En la actualidad se está librando una batalla cultural en la que se enfrentan dos maneras radicalmente distinta de entender la realidad histórica, política, social e incluso existencial. Estas diferencias son subsidiarias de los valores y principios que sustentan el constructo teórico desarrollado por cada uno de los bandos participantes en esta contienda. Así, por un lado, nos encontramos con el pensamiento ilustrado liberal, democrático y social, mientras que, por el otro, tenemos a la izquierda neomarxista totalitaria, populista e identitaria. Resulta obvio señalar que del resultado de este enfrentamiento depende el que en un futuro próximo seamos ciudadanos libres e iguales ante la ley ley o, por el contrario, nos convirtamos en siervos sin derecho alguno y siempre sometidos a los intereses espurios de las élites corruptas instaladas en el poder.

Fracasada la “lucha de clases”, por deficiencias propias y logros ajenos, la izquierda ha encontrado en la “lucha de las identidades” el nuevo paradigma con el que impulsar su tiránico proyecto colectivista. Este identitarismo tiene como base la existencia de una serie de colectivos supuestamente oprimidos a los que es necesario resarcir. Estamos, por tanto, ante un identitarismo divisivo, que pretende fragmentar a la sociedad mediante la concreción de una serie de minorías de carácter sexual, étnico y religioso, las cuales, si bien presentan planteamientos diferentes cuando no contrapuestos, son estructuralmente coherentes. Una vez establecidas los colectivos solo se requiere unificarlas bajo una misma bandera, para lo cual nada mejor que proporcionar un enemigo común, el cual no es otro que el liberalismo democrático.

En cualquier caso, la estructura discursiva del movimiento identitario sigue indefectiblemente una serie de pasos: el primero de estos es reclamar para sí el “estatus de víctimas”, el cual inevitablemente pasa por declararse perjudicado en el pasado para reivindicarse en el presente; el segundo paso se basa en proclamar a los cuatro vientos las supuestas afrentas sufridas, para así justificar su “condición de ofendidos”; el tercer paso consiste  en requerir la reparación del agravio y el “derecho a la diferencia”, el cual no es sino deseo de resarcimiento y reclamación de discriminación positiva; finalmente, el cuarto paso viene dado por la exigencia de la “eliminación social” de todo aquel contrario a sus planteamientos. En consecuencia, las políticas identitarias se han convertido en “políticas del resentimiento”, las cuales lejos de pretender la igualdad, lo que realmente buscan es la revancha. Obviamente, con estos presupuestos de base, el identitarismo no hace otra cosa que mostrarnos con claridad meridiana su profunda intolerancia hacia toda forma de disidencia ideológica.

A tenor de los acontecimientos que se están produciendo, con particular intensidad en los últimos tiempos, es necesario reconocer que la izquierda identitaria está sentando firmemente las bases de su futura hegemonía, ante la sumisa pasividad del centroderecha en cualquiera de sus variantes. De hecho, como señala Caroline Fourest en su obra Generación ofendida, “Los millennials están ampliamente comprometidos con esa izquierda identitaria que domina la mayoría de los movimientos antirracistas, LGTBI y que inclusive divide al feminismo. A menos que se produzca un sobresalto, su victoria cultural pronto será completa”.

Certificando este planteamiento vemos como en las universidades los profesores rehúyen hablar de temas mínimamente conflictivos, temerosos de ser acusados de actitudes políticamente incorrectas y sabedores de que no serán defendidos por las autoridades académicas. Igualmente han proliferado los llamados “espacios de seguridad”, esto es, zonas intramuros de la universidad donde solo pueden reunirse los “iguales”, evitándose así cualquier tipo de disparidad biológica, cultural o religiosa, con la finalidad de eliminar de las aulas el debate y la confrontación de ideas. Asimismo, hemos asistido en numerosas ocasiones a violentas manifestaciones de hordas supuestamente estudiantiles cuyo objetivo era evitar que determinados personajes considerados políticamente incorrectos, como Rosa Díez o Cayetana Álvarez de Toledo, pudieran exponer públicamente sus planteamientos ideológicos. En el colmo del sectarismo identitario, el Consejo Escolar de Toronto rechazó celebrar una conferencia en la que la Premio Nobel de la Paz, Nadia Murad, iba a relatar como fue secuestrada y vendida como esclava sexual por el Estado Islámico, por considerar que fomentaba la islamofobia. En definitiva, vemos como la universidad, absolutamente devastada por el pensamiento woke, ha dejado de ser un templo de la sabiduría, encargado de promover la búsqueda del conocimiento, para convertirse en un yermo paraje donde el miedo a la incorreción ideológica se va extendiendo mientras la inteligencia ha sido desterrada.

Más allá de la universidad, las redes sociales se han convertido en los nuevos tribunales de la inquisición, donde se condena sin piedad a todo aquel que no comulga con esta suerte de religión sin espiritualidad que es el movimiento identitario. Así, desde la impunidad que procura el anonimato, una manada adoctrinada de deficientes intelectuales actúa en las redes sociales censurando toda opinión que se desvíe de los dogmas establecidos por el neomarxismo cultural. De esta forma, estos energúmenos disfuncionales se convierten en auténticos “policías del pensamiento”, cuya única misión es atemorizar para luego acallar al disidente, sometiéndolo a la “ley del silencio”. Una de estas formas de sometimiento es la batalla que hace tiempo se desarrolla en las redes sociales contra la llamada “apropiación cultural”, esto es, contra el uso de elementos culturales por parte de miembros de otra cultura, evidentemente desde la perspectiva y los parámetros establecidos por el establishment neomarxista. Para darnos cuenta de la gravedad de la situación nada como ilustrar con un ejemplo el aquelarre contra la libertad de expresión que está aconteciendo en las redes sociales. Así, la cantante estadounidense Katy Perry fue sometida a una durísima campaña de acoso por subir a Instagram unas fotos en las que aparecía con unas trenzas rubias que evocaban un cruzado ucraniano. La cantante, asustada por el alboroto provocado y demostrando su escasa personalidad, accedió a disculparse, si bien, dado que los ucranianos con el problema ruso encima no estaban para acusaciones absurdas, hubo de hacerlo en una disparatada entrevista concedida a un activista del movimiento Black Lives Matter, en la cual, dando una imagen lamentable, solo la faltó autoflagelarse para conseguir el perdón del entrevistador afroamericano. Este hecho, que se repite continuamente en las redes sociales, demuestra, como acertadamente señaló otro damnificado sin causa como Johnny Deep, que “Una sola frase basta para hundirte (…) Nadie está a salvo de la cultura de la cancelación”, esa cultura que condena al aislamiento social y al ostracismo profesional a todo aquel que se atreve a salirse de la senda marcada por los sumos pontífices del pensamiento woke.

Evidentemente, por encima de este “pelotón de imbéciles” que inunda el ciberespacio se encuentran, como no podía ser de otra forma, las grandes multinacionales a las que pertenecen las principales redes sociales. Así, los propietarios de estas grandes corporaciones tecnológicas, definitivamente reconvertidos en los “grandes inquisidores”, utilizan las redes sociales sin someterse a ningún tipo de control legal, estableciendo de forma unilateral los términos del debate y permitiéndose el lujo de expulsar arbitrariamente a todo aquel que no comulgue con sus preceptos. De esta forma, podemos ver, cada vez con mayor frecuencia, como determinados medios de comunicación o personajes del mundo de la política, la cultura o el arte han sido bloqueados, simplemente por tener posiciones que no se encuadran dentro de la ortodoxia del pensamiento políticamente correcto, ya que ello supone atentar contra el Nuevo Orden Mundial que pretenden imponernos desde las más altas esferas del poder. Sin embargo, estos plutócratas que bloquean a Donald Trump o a “El Correo de España”, por poner dos ejemplos paradigmáticos, son exactamente los mismos que permiten que sus redes sociales sean utilizadas por líderes religiosos islámicos para promover el yihadismo o por bandas mafiosas para el negocio del tráfico de mujeres destinadas a ser esclavas sexuales.

Todo lo expuesto viene a demostrar, como señaló Hannah Arendt, que “Ninguna causa nos queda sino la más antigua de todas, la causa de la libertad frente a la tiranía”. Para librar esta batalla resulta prioritario perder el miedo a esta izquierda reaccionaria que amenaza con acabar con todo indicio de derechos y libertades, para, a partir de esta premisa, comenzar un proceso de reconstrucción social que pasa inexorablemente por recuperar ese conjunto de valores y principios fundamentales, cuya vigencia permite forjar espacios de convivencia donde el respeto a la libertad individual se conjuga armónicamente con la búsqueda del bienestar colectivo.