Los mandamases de la Unión Europea quieren la recesión económica de los pueblos y anhelan su destrucción espiritual completa. Pensar lo contrario es un acto infantil o de confianza extrema.

La política de subidas de tipos de interés, que dará un nuevo rejonazo a los europeos y que ha sido aplaudida recientemente por el monarca Felipe VI, podría parecer, en el valladar de los economistas palaciegos del más puro liberalismo, un acierto y hasta un motivo orgásmico para fantasear con Christine Lagarde, rectora del Banco Central Europeo.

Hasta 2019 la susodicha fue la directora de ese Fondo Monetario Internacional desde cuyo púlpito afirmó “que el exceso de ancianos era un peligro para el Estado de Bienestar” o que España “necesitaba cinco millones y medio de inmigrantes” en los próximos años para mantener su economía.

En las manos de esa señora estamos los españoles, nuestras hipotecas, nuestros ahorros y nuestro futuro. En las manos de una gerontocida elitista que maneja la moneda europea. En las de una Comisión Europea que persigue y sanciona a las naciones húngara y polaca por proteger a la infancia frente a los lobbies LGTB. En las de una Úrsula Von der Leyen, presidenta de la Comisión, que se ha gastado, en nombre de los Estados miembros, 71.000 millones de euros en la compra de 4.600 millones de dosis de vacuna “anti covid” mediante contratos opacos y vetados al público, hoy investigados por la Fiscalía Europea. En manos de gobernantes invertebrados de moral como Pedro Sánchez, decididos a seguir narcotizando a la clientela electoral con el masivo endeudamiento público de España autorizado por la mentada Úrsula Von der Leyen.

Úrsula, que se atrevió el pasado año a pedir solemnemente a los europeos que no felicitasen la “Navidad” cristiana por respeto a la sociedad “multicultural”, validó las falseadas Cuentas Públicas del Estado español dadas por el gobierno de Pedro Sánchez y entre cuyas partidas figuran los 20.000 millones de euros repartidos en dosis mil millonarias que Irene Montero está gastando en políticas de adoctrinamiento, género y transexualismo.

La subida de tipos de interés aplicada por el Banco Central Europeo no sólo destrozará a cientos de miles de familias españolas sujetas a hipotecas sino que no detendrá el desbocado alza de precios, endeudará más al Estado español y contribuirá, eso sí, a crear más ciudadanos dependientes de la ayuda estatal.

Es una insensatez criminal aplicar esta medida monetaria, particularmente lesiva para España, pero suculenta para el avance de los propósitos de la Agenda 2030 entre cuyo horizonte está convertir a las Patrias en trozos de tierra sujetos a especulación y habitados por un hombre masa sin propiedad privada ni raigambre y cautivo de la limosna pública.  

La Agenda 2030 es el culmen escrito de la evolución de la economía liberal, donde el materialismo desaforado, para alcanzar el beneficio constante e indefinido necesita colectivizar a los humildes y a las clases trabajadoras para intervenirlos en sus almas anulándolas y hacer de ellos meros engranajes de consumo y producción al servicio de la élite.

Exactamente lo mismo que hace el comunismo…Ambas cosmovisiones políticas y económicas son materialistas, abominan de la historia, son ateístas y sólo ven en la vida y en las naciones resortes económicos y luchas de clases y partidos. Por distintos caminos actúan ambas, pero al final sus resultados son concurrentes.

Ha habido grandes crisis económicas y financieras en las que España ha entrado desde su incorporación definitiva al esquema mundialista y europeísta tras la muerte de Franco: crisis inflacionista del año 1977; crisis de paro y “reconversión” –destrucción, más bien- industrial del felipismo desde 1982; crisis financiera de 2008; crisis inmigracionista internacional de 2015; y crisis “energética” actual. De todas ellas ha resultado un progresivo desmantelamiento de derechos laborales y de la clase media española. Una voluminosa clase media cuya construcción y cuyo culmen se produjeron de la mano del régimen de Franco, cuando ésta alcanzó al 56-60 por cien de la población española para 1975.

Nuestra incorporación a la Comunidad Económica Europea en 1986 hizo que del desmantelamiento agro- alimentario e industrial perpetrado por Felipe González bajo el eufemismo “reconversión industrial” pasásemos, en nombre de la “convergencia” y de la “competitividad”, a las privatizaciones de las joyas industriales del antiguo INI (Instituto Nacional de Industria) impulsada por José María Aznar.

El trilerismo y la sumisión de PSOE y PP desamortizaron la riqueza productiva e industrial de España al servicio de la hegemonía comercial francesa y alemana.

En el esquema de toda crisis liberal hay un hurto permanente de derechos y estatus que la clase media y los estratos más populares pierden y que ya no recuperan. Son poderes financieros que dicen “velar” por el mercado como el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional, los que inducen esas crisis para avanzar en agendas de poder al servicio de unas élites interesadas en que comamos sus grillos, conduzcamos sus coches eléctricos o votemos como papagayos a quién nos dé la paguita vital. Cuánto más desraizada sea una nación, mejor para estos propósitos.

¿Por qué va, una liberal como Isabel Díaz Ayuso, a declarar “Bien de Interés Cultural” al Valle de los Caídos si sus amos, si los amos nacionales e internacionales de su partido político, son esas élites del dinero interesadas en que no haya recuerdo de la Verdad histórica como que no lo haya de que el nasciturus es una vida humana y el aborto es un crimen? Cuánto más desraizados y confundidos, mejor.

La Unión Europea nos conduce a la ruina absoluta de la mano de la partitocracia izquierdista y derechista, que acepta el endiablado esquema de un sistema de picar la médula de los pueblos, de su soberanía y de su libertad, que se llama liberalismo y se llama Unión Europea.
Pedro Sánchez es un miserable, pero no el único. Todo partido que acepta y defiende la pertenencia de España a la Unión Europea es cómplice de nuestro suicidio.