el granero de Europa al estar contaminados sus campos por la radiación. Todos estos pensamientos pasaron por mi cabeza en los pocos segundos que quizás duró mi sueño, como dicen que pasan todos nuestros recuerdos por nuestra mente en el mismo momento en que vamos a morir.

         Abrí los ojos cuando los primeros rayos de la mañana se colaron por los resquicios de mi persiana y, sin haberme repuesto en absoluto de aquél enorme desconcierto, me levanté y descorrí el visillo de mi balcón para cerciorarme de que la vida seguía su curso natural. Un gorrión posado sobre el barandal emprendió apresuradamente el vuelo, inquieto por el rápido movimiento de la cortina, y me sentí  frustrado por no poder atraerlo hacia mí con el solo propósito de acariciar durante unos segundos su plumaje.

Salí de casa tan pronto como pude y me dirigí hacia el cercano Museo del Prado, que tantas veces había visitado y que tanto había engrandecido mi alma de español. Pero esta vez no caminaba distraídamente por sus salones mirando despreocupadamente las obras que se desplegaban a mi paso; ahora los recorría con la avidez del que espera llegar a tiempo para despedirse de un ser querido agonizante. Pasé por las salas de Goya, de Murillo, de El Greco, de Rubens y de muchos otros artistas, tratando de ver sus obras con unos ojos tan abiertos como nunca antes los había podido tener: no quería  que se  escapara ninguno de sus recovecos de mi memoria. Acabé mi recorrido en las salas de Velázquez, y allí me detuve solemnemente ante el cuadro Las meninas para darle mi último adiós; pero a los pocos segundos se nubló  mi vista y  prorrumpí a llorar amargamente como si me encontrara ante el féretro de mi madre.

Regresé a mi casa postrado de pesadumbre y ese fin de semana disipó mi necesario descanso sumiéndome en las más tristes meditaciones.

Me compadecía de Ucrania. ¡Qué fácil era para un líder estúpido pero rebosante de empatía engañar a su pueblo y llevarlo a su destrucción!. No sabía qué fuerzas ocultas habían financiado con tanto éxito la campaña presidencial de un cómico que se había hecho extraordinariamente popular en su país protagonizando humor pornográfico en  televisión; un tonto de baba carente por completo de inteligencia y de moral al que se le daba muy bien lloriquear delante de las cámaras para enternecer a Europa e involucrarla en su conflicto particular con Rusia. Pero todas las cadenas públicas de televisión de España y sus principales periódicos se encontraban posicionados unánimemente contra Putin, el invasor, por lo que era muy difícil conocer toda la verdad y razonar en consecuencia. Él era oficialmente el malo y, de la misma manera que antes lo había sido Donald Trump, sus declaraciones estaban vetadas en  todos los medios. Si tenía razones para invadir Ucrania, como las tuvo Aznar para apoyar la invasión de Irak o Europa para bombardear Belgrado durante la guerra de los Balcanes, tales razones no podían ser escuchadas y debatidas. Era necesario acudir, si se quería tener una visión objetiva de aquel conflicto, a los escasos medios de comunicación privados que no cobraban subvenciones públicas ni vivían de la publicidad de las grandes corporaciones, siempre obedientes al dictado de la corrección política implantada por la progresía de los líderes europeos y de su líder supremo, el Sr. Biden. Por ello,  siempre que intentaba dialogar con alguien que pudiera entender mi deseo de mantener la neutralidad en aquel conflicto, me encontraba con la misma respuesta, que todo el mundo había asimilado como lógica tomándola del lenguaje oficial  que los medios divulgaban: “Si consentimos a Putin que invada Ucrania, luego invadirá Polonia, y después Alemania, y ya no parará hasta conquistar toda Europa”. Quizás Putin tenía pensado también establecer un califato en Andalucía para imponernos su religión ortodoxa desplazando paulatinamente a la católica y así acabar prohibiendo las procesiones de Semana Santa: ante tal posibilidad quizás debieran acudir los andaluces a protestar enérgicamente a las puertas de la embajada de Rusia en Madrid.

No hay salvación posible para España ni para el resto de Europa. La estulticia y el vano orgullo de nuestros dirigentes nos abocan a una guerra que nos va a destruir por completo. Mi sueño no es una mera pesadilla que al clarear el día se desvanece devolviendo a los monstruos creados en mi fantasía su verdadera condición de inofensivos molinos de viento. Mi sueño es una premonición de los tristes acontecimientos que nos esperan y que no podremos evitar, porque parece no existir una  fuerza capaz de pararles los pies a estos insensatos dirigentes de Europa que nos gobiernan, antes de que nos lleven al borde del abismo y nos empujen por él.