El ridículo histórico de toda la clase dirigente progre-globalista en el asunto de la agresión homófoba por 8 encapuchados que resultó ser mentira desde el principio tardará mucho en ser olvidado por su carácter especialmente cómico y estrafalario. La primera responsabilidad es, sin duda, del gobierno del PSOE y Podemos que trató un bulo como hechos consumados y que se lanzó a una oleada de demagogia barata tratando de criminalizar a la oposición y, especialmente a Vox, el único partido que se ha atrevido a desafiar al consenso progre, y con él a sus millones de votantes, tratando de silenciar a un sector importante y creciente de la ciudadanía, que empieza a resultar crítico con sus desmanes y sus absurdos dogmas. Pero la cagada no se limita solo al gobierno, sino que alcanza a la totalidad de partidos progres (incluido el PP) y a la totalidad de medios progres (incluidos los afines al PP) destacadamente los de izquierdas como la Sexta, cuya programación se centró en estos hechos, olvidando, de repente, la subida de la luz, la mala gestión de la pandemia, etc.

Y es que todo nuestro “establishment” (disculpas por el anglicismo) progre-globalista, lacayo del lobby (disculpas de nuevo) homosexualista, tanto político, como mediático, como pseudointelectual, anda buscando su particular black lives matter rosa y no termina de encontrarlo. Ya explicábamos en otro artículo como el sistema utiliza hechos desgraciados, como asesinatos, agresiones o crímenes para manipular a la opinión pública. No importa que un millón de delincuentes negros asesinen a un millón de policías, solo que un policía se exceda con un detenido negro y que este muera: ya tenemos el black lives matter. No importa que un millón de manadas de inmigrantes violen a un millón de mujeres occidentales, solo que un productor americano se propasase con unas actrices o que unos chicos (estos sí, españoles) tuvieran un encuentro sexual de consentimiento incierto en los Sanfermines. Ya tenemos el Mee To o las manifestaciones por “la manada” en España. No importa que un millón de islamistas maten en nombre de Ala, serán un millón de casos aislados y sin nada que ver con su religión, pero bastará que un solo pirado entre a tiros en un campamento socialdemócrata escandinavo para que toda la disidencia patriota en todo el mundo sea sospechosa y se busque criminalizarla.

No importa, de nuevo, que las agresiones a homosexuales sean escasas y casi todas protagonizadas por inmigrantes, bastará una cuyos autores sean españoles para montar el circo de la homofobia, la “LGTBIfobia” y la “transfobia”, convocar manifestaciones por toda España y satanizar a cualquiera que se oponga a la agenda homosexualista y trans, lo que, en España, significa, básicamente, criminalizar a Vox, aunque ni este partido ni ninguno de sus militantes tuviera nada que ver con los hechos. El problema es que nuestra clase dirigente proge-globalista-homosexualista no encuentra siquiera ese único caso.

Primero lo intentaron con el joven Samuel, asesinado a la puerta de una discoteca en La Coruña. El chico hacía, junto a una amiga, una video llamada a otra amiga. Un grupo de delincuentes, que no lo conocían de nada y que ignoraban su orientación sexual, pensaron que les estaba grabando y cruzaron insultos con él. Uno de los insultos que voló fue el de “maricón”, igual que podía haber volado el de “cabrón” o el de “hijo de puta”. De las palabras pasaron a los hechos y le propinaron una paliza tan brutal que acabaron matándole. Las orejillas de los medios y políticos progres se pusieron tiesas como las de un perrillo que escucha la llegada de su amo. ¿Maricón habían dicho? ¡Ya está! Crimen homófobo al canto. No tardaron en convocarse manifestaciones, cantantes y actores, incluso internacionales, se hicieron eco del suceso, era el tema con el que abrían los telediarios, incluso en los programas de entretenimiento, que no suelen prestar ninguna atención a la actualidad, se exhibían carteles de “stop lgtbifobia”. Y, por supuesto, la culpa no se echaba tanto a los autores del crimen como a Vox. El sistema ya tenía su black lives matter rosa… solo que algo no encajaba.

El primer jarro de agua fría lo lanzó la policía. Puesto que los agresores no conocían a la víctima y no tenían manera de saber cuál era su orientación sexual, aquello no se podía calificar como “delito de odio”. Pero daba igual. ¿Qué sabría la policía? Las manifestaciones continuaron. El segundo impedimento para la demagogia lo lanzó la familia del fallecido. Su padre explicó que la muerte de su hijo no debía politizarse, que, por favor, retirasen todas las banderas de los actos que lo recordasen y que respetaba todas las opiniones. Una lección de dignidad de un padre destrozado por la muerte de su hijo, que no quiere ver su recuerdo convertido en marioneta de grupos ideológicos. Pero eso también daba igual. Los activistas homosexualistas no frenaron sus campañas. Todavía peor, sumaron otra contra el padre y el resto de la familia, demostrando su bajeza moral y lo miserable de su conducta, con insultos gruesos y despreciables contra un hombre que había perdido a su ser más querido de manera tan trágica. El tercer y definitivo jarro de agua fría llegó con la identificación de los culpables. Ya los testigos presenciales habían advertido que se trataba de “latinos o mulatos”. A medida que se fueron conociendo nombres, entre ellos había tanto extranjeros como radicales de extrema izquierda. No parecía la clientela habitual de Vox. Las hordas proge-globalistas-homosexualistas se batieron en retirada. Pero prometieron volver.

El segundo intento que crear su black lives matter rosa particular, su mee too homosexual, su manada LGTBIfóbica ha sido el reciente suceso de los 8 encapuchados y la marca a navaja de “maricón” en el culo de su víctima. Esta sí que sí, se dijeron los progres contentos. Esto no es un insulto lanzado al vacío, de los que se lleva el viento, esta vez se lo han grabado en el culo. Y “maricón” nada menos. Esta vez no nos van a poder quitar el caramelito. Manifestaciones convocadas, ataques a Vox sin ninguna prueba, discursos de presentadores de televisión homosexuales diciendo que tienen miedo de ir por la calle. El pack completo. Que felices estaban con ese victimismo impostado, replicado por todos los medios y que tan bien les sale. Solo que el caso olía mal desde el principio. ¿Ocho encapuchados armados persiguen a alguien hasta un portal a plena luz del día sin que nadie vea nada ni lo recoge ninguna cámara? ¿Los malvados homófobos transfobos LGTBIfóbicos de Vox van en packs de a 8, encapuchados y armados por las calles a la espera de un gay que llevarse a la boca? Algo no encajaba en la historia. O era un caso de delincuencia organizada que poco habría tenido que ver con la “homofobia” o era simplemente un embuste. Fue lo segundo.

En cuanto la policía presionó un poco al denunciante salió la verdad. Las lesiones habían sido consentidas en un juego sexual que se había ido de las manos, no había 8 encapuchados, toda la historia era una cochina mentira. En seguida el sistema intentó hacer control de daños ante la cagada del que ya fue bautizado como “el bulo del culo”. ¡Que una denuncia falsa no oculte las verdaderas! ¡Que la extrema derecha no se salga con la suya! ¡Que la verdad no nos estropee una reivindicación por estúpida o absurda que sea! ¡Que la realidad no interfiera en nuestra ideología! Pero la semilla de la desconfianza ya había sido sembrada y la credibilidad del gobierno de extrema izquierda (aunque no por ello menos sumiso al ultracapitalismo de sus amos mundialistas) y la de sus medios de comunicación afines había quedado cuestionada para siempre. Los mismos medios afines al PP que antes les hacían la ola empezaban a desmarcarse de la pantomima como si no hubieran tenido nada que ver, en coherencia con la cobardía habitual de este partido y, desde algunos sectores, hasta se pedía la dimisión o el cese del ministro de interior Marlaska.

Y por supuesto, la fe en la nobleza de la causa de los activistas LGTBI, el lobby homosexualista que tanto poder tiene, que trata de poner de rodillas a naciones orgullosas como Hungría o Polonia, que ya ha puesto de rodillas a la Europa occidental y a Norteamérica, también ha quedado cuestionada para siempre. El lobby que sigue buscando su black lives matter rosa particular, para su siguiente sesión de demagogia barata, para la criminalización de Vox y de todo pensamiento discrepante, para la imposición de su subconjunto del marxismo cultural que, a la vez, es exaltación del individualismo liberal e ideología instrumental del neoliberalismo ultracapitalista. Porque el sistema, que cada vez es más totalitario, que cada vez tolera menos la discrepancia, solo necesita un paso más para imponer la tiranía de la corrección política al nivel de una distopía totalitaria de ciencia ficción. Por eso es tan divertido y tan importante que el destino les niegue la excusa lacrimógena para su villanía. Por eso no debemos olvidarlo nunca. Porque seguro que lo volverán a intentar.

Y mientras tanto, la realidad, tozuda y caprichosa, sigue su camino. Porque si las agresiones a homosexuales no son hoy un problema, seguro que lo serán mañana. Y no a causa de las posiciones de Vox o de los patriotas europeos, que son puro sentido común, sino de la inmigración masiva, esa que los mismos colectivos progres aplauden con entusiasmo suicida. Porque: ¿Qué pensamos que pasará cuando millones de personas procedentes de culturas misóginas donde a los homosexuales se les echa de sus casas para que no avergüencen a la familia, se les persigue, se les encarcela y, en los casos más duros, se les asesina lanzándolos desde azoteas, caminen por nuestras calles y se encuentren con parejas de homosexuales dándose besitos? ¿Pensamos que todo va a ser alegría y multiculturalismo? ¿Quién protegerá la seguridad y los derechos de los homosexuales cuando sus supuestos defensores estén entregados a defender la inmigración masiva para proveer de mano barata inagotable a sus amos?