Es cierto que el PP ha servido para revelarnos cuanta cobardía hay en la ambición, cuanta abyección y servidumbre se necesitan para llegar a su fin, pero desconsuela comprobar cuantas naturalezas tenidas por honradas y prudentes se han corrompido o siguen corrompiéndose gracias a su partidismo. Ya tenemos bastantes almas mal nacidas en el otro bando para tener que gastar las que suponíamos que eran capaces de justicia. Y si por este camino seguimos, difícilmente quedará nadie a quien podamos confiar la salud de España. Ninguna parte quedará exenta de la corrupción o del error.

España, bajo la bota frentepopulista es una pesadilla. Día a día comprobamos con desaliento la realidad del comunismo y de sus terminales socio-culturales. La maldad que representan no es un tópico; y si lo es, tiene larga vida y ahora renace triunfante. Algunos sueñan con una España distinta a ésta que nos ha tocado vivir, una patria en la que no regentee la canalla. Pero la culpa de que ello no sea posible no es sólo de los hispanicidas confesos, indígenas o foráneos, también de aquellos que, desde su silencio cómplice, desde su ambigüedad o desde su taimada labor de minadores, colaboran a la destrucción de la patria. Y es aquí donde aparece el PP en toda su miseria.

Hay gran parte de culpa en quienes, interesada y cínicamente, difunden la creencia de que la situación actual no es preocupante o, si lo es, ellos están dispuestos y capacitados para arreglar el mal, a sabiendas de que, llegada la ocasión, traicionarán sus promesas. Hay aún una tercera idea: que esto no tiene arreglo. Unos y otros juegan al mismo juego: convencer a la masa crítica de que lo más inteligente es la parálisis, perseverar en la inercia, ya que no en la indiferencia o la apatía. Esta mezcla de cinismo y falacia impregna la imaginería mediática al servicio de los señores del poder, y trata de hacer creer a la opinión pública que las voces críticas son las equivocadas, gentes «fachas» y similares, añorantes de tiempos pasados tenebrosos.

La publicidad y las directrices institucionales en su unánime adoctrinamiento se encargan de criminalizar a los disidentes, dividiendo a la sociedad, sembrando el odio, legislando a favor del fraude, enorgulleciéndose de la perversión y del secuestro al que someten a la dignidad individual. Y mientras tanto los hispanicidas procuran inventarse todos los días una nueva fórmula para degradar a España, su propia patria, hartándose de propagar, por ejemplo, la gran patraña de que el franquismo nos retrajo a una «Edad Media particular».

Estos antifranquistas, entre los que se cuenta el PP por derecho propio, están orgullosos de su democrática Transición en la que los homosexistas y demás seguidores de la secta, todos ellos perversores y pervertidos, hijos de la gran LGTBI, se dejan hacer de todo en aquel lugar donde la espalda pierde su nombre y, más tarde, alentados por la doctrina, jaleados por la propaganda y amparados por la justicia cómplice, rematan la faena aliviándose con falsas acusaciones contra los fachas

Todos ellos, dementes y delincuentes bien alimentados en lo material e ideológico, se sienten ufanos de vivir en la tierra prometida por el marxismo cultural y bendecida por la plutocracia multinacional. Orgullosos de exportar al mundo una imagen de España sodomita y desunida, legislada por tarados sexuales y mentales, edificada sobre la corrupción, y opuesta a la España de progreso y potente clase media construida por las generaciones del franquismo.

Aquellos provincianos mentales que, cara al exterior, se avergonzaban entonces por la imagen del torero y de la maja, del alma quijotesca, de la Carmen de Merimée y de Bizet, de los tercios o de la aventura americana, ahora no se sonrojan por exportar al mundo tropillas de chaperos, guetos homosexuales, animalistas aberrantes, políticos corrompidos, instituciones desleales, fronteras asaltadas, infancia sometida a la avidez pedófila… Es ésta la imagen de España que quieren grabar a fuego y universalizar. Que ella sea la nueva idea popular que se tenga de los españoles. Nada de gloriosas gestas ni de castizas y castizos con claveles en el pelo y en el ojal de la solapa, sino de prostitutos con otras floras y faunas en el ojal del culo.

Y de ello se jactan los nuevos conductores de la ciudadanía -incluido el PP-, porque sin duda los arquetipos tienen en nuestro pensamiento vida autónoma y duradera, y estos guías aspiran a que la imagen más miserable del español condescendiente sea el emblema que ofrezcan a sus dueños una vez llegados al examen de la Agenda 2030. Un emblema de vigencia eterna, por supuesto, que requiere la demolición de la Historia antecedente y la ayuda de tantos historiadores, intelectuales y periodistas asalariados del NOM -indígenas o foráneos- que sirven a ese empeño por desprestigiar a la verdad.

Todos ellos, en comandita, están retratando una nación para el sonrojo colectivo o, al menos, para el de aquellos millones de españoles que comparten una idea crítica y entrañable, es decir, imparcial y afectiva, de España y de su Historia. Pero como tenemos un pueblo que ignora, que vive ignorando, hay que volver a la realidad e insistir que, durante la Transición, no sólo los frentepopulistas, también el PP, por ambición particular y deslealtad a España, además de por un estúpido cálculo político, que no por cobardía ni incompetencia, ha protagonizado o ha sido cómplice de hechos gravísimos, algunos de los cuales es obligado recordar para que sus supuestos futuros votantes sepan con quien deben compartir la infamia.

Es obligado recordar, digo, sin ánimo exhaustivo, que el PP, plebiscito tras plebiscito, diseñó un discurso moderado o inerte, es decir, inútil, para oponerse al exceso de las izquierdas resentidas y del separatismo, bloqueando así la fuerza de su masa electoral y contribuyendo a la implantación social del marxismo cultural y del consecuente antifranquismo sociológico. Permitió que Puigdemont cruzara nuestras fronteras para refugiarse en el santuario judicial belga. Consintió que cesaran a los profesores acosados por dar clases en español en Cataluña y que continuara el adoctrinamiento de la juventud catalana en las aulas. Despertó cismáticamente de su uso consuetudinario de siglos a las lenguas o dialectos regionales enfrentándolas o sobrevalorándolas respecto al español, la lengua común. Aplicó en Cataluña el artículo 155 tarde y mal, revelando la podredumbre de un sistema autonómico bendecido por él y convocando unas elecciones regionales en las que consiguieron mayoría fraudulenta los golpistas. Condenó el fructífero período histórico conocido como franquismo, votó a favor del nombramiento de Santiago Carrillo como hijo predilecto de Gijón y aceptó la profanación de la tumba de Franco. Toleró que las televisiones autonómicas colaboraran en la centrifugación de la patria, y especialmente que TV3 siguiese envenenando el corazón de los catalanes con sus mentiras y su sectarismo. No quiso derogar las leyes totalitarias, falsarias, criminales y antinaturales de Zapatero (Memoria Histórica, LGTBI, Aborto) y enterró casos extraños y sobrecogedores relacionados con muertes de magistrados, corrupción, abuso o desaparición de menores y atentados terroristas. Admitió la impunidad de los siniestros comités de defensa de la república a lo largo y ancho de Cataluña. Batió records en subir y recaudar impuestos, pero no redujo la elefantiasis del Estado y la gigantesca deuda consiguiente. Acercó etarras a las Provincias Vascongadas y liberó a Bolinaga injustificada y temerariamente. Votó subir el sueldo a los diputados en plena crisis. Cambió la ley electoral para que la Guardia Civil no custodiara el voto por correo y lo hiciera Correos, la propia empresa, bajo sospecha desde entonces. Aceptó la farsa de la pandemia, con el consiguiente secuestro de la ciudadanía, y en Galicia ha impuesto por ley la vacunación, violando los tratados internacionales sobre derechos humanos. Y, por si fuera poco, también compite con las izquierdas resentidas a la hora de derribar cruces y otros símbolos, monumentos y tradiciones, del mismo modo que rivaliza con ellas alentando la inservible canalla, los okupas, los ‘menas’ delincuentes, la invasión de nuestras fronteras, las sectas de sodomitas, de sátiros apestosos, los deplorables días del orgullo gay…

 

Esta pequeña muestra describe lo que en realidad es el PP, un partido más de la casta política que está acabando con España y que va tirando con engaños de moderación y con el cuento de que ordena algo la economía -otra falsedad-, aunque a costa de descuidar la política, a la que tienen pánico, agobiados por sus complejos, para no enfrentarse con el frentepopulismo.

 

De manera parecida a Ciudadanos, el PP en escasas ocasiones se ha comportado como un partido de centro derecha genuino, como la propaganda nos quiere hacer ver, sino como el pretendido institutor de un centro político fantasmal o de una socialdemocracia no menos inclasificable, y plenamente partícipe del NOM. Un partido nada serio, en definitiva, un espectro político patético, un híbrido formado por todas las putrefacciones de ese Sistema que, sin convicciones ni doctrina ni base intelectual, y tras haber despilfarrado su débil identidad de antaño mirando siempre de reojo en busca de la aquiescencia de las izquierdas, ha acabado perdiendo la máscara y la credibilidad.

 

Resulta deprimente tener que hablar así de un partido que podía haber tenido un protagonismo brillante en el posfranquismo, pero a falta de jueces que encarcelen a los corruptos, a la corrupción política hay que amonestarla como mínimo a golpes verbales de látigo cuando la razón o la ética no bastan para enderezarlos. La historia del PP es la de un traidor que ni ha aprendido prudencia, ni ha aprendido siquiera a evitar las apariencias de la insensatez. Por el contrario, ha sufrido el apego a la poltrona y se ha empachado con la ignominia de lo fraudulento.

 

Esta falsa derecha, con muchos de los vicios de sus comparsas frentepopulistas, es una organización perniciosa, pues pernicioso es el detentar el poder para saciar la ambición personal, ítem más a costa de la deslealtad. Pernicioso e injusto. Y lo injusto, ampliado por la servil indiferencia de la mayoría, ha desviado de nosotros la justa voluntad de la Providencia. Pero el oficio de todo hombre de bien en estos casos ordena rebelarse. Hay que dejar de votarles, de una vez por todas. No solamente hay que rogar a Dios para que nos ayude con su mano poderosa.