Tal y como enseñó Rafael Gambra en su obra El lenguaje y los mitos (Speiro Madrid 1983) cambiar de lenguaje es cambiar el alma, porque las palabras conllevan una carga emocional. Y el mismo autor añade que la utilización metódica del lenguaje como medio de manipulación social es propia sobre todo del marxismo precisamente porque su mentalidad dialéctica le hace rechazar el lenguaje ordinario que se apoya en el principio de la identidad del ser que es el que nos permite deducir que el hombre no es el ser sino que ha recibido el ser.

Es importante esta primera precisión porque nos muestra cómo la alteración del lenguaje es la herramienta que usa el marxismo para cambiar la realidad. Nótese cómo hasta los años 60 se utilizaba comúnmente la expresión gestión de personal tanto en el ámbito público como en el privado empresarial y que fue la recepción de las técnicas del management o gestión de los recursos propias de la sociedad materialista lo que cambió la terminología llevando a imponer la expresión recursos humanos, en lugar separar debidamente los recursos materiales de un lado y el trabajo prestado por las personas empleadas de otro.

Lo que ahora importa descubrir es la base antropológica y filosófica de la expresión recursos humanos que comparten tanto la ideología liberal como la socialista. Y esa base fue muy bien definida por el Papa Juan Pablo II en su Carta a las Familias cuando define nuestra sociedad como aquella en la que prima el utilitarismo, civilización de las cosas y no de las personas; civilización en la que las personas se utilizan como si fueran cosas, palabras que escritas en 1994 se han mostrado proféticas cuando hoy vemos cómo los hijos les son expropiados a los padres como si fueran cosas y los ancianos, los no nacidos y los enfermos, son considerados como cosas de las que se puede prescindir.

Y para ahondar aún más en la inadecuación del trato que en esta sociedad se da a las personas, cuya dignidad no se respeta aunque sea formalmente proclamada, viene bien mostrar que el punto erróneo de partida está en desconocer los principios que informan la realidad interhumana o social y considerar que los únicos métodos viables para su análisis son los mismos que los que se emplean en las ciencias de la naturaleza.

Así lo explicaba Erik Voegelin en 1951 en su Nueva ciencia de la política (Rialp Madrid 1968): si la validez de un método no se mide por su utilidad para un fin científico sino que por el contrario es el uso del método el criterio de su carácter científico, se pierde el significado de éste como exposición verídica de la estructura de la realidad. Así es como el positivismo ha querido dar carácter científico a la ciencia de lo social a través del uso de los mismos métodos que utilizan las ciencias del mundo exterior. Y es así también como cualquier proposición de un hecho alcanzará la categoría de ciencia, independientemente de su validez, si se ha alcanzado con un método correcto. De este modo las trivialidades han dañado a las ciencias sociales elaborándose un material importante según unos principios deficientes, con lo cual dichas ciencias se han expandido prodigiosamente conduciendo a una fantástica acumulación de conocimientos que son sin embargo intranscendentes. Al final, la opinión no crítica –personal o colectiva- ha venido a imponerse sobre la teoría de las ciencias sociales, lo que ha conducido a que con el fin de devolver un equivocado prestigio a las ciencias sociales se eliminara de ellas todo juicio de valor.

Voegelin resume así el postulado positivista: las proposiciones referentes a hechos de la realidad son objetivas mientras que los juicios relativos al recto orden del espíritu son subjetivos. Pero esto –dice Voegelin- es desconocer que ni la ética ni la política contienen juicios de valor, sino que los problemas del orden que derivan de la antropología en cuanto es parte de la ontología general se elaboran empírica y críticamente. Fue cuando la ontología perdió su rango de ciencia cuando toda la metafísica clásica y cristiana quedó incluida entre los juicios de valor, lo que condujo a la desaparición práctica de cualquier verdadera ciencia del orden humano y social.

Así es como los valores quedaron a la discreción de los científicos, llegándose a tener tantas historias y ciencias de lo social cuantos investigadores y estudiosos hubiera con diferentes ideas sobre lo valioso. Cada generación tiene así que reescribir su historia y con ello se hunden las ciencias históricas en un marasmo de relativismo y si la confusión no fue inicialmente más grave ello se debe al peso de la tradición civilizadora aún perviviente.

Y ahora, tras haber aludido a la proceso que lleva a privar a la ciencia política y social de su fundamento en la metafísica clásica y cristiana, si queremos descubrir el porqué de lo inadecuado de la terminología recursos humanos no habrá más remedio que entrar a considerar el fundamento del error positivista que obliga a equiparar personas y cosas. Y para ello bueno será servirse de la filosofía de Gabriel Marcel cuando nos explica la esencia de la relación entre las personas.

Explica Marcel que en la relación yo-mundo no hay diálogo y ‘el otro’ es una cosa. Sólo en el yo-tu, el otro es considerado en su intimidad y en su encarnación personal y así yo llego a ser persona. Por tanto lo primordial no es el yo como idea del sujeto y el mundo como idea del objeto tal y como proclama el idealismo, sino que lo central es mi ser-en-el-mundo como totalidad, es decir, mi ser en tanto se implica o participa en un acontecer (drama).

El ‘yo pienso’ cartesiano no me liga a la existencia como participación en las realidades invisibles. El idealismo, el psicologismo y el materialismo reducen la realidad a una parte del mundo en la que se encierran, desconociendo que en el ‘soy’ –y no en el ‘cogito’- es donde experimentamos que hay algo que rebasa el plano sujeto-objeto.

El hombre piensa, pero es porque existe. En la relación entre sujeto y objeto, el objeto no lo crea el sujeto sino que entre ellos dos hay una relación de ser o ‘existencial’. El sujeto no es sólo su cuerpo, sino también su mundo, su situación y como tal sujeto se intercambia con todo ello.

El idealismo desconoce la dimensión personal. Para el positivismo el hombre es un ‘fenómeno’ dentro de la evolución cósmica. Así no cabe experiencia de lo trascendente, no se admiten modalidades superiores de experiencia humana. El cientifismo o cientismo reduce la realidad a un trozo de materia, despersonaliza el cosmos, empobrece la vida interior y convierte la verdad en una tarea ‘técnica’. Es esto lo que ha dado lugar a una nueva concepción del orden social.

Es pues necesario un nuevo realismo que trascienda, en el que cobren vigor las realidades interpersonales. Cuando el hombre niega su condición de ser creado o considera que se ha dado el ser a sí mismo y que no es más que lo que él se hace, entonces es incapaz para recibir. El naturalismo y el cientismo anulan así el ‘drama’ necesario para poder captar el grado de profundidad de la verdad del ser.

La clave está pues en poner de relieve un nuevo ámbito: la intersubjetividad. El pretendido conocimiento objetivo separa al hombre de su lazo natural con el ser. Frente a ello hay que destacar la realidad existencial en sus dimensiones dialogal y trascendente las cuales se dan en la comunión y en la participación. El conocimiento objetivo no existe ni siquiera en las ciencias. La existencia nunca puede llegar a ser objeto sino que es el origen a partir del cual yo pienso y actúo. Si se elimina el ‘yo’ se elimina la intersubjetividad y se vacía a la realidad humana de su substancia. Al pensamiento objetivista se le escapa no sólo el ‘yo’ sino también la correlación yo-tu. Cuanto más se acentúa la objetividad tanto más se corta el lazo que une las cosas a mi existencia.