Escribo estas lineas conmocionado por la mala interpretación que , de mis palabras, parece tomarse de mis reflexiones en voz alta en estas redes.
Debo escribir, por tanto, de mi memoria sobre el fenómeno del terrorismo en España. De cuanto vivimos y sufrimos con ETA quienes, en Madrid, amanecíamos un día sí y otro también, con el sonido de una bomba y el correr y aullar de las sirenas de policía y ambulancias. No sólo ocurría todo aquello en las provincias Vascongadas, Madrid fue ciudad elegida para sembrar el dolor. Aquellos años 80 marcaron mi adolescencia para siempre.

Quizá,de todos, el día más importante fue aquella mañana que estalló una bomba al paso de un autocar que transportaba al trabajo a guardias civiles en la Plaza de la República Dominicana. Mi madre cogía el autobús para ir a trabajar a escasos metros de donde estalló la bomba. Ese día, por un capricho o destino de la Providencia, mi madre se retrasó en salir de casa.

Quizá,de todos, el día más importante fue aquella mañana que estalló una bomba al paso de un autocar que transportaba al trabajo a guardias civiles en la Plaza de la República Dominicana. Mi madre cogía el autobús para ir a trabajar a escasos metros de donde estalló la bomba. Ese día, por un capricho o destino de la Providencia, mi madre se retrasó en salir de casa. El estallido me levantó de golpe en mi cama porque temblaron todos los cristales. Por la radio supe que había sido al lado de mi casa familiar. Salí a la carrera al encuentro del infierno.
Ante mi, humo, fachadas destrozadas, cuerpos rotos, gritos, humo. Y rabia. Quien lo había provocado ya no estaba allí. El rastro de muerte había quedado encima de las calles. Familias destrozadas, niños huérfanos (yo, que lo era desde mis 12 años sabía bien lo que suponía crecer sin un padre protector que te guíe y ayude).
Madrid, como decía, fue la elegida durante mucho tiempo para el asesinato, la masacre y el horror.
Cuando más tarde se hizo la memoria de aquellos años s vio que salvo la bomba de Hipercor en Barcelona o la masacre de Vic, quedaron muy lejos de lo que, a muchos, nos tocó vivir y padecer.
En aquella epoca todavía no existía la liturgia laica de las velitas, los peluches o las manos blancas. Eran los "años de plomo". Sin más.
Aquella domesticación social no se hizo presente en España hasta el año en que mataron vilmente a Miguel Angel Blanco y tras tener que proteger la misma Guardia Civil las sedes de Herri Batasuna. Ellos, los que había sufrido como nadie el zarpazo de aquellos criminales, recibieron la orden de proteger aquellas sedes de la santa ira de los españoles que dijeron "¡Basta ya!".
Esa fue mi infancia y mi adolescencia.
Una vida marcada por una educación marcada por el respeto y la tolerancia mas absoluta dentro de mi familia por la diversidad de ideas dentro de ella. Mas de una vez he citado y he escrito aquella historia de mi abuelo materno, veterano combatiente en armas por la Republica en el frente de Teruel y casado con una bellísima alicantina que escucho las balas que mataron a Jose Antonio en la carcel de Alicante. Ese hombre , un buen día, al saber de mis lecturas de Gironella y mi interés por la figura del fundador de Falange, se me presentó un buen día con un puñado de fotos obtenidas de la Hemeroteca Nacional de un Jose Antonio niño o adolescente con su familia o ya abogado novel. Me las posó suavemente en la mesa del comedor de su casa y me dio: "Creo que esto te puede interesar". Quedé conmovido y paralizado por la lección de vida que, aquel hombre ya entrante en su tercera edad, me estaba dando. Eso quise transmitir siempre a mis hijos y cuantos me han conocido o tratado. Por encima de toda idea, están las personas y jamás, jamas, podemos imponer a nadie nuestro pensamiento sino respetarlo.
He sido el unico falangista en mi familia. Pero nadie me rechazó ni me hizo sentir mal por ello. Había, y hay, socialistas , conservadores, y hoy, hasta creo que mis dos hijos se me han hecho comunistas...Tan sólo aquella gran mujer alicantina me acompañó en el recuerdo de aquellas noches del 19 al 20 de noviembre diciéndome cada año: "En una noche como ésta mataron a Jose Antonio y yo lo escuche y la gente salía a las calles". Y siempre, como cada año, mi piel se erizaba

Vivimos tiempos convulsos de nuevo . Otro terrorismo golpea vidas inocentes. Vidas que jamás pensaron que fueran a verse alteradas por la mano de enajenados que interrumpieran sus quehaceres. Los tiempos ahora son otros. Las políticas y los Estados han evolucionado hasta el punto que asistimos (para quien intenta verlo con ojos de intelectual) al operativo de ingeniería social que consiste en desactivar la rabia y la indignación de un crimen colectivo. Esa liturgia laica de velas y flores, paraliza esas otras reacciones. El ocultamiento del horror contribuye a ello bajo la excusa de que "es lo que quieren los terroristas" o "no es razonable exhibir por respeto esas imágenes".
No comparto, y lo he dicho siempre , desde mi libertad interior, esa forma de asistir al horror desplegado. Pienso que quienes están detrás de esas muertes no son, ni de lejos, quienes en muchas ocasiones, nos dicen que han sido. Pero JAMAS se me ocurriría escarnecer o burlarme de quienes hayan sentido miedo por un acto terrorista. Porque yo lo sentí, porque yo lo he vivido también. Durante muchos años y mucho tiempo. Y tengo cerca personas a quienes han asesinado a su padre o , incluso, vieron desde el balcón de su casa, como los terroristas lo remataban con tiros en la cabeza.

No debemos engañarnos. No debemos decir que "No tenemos miedo" porque claro que lo tenemos. Debemos pedir responsabilidades a quienes con sus políticas han podido hacer que esto ocurra o a quienes, teniendo las facultades para ello, no tomaron todas las medidas posibles para que el horror se hiciera presente.

Permitirme ser libre. Permitirme seguir escribiendo , ser YO, decir en voz alta donde creo que está el enemigo. Mi voz no es ajena ni carece de empatía. Sencillamente, soy, somos de los que intentamos navegar contra corriente de imposiciones ideológicas que nos quieren decir como hemos de pensar, actuar o , incluso, que me parece lo más terrible, cómo hemos de decirle a los demás que deban hacerlo.

Escribo y cerca de mi tengo aquellas fotos que mi abuelo me dejo dentro de un sobre.

Permitirme ser libre. Nada más que eso.

El dolor de todos es de todos. Reconozcamos nuestra posición en este mar de timoneles ausentes