Al reconocimiento y promoción de los derechos e intereses del colectivo elegetibo que estamos viviendo en Occidente le seguirá dentro de pocos años la legalización plena de la poligamia, lo que en España podrá hacerse sin necesidad alguna de reformar nuestra Constitución, que ya fue redactada en su momento con la suficiente y sibilina ambigüedad por sus venerandos padres como para que dentro de ella cupiera todo lo que el libertinaje moral permite imaginar. Una vez admitido el matrimonio homosexual y prácticamente equiparadas las uniones de hecho a las matrimoniales, las demás transgresiones de los tabúes cristianos que han inspirado históricamente nuestra legislación y que aún permanecen en pie caerán indefectiblemente como las fichas de un gigantesco dominó rojo clavadas en el albero de una plaza en una soleada tarde de toros. Obsérvese que digo rojo y no azul, porque mientras éste es el color del cielo, aquél es el color del fuego del infierno, y cada cual defiende el color que más se ajusta a sus afinidades ideológicas. Los rojos serán siempre los que más empeño pongan en acabar con todo vestigio de la moral cristiana; y una de las medidas que apoyarán y acabarán aprobando (sin oposición de la oposición que podría oponerse a tal proposición) será la legalización de todo tipo de matrimonio que pueda concebirse, empezando por la poligamia (y su correspondiente poliandría), y siguiendo -por analogía con la nomenclatura inmobiliaria- con el régimen de multipropiedad o propiedad comunal por cuotas temporales de disfrute, hasta acabar –quién sabe- en el matrimonio mixto humano-animal. Porque -díganme la verdad-: ¿no se han sentido ustedes atraídos alguna vez por una mona del zoológico?...Yo no, desde luego.

Pero seguro que al leer mi pregunta alguno ha contestado afirmativamente. Y es comprensible, porque algunos de mis lectores son de izquierdas. Lo cierto es que al paso que vamos un día no muy lejano muchos españoles tendrán normalmente varias esposas. Los numerosos musulmanes residentes o ya nacionalizados en España exigirán el pleno reconocimiento de sus instituciones tradicionales y lo conseguirán con el respaldo de los petrodólares que irán conquistando poco a poco los corazones y las coletas de los políticos como ese ungüento mágico que, según Quevedo, ablandaba en su tiempo a los jueces poco compasivos. Y es que todo lo puede el dinero, sobre todo si viaja en valija diplomática, oculto a los ojos de la curiosidad malsana.

Ahora bien: debo matizar mis predicciones. Si bien la poligamia es una institución que sería bien acogida por muchos españoles, la poliandría o matrimonio de una mujer con varios hombres es impensable que tuviera aceptación social, pues eso de que varios hombres acepten compartir legalmente a una mujer solo cabe en la mente de algunas tribus indígenas perdidas en las nevadas cumbres del Tibet o en la brumosas selvas del Brasil donde el espíritu de supervivencia impone terribles servidumbres a los pueblos que se ven abocados a su extinción. Pero el sentido del honor del español le llevará a extinguirse como pueblo antes de aceptar lo que a todas luces supone una terrible humillación.

¿Y por qué estoy tan seguro de que la poligamia llegará a España y se paseará con toda naturalidad por nuestro sistema jurídico como Pedro Sánchez por su casa? Por una razón histórica que nos atañe especialmente a los españoles. Concuerdan en general los historiadores en el hecho de que la invasión musulmana que comenzó en la península ibérica en el año 711 y que duró ocho siglos no encontró gran resistencia entre los pueblos conquistados. ¿Cómo fue esto posible conociendo el carácter orgulloso e iracundo del pueblo español cuando se siente ultrajado, capaz de arrojarse desde un balcón sobre un soldado de Napoleón y arrancarle las orejas a mordiscos? Pues tiene una sencilla explicación. Y es que mientras los cristianos solo podían soñar con tener legítimamente una esposa los musulmanes pudientes se solazaban con un harén e iban con la cabeza bien alta por todas partes, en unos tiempos en los que el feminismo no podía existir. Porque debo aclarar que casarse con varias mujeres feministas debe ser peor que el infierno descrito por Dante, ese que avisa con un cartel que debes abandonar toda esperanza de salir de allí una vez que hayas entrado.

Así que imagino a aquellos primitivos hispanos sometidos a los nuevos conquistadores cavilando día y noche si no tendrían razón las leyes musulmanas al permitir la poligamia y si sería verdad que al buen musulmán le espera tras la muerte un paraíso con siete huríes para él solo, con la seguridad de que no tendría que compartirlas con el vecino, pues una cosa es ser santo y otra cosa ser tonto. Y como lo imagino lo escribo en verso con mi técnica habitual. Porque les quiero contar una historia que le sucedió hace ya muchos años en Al-Ándalus a un antepasado mío allá por el siglo X y que, transmitida oralmente de generación en generación, ha llegado a mis oídos con una cadencia ondulante que quita el hipo. Vean si no:

El niño y el emir

Iba un emir a caballo

por un paisaje muy bello

camino de su castillo

cuando cayó por un hoyo

formándose un gran barullo.

Y al oír un grito suyo

por que fueran en su apoyo

se presentó allí un chiquillo

y le agarró por el cuello

sacándolo como un rayo

cual si fuera su lacayo.

Y al salir airoso de ello

de ese modo tan sencillo

el emir le dijo al pollo

para estimular su orgullo:

-“¿Cómo es que un pobre capullo

de tan corto desarrollo

como la larva de un grillo

sea más fuerte que un camello?”.

Y el niño, un tal Pelayo,

altanero como un gallo,

dijo al emir con desuello

demostrando que era un pillo:

-“No pienses que esto es un chollo

al que gratis contribuyo

o al hoyo te restituyo;

que yo no soy un pimpollo

pues ya me afeito a cuchillo

porque estoy mejor sin vello.

Quiero entrar en tu serrallo

porque me lleva al desmayo

dejándome sin resuello

y la mirada sin brillo

soñar con tener un rollo

en un harén como el tuyo”.

Y tras un leve murmullo

en medio de tal embrollo

el emir, que era un pardillo,

le dio el gusto a ese plebeyo.

Y aquí lo dejo y me callo…