Las gentes de orden, esto es, quienes vienen votando al Partido Popular, unos porque siguen creyendo en él, incluso en el niño Casado, y otros porque consideran que es el frente a este gobierno de chusma, considerarán que cuestionar no tanto la Monarquía como gloriosa institución en España, sino esta monarquía que hoy encarna Felipe VI, es un ejercicio de imprudencia en estos momentos, en los que no cabe añadir más problemas a los que ya tenemos. Ahora bien, la cuestión es apostar siempre por lo que sea mejor, en este caso para España, y no tener miedo al futuro, que nunca lo tenemos garantizado. El mal menor siempre es malo.

Más allá de lo que opinen los expertos (?), o de lo que acredite el documento “España y las otras monarquías parlamentarias del siglo XXI”, presentado por un denominado “Círculo Cívico de Opinión” favorable a la actual forma de Estado sobre el argumento comparativo con las repúblicas de Venezuela, Bolivia, la República Islámica de Irán, Corea del Norte, Guinea Ecuatorial o Rusia. Estudio que supongo no habrá gustado muchos a los señores Macron, Frank-Walter Steinmeier, Sergio Mattarella, Walter Turnherr o Donald Trump. Es necesario considerar, por lo que pudiera pasar, y para que no nos pille con el paso cambiado, que nuestra forma de Estado está cada día más cuestionada: decrecen los apoyos y aumentan los rechazos. Que es algo que se veía venir, porque siempre he sostenido que el invento en el que ha devenido la Monarquía no podía resistir más allá del padre.

¿Cuáles pueden ser las causas que determinan el cuestionamiento a la Monarquía como nuestra forma de Estado? Convengo reseñar las siguientes, admitiendo de antemano que se puedan añadir otras.

1ª. Felipe VI llegó de forma y manera subrepticia. Había que salvar los muebles, lo que quedaba del régimen del 78, de por sí acabado, y sacaron a pasear a la novia y se inventaron lo del oso borracho. Era el final de la Monarquía. El sello lo puso el mismísimo Juan Carlos pidiendo perdón, pública y lastimeramente. Ese fue el momento, que es por lo que la Institución viene dando bandazos desde entonces. Y digo yo que las cosas se pudieron hacer mejor, sin necesidad de renunciar. Mejor hubiera sido incapacitarle, y decir que lo que se sabe que ha hecho y lo que se supone lo hizo por incapacidad manifiesta; de ahí lo de “irresponsable”, supongo que ante Dios y ante la Historia, que es lo que dice la Constitución.

2ª. Se equivocó toisonando a la hija. No era el momento. Para los republicanos, tan respetuosos con su padre, fue un agravio comparativo, tenía que habérselos ganado, republicanos y rojos se templan cuando tocan poder. Su padre no tuvo ese problema, se los ganó a todos sin necesidad de hacer mucho, al uno le llamaba “Don Santiago”, y al otro, en 1985 le tituló marqués de Tarradellas, pasándose por el forro que ambos fueran dos asesinos. Fueron sus dos mayores pilares. Pero los hijos creen saber más que sus progenitores.

3ª. Tampoco le ha ayudado la mujer que escogió por esposa, entre tantas como tendría. Una verdadera sorpresa con sobrado pasado, causa por la que el bufón de la Corte de Estoril rompiera contra la pared un cenicero de cristal de murano. Su carácter, sus formas, modos y maneras no son los más adecuados para despertar simpatías, y mucho menos adhesiones. Esto es importante tenerlo muy en cuenta, porque gran parte del prestigio de la monarquía reside en ello, en las formas, modos y maneras. Para remate, la educación de las niñas tampoco es que sea de sobresaliente, puede que ni de aprobado, parecen dos criaturas salidas de un universo paralelo al nuestro. No hace falta más que comparar. En fin. No insistamos.

4ª. Dicen que paró lo de Cataluña, pero a mi modo de ver lo hicieron antes otros y no se jugaban nada personal. Lo suyo estaba en el guión y en la nómina. Hablamos, no se cansan de repetir, de una Monarquía joven, pero las generaciones jóvenes no lo ven así. ¿Quién puede entender semejante contradicción?

5ª. Con las encuestas ya encima de la mesa, va y se nos dice que tiene proyectada la imagen de España en Nadal, Gasol y Banderas. Sólo faltaría Induráin. ¡Por favor, Majestad, hágales marqueses, pero no caiga en el esperpento de escoger a dos deportistas y a un titiritero que hasta no hace mucho se travestía con las ropas de su íntimo, el septuagenario homosexual Almodóvar, para proyectar la imagen de la nación más antigua y digna del mundo! Mejor haría en hacer caso a los que saben. Claro que a lo peor no los tiene muy a mano. La gente de bien huye de la peste.

A Felipe VI nadie le echará. Lo suyo será como lo de ayer. La institución fenecerá cuán cascaron vacío, hueco y sin sustancia, y nadie saldrá a defenderla. Los alabarderos, como en el reciente pasado, son un elemento decorativo, y la Guardia Civil, garante del orden y la ley, bastante tiene con localizar terroristas islámicos y controlar el tráfico. Y esto será así, porque la Monarquía es para la Patria, que es –en exacta definición de don Jaime Serrano de Quintana en el prólogo al libro de reciente aparición, “XXX JORNADAS POR LA UNIDAD CATÓLICA DE ESPAÑA. Desde el XIV Centenario del Concilio de Toledo (1989 – 2019”)-: “El conjunto de rasgos culturales, religiosos, lingüísticos, antropológicos, etc., determinante de una comunidad humana asentada en territorio concreto; “ad extra” al concepto de nación, es decir, ante otras naciones y de forma permanente a través de la historia”. Lo que dijo José Antonio más poéticamente… “Una unidad de destino en lo universal”. ¿Se imagina alguien a Felipe VI en esta unidad de destino? Yo tampoco. De ahí la grandeza de la Institución, y la dificultad de elegir un Rey.

Ahora bien, si llega esa hora tendríamos que tener muy presente que la República Nacional tendría que estar al servicio de la unidad, grandeza y libertad de España. Siendo esto así, España conservaría su bandera, y para evitar fracasos, el presidente tendría que tener sesenta años cumplidos, no provenir de la política, ser un profesional de prestigio y tener méritos sobrados a España. Sobrarían los infestados por la política partidista y sectaria: Felipe González y José María Aznar; advenedizos tipo Macron, o populistas que pudiera infiltrarse desde el mundo de los titiriteros, pongamos que Antoñito Banderas, que como le pega a todo, a lo de antes y a lo de ahora, podría tener la tentación de intentar dar el salto.

De cualquier forma, y porque somos hombres y mujeres de sobrada seriedad, quienes apostamos por la República Nacional al servicio de la unidad, grandeza y libertad de España lo hacemos, porque en las actuales circunstancias la Monarquía parlamentaria no asegura el futuro de la Patria ni el del Estado, ni el de la Nación.