El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) ha emitido un demoledor informe contra la Ley Trans impulsada por Irene Montero, a la sazón ministra de Igualdad fundamentalmente versada en llegar sola y borracha a casa, decir disparates cada vez que abre la boca y utilizar como niñeras de sus hijos a altos cargos ministeriales. Así, el órgano de gobierno de los jueces ha puesto de manifiesto la conveniencia de elevar de 12 a 18 años el límite de edad a partir del cual una persona puede solicitar por sí misma la rectificación registral de su sexo de nacimiento; asimismo, establece la necesidad de que para llevar a cabo la modificación registral del sexo no valga tan solo la mera declaración de voluntad por parte del afectado, sino que entiende fundamental la oportuna acreditación de la existencia de un trastorno de la identidad sexual de carácter irresoluble; también ha manifestado su total disconformidad con la prohibición de llevar a cabo terapias de conversión cuando así lo soliciten las personas con disforia de género; igualmente ha mostrado su rechazo a la expresión “mujeres no transexuales” para referirse a aquellas mujeres que no padecen un trastorno de la identidad sexual, por entender que dicha expresión discrimina negativamente a la inmensa mayoría de las mujeres, las cuales, obviamente, están conformes con su sexo; por último, ve consecuencias evidentemente negativas en el cambio registral de sexo en ámbitos como la violencia machista o la práctica deportiva profesional. A pesar de la sensatez de las objeciones planteadas por el CGPJ a la Ley Trans, la ministra de Igualdad, como era de esperar, ha rechazado todas y cada una de ellas, manifestando su firme voluntad de aprobar de manera urgente y sin modificación alguna dicho texto legal.

Tal grado de contumacia en el error viene a poner de manifiesto que la “ideología de género” constituye uno de los pilares básicos del relato cultural que tanto el neomarxismo identitario como las élites globalistas, en curiosa connivencia, pretenden hacer hegemónico en el seno de la sociedad, en detrimento del paradigma occidental de raíces cristianas, grecorromanas e ilustradas, con la finalidad de implantar un “nuevo orden mundial” de carácter plutocrático, supranacional, materialista y colectivista.

En consecuencia, dado que la batalla cultural que se está librando en la actualidad tiene una importancia vital para el devenir de la humanidad, parece necesario esclarecer los puntos clave del debate ideológico en el ámbito de la sexualidad, ya que en el momento presente reina la confusión derivada de una premeditada inconcreción de los conceptos utilizados por aquellos que pretenden implantar un nuevo modelo político, social y cultural.

Así, el “sexo” refiere el conjunto de características biológicas y fisiológicas que definen y diferencian a los hombres y a las mujeres. En lo que a su establecimiento se refiere resulta indudable que el sexo está determinado genéticamente, de tal forma que de los 23 pares de cromosomas que caracterizan la especie humana un par de ellos, llamados cromosomas sexuales y denominados X e Y, son los que van a determinar las diferencias entre ambos sexos, portando los hombres la combinación XY y las mujeres la combinación XX. Cada uno de estos genotipos tiene su correspondiente correlato reproductor, fenotípico y hormonal, que igualmente va a diferenciar a los hombres de las mujeres. En consecuencia, salvo en aquellos casos en los que existe una cromosomopatía de base, el que nace hombre es hombre y la que nace mujer es mujer, no cabiendo en ningún caso la autodeterminación del sexo.

Por su parte el “género” alude fundamentalmente a los patrones psicológicos y conductuales que cada civilización establece como propios de la masculinidad y la feminidad. Así, el género, si bien tiene un sustrato biológico, está en gran medida condicionado por el paradigma cultural propio de la época y el lugar en el que los individuos se desenvuelven a lo largo de su vida, siendo, por lo tanto, un constructo social. Debido a esta dependencia cultural, los roles masculino y femenino no solo han variado de una civilización a otra, sino que han ido cambiando con el paso del tiempo en el seno mismo de cada civilización. Por todo ello, el género, a diferencia del sexo, no es un concepto inmutable en el tiempo y en el espacio, sino que está sujeto a connotaciones socioculturales coyunturales de carácter evolutivo, razón por la cual todo individuo, sea hombre o mujer, puede estar de acuerdo o no con el rol de género asignado en función del modelo cultural imperante. Sin embargo, a este respecto es necesario resaltar que el hecho de que un individuo adopte un rol de género que no se correlaciona con su sexo no significa que esté atrapado en un cuerpo que no le corresponde, tan solo pone de manifiesto su preferencia por el rol que mejor se adapta a su forma de ser y a su deseo de estar en el mundo.

El problema aparece cuando surge un trastorno identitario como es la “transexualidad”, la cual básicamente consiste en una alteración psicológica caracterizada por la incapacidad de aceptar la falta de concordancia entre el sexo biológico innato y el consecuente rol de género asignado, provocando en los individuos que la padecen un estado de angustia que les hace plantearse el llevar a cabo una transición permanente al sexo contrario. Resulta evidente para cualquier persona mínimamente razonable que el problema de la transexualidad requiere un abordaje psicoterapéutico orientado a eliminar la repercusión psicológica negativa derivada de la dualidad entre el sexo y el género, procurando que el individuo sea capaz de asumir el hecho de que su patrón conductual, por más que se aparte de la norma, es perfectamente compatible con su sexo…y todo lo que no vaya en este sentido, en el fondo, es homofobia.

Sin embargo, la “ideología de género”, al defender la despatologización de la transexualidad e incluso, en su formulación más extrema, sostener como preferible ser transgénero que cisgénero, lo que hace es banalizar de manera irresponsablemente maliciosa un trastorno psicológico de tal magnitud que puede impulsar a los individuos a someterse una modificación quirúrgica de sus genitales, seguida de una terapia hormonal que altera de por vida su morfología y fisiología. En este sentido los datos son estremecedores y demuestran hasta que punto es absurdo banalizar el asunto, ya que hasta un 20% de los transexuales se arrepienten de haber cambiado de sexo, en torno a un 80% sufre trastornos de la personalidad y un 40% intenta suicidarse alguna vez a lo largo de su vida. Pero es que, además, como han señalado numerosas feministas tachadas por la vanguardia queer como feministas radicales transexcluyentes (TERF), la ideología de género supone un “borramiento de la mujer” que invalida los logros derivados de una historia de luchas orientadas a conseguir la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, ya que elimina la existencia de categorías sexuales biológicas, mediante la generación de un totum revolutum en el ámbito de la sexualidad absolutamente irracional, acientífico y antinatural.

Si todo lo expuesto ya es suficientemente grave, la cosa empeora cuando se constata que el objetivo final de la implantación de la ideología de género va más allá de la esfera personal, ya que conlleva un ataque frontal a la familia, por ser esta la institución encargada del proceso de socialización infantil desde que la humanidad superó la etapa tribal. Una prueba evidente de esta voluntad de sustitución de la familia por el Estado en el proceso educativo es el tenaz empeño de adoctrinamiento afectivo-sexual que se está llevando a cabo en el ámbito escolar, incluso en contra de la opinión de los progenitores.

En definitiva, la ideología de género constituye uno de los principales ejes vertebradores de un proceso de reprogramación social que pasa por la implantación de una nueva escala de valores mediante mecanismos de ingeniería social diseñados en los laboratorios de ideas, los cuales no son otra cosa que institutos de investigación social en manos de las élites globalistas. Así, podemos observar cómo progresivamente se está desarrollando a escala planetaria un nuevo paradigma cultural que ataca a la religión, a la patria y a la familia, condenando a los individuos al desarraigo más absoluto. De esta forma, el ser humano va camino de convertirse en presa solitaria, fácilmente manipulable y controlable por unos oligarcas que desde sus siniestros centros de poder han decidido someter a la humanidad a su abyecto y totalitario proyecto.

Se preguntaba el escritor italiano Walter Riso si ¿Habrá mayor insensatez que amar lo que no soy y extrañar lo que nunca he sido? Afortunadamente, como esperanzadora respuesta, son cada vez más numerosas las voces que se alzan contra la dictadura ideológica del pensamiento woke, por lo que, aunque sea en medio de la incertidumbre, la batalla cultural continúa.