Como muchos dijimos, la moción de censura de VOX ha sido oportuna y necesaria por diversos motivos, sobre todo por haber clarificado cabalmente el mapa político español. El manifiesto frentepopulista -que recoge el contubernio de socialistas, comunistas, separatistas y filoterroristas- resulta un documento esclarecedor, pues retrata a quienes se hallan dispuestos históricamente a destruir y arruinar España.

Del mismo modo resulta clarificador que el PP se haya unido al Gobierno que aglutina dicha alianza, ya que muestra la decisión de este partido, hasta ahora disfrazado con atuendo de derechas, de servir al proyecto globalista y confabularse con la antiespaña.

De todo ello se deduce que, desprovista ya la casta política de sus caretas, son los electores quienes están en el disparadero y no pueden llamarse a engaño. A la hora de votar -si vuelve a haber elecciones en este país-, ni el más ignorante de los ciudadanos podrá excusarse diciendo que ha sido confundido. Si antes podían justificar su voto aludiendo a que sus elegidos dijeron una cosa e hicieron otra, ya no cabrá esa excusa. La moción de censura de VOX ha servido para poner las cartas boca arriba y que todos sepan la jugada de cada cual, sin poderse escudar en la mala fe de los aspirantes.

Ya no podrán quejarse si sus hijos son adoctrinados y corrompidos, si su trabajo se ha esfumado, si sus bienes han sido expropiados, si su libertad desaparece bajo estados de alerta o de excepción sucesivos, si la inmigración ilegal y las cédulas frentepopulistas parasitan sus pensiones… ¿De qué podrán quejarse si ya todos han mostrado sus verdaderos rostros e intenciones?

Por eso, si en las próximas elecciones -si es que las hay, repito, y si en caso de haberlas no se da el pucherazo- vuelven a salir mayoritariamente quienes están dispuestos a traicionar, aherrojar y saquear con tal de seguir en el poder, es que los españoles, mayoritariamente, están enfermos. De cobardía, de egoísmo, de amnesia, de frivolidad, de embrutecimiento, de rencor…

Seremos un pueblo enfermo, insolidario, a quien las calamidades tienen sin cuidado, cuyos habitantes desvían la mirada y apresuran el paso ante el dolor común, el daño común, la ruina de su patria. Un pueblo agónico, que alienta al delincuente y que va de la mano del perturbado; un pueblo incivil, acanallado, tan envilecido como sus gobernantes, a quienes ha tolerado y aplaudido durante décadas de impostada democracia, incapaz de hacer valer su soberanía frente a los que han descompuesto el Estado.

Si es cierto que Dios está presente donde se ejerce la justicia, del mismo modo habrá que aceptar que es el diablo quien gobierna allá donde ésta es inexistente. VOX, por boca de Abascal, hizo un discurso contra el diablo, mostrándose como la única alternativa frente a la sinrazón y el abuso que hoy reinan en España. El candidato habló bien porque habló con la verdad, y es sabido que sólo habla bien aquél que busca la verdad, pues con la difusión de la verdad se denuncia al delito y a los delincuentes. VOX fue el único partido que supo respetar la rectitud y el derecho, no los pactos con los saqueadores.

Pero nadie puede sacarnos del pozo; sólo nosotros mismos. Tanto VOX como su líder demostraron estar preparados para la ocasión, así como para representar a esas escasas voces que se documentan, analizan, cuestionan y contrastan la actualidad; que llevan años denunciando este estado de cosas ante la indiferencia plebeya más humillante y suicida. Lo que no sabemos es si también está organizado para lo más difícil y decisivo: enfrentarse a la lobreguez globalista, despabilando a la sociedad aletargada y responsabilizando al pueblo y a las instituciones de su apatía y corrupción.

Porque el dilema radica en si la masa electoral y los sectarios de derechas se dejarán arrastrar por enésima vez, a través de otro superficial lavado de cara, por los chekistas mediante la invocación de sus palabras sonoras o de sus abyectos silencios. Si seguirán tan serviles con quienes los engañan como lo han sido hasta ahora o si aprovecharán esta coyuntura para lanzar el envite de su rebeldía.

Si se caerán del guindo de una vez por todas, comprendiendo que no hay nada más diabólico que un juez que se aparta voluntariamente de la justicia, o un gobernante que conspira contra su propia patria y expolia a sus gobernados. Si, jurando defender todo lo que es justo, son capaces de descolgar del muro las armas enmohecidas y coronarse con la verdadera dignidad de hombre. Si, por todos los rincones de nuestra patria, son capaces de inflamar la resistencia y el desafío contra la tiranía, porque la avaricia y demencia de los gobernantes se ha extendido hasta el último confín y el más mezquino de sus sicarios.

O si, como toda chusma y todo ser débil, carecen del valor de ser justos y escapan al deber de serlo, tratando, como hacen quienes los gobiernan, de obtener medro rápido por las vías abreviadas de la injusticia. Y que, incapaces de sentir respeto sino por lo que les inspira temor, son tan débiles como estas hordas de demontres que dirigen la España apestada, que sólo pueden imponerse aherrojando a la verdad, corrompiendo a las leyes y a los jueces, y esclavizando a las multitudes de alma esclava.