Las elecciones vascas del 12 de julio nunca debieron celebrarse y son causantes directas de la segunda ola de coronavirus que está azotando la comunidad autónoma. Lo ha señalado Iñaki Ezkerra en un reciente artículo que aportaba los datos incuestionables que avalan esa conclusión. Hasta esa fecha la evolución de la pandemia era tímidamente ascendente. Los casos de contagio habían empezado a incrementarse a partir de finales de junio y después de entrar en la fase 3 de la desescalada, autorizada al Gobierno Vasco por el Gobierno Sánchez a partir del 8 de ese mes como una prebenda de gratitud. Cuando la línea de contagios empieza a acusar una apreciable subida es ya en julio, en los días 14, 15, 16 y 17 inmediatamente posteriores a la consulta electoral. El 18 la vertical se dispara y ya es imparable. 

Soy un seguidor asiduo de Iñaki Ezkerra en sus artículos publicados en diferentes medios. Iñaki es un valiente escritor y un hombre plenamente comprometido con las libertades y con la justicia, sobradamente constatado en su lucha contra ETA y su actitud crítica con el nacionalismo vasco, un movimiento (no sólo un partido) siempre adherido como una lapa a quienes han sido una losa para lograr el pluralismo político y social en el País Vasco. El artículo del que hablo lo publicó este pasado lunes, 21 de septiembre, el diario El Correo. En él, Ezkerra denunciaba el rebrote de Covid  subsiguiente a la celebración de los comicios vascos del día 12 del mes de julio; responsabilizando de ello al señor Urkullu por hacer prevalecer sus intereses y ambición política a la seguridad sanitaria, cuando la pandemia aún no había sido erradicada y todo hacía prever que se volvería a repetir la avalancha de contagios. Tampoco se entiende que Sánchez hiciera borrón y cuenta nueva como si el peligro se hubiera erradicado, y pasara del blanco al negro en las medidas adoptadas, como si el virus se fuera de vacaciones imitando la “fuga en sol mayor” de su Gobierno, que ha estado “missing” todo el verano. Ténganse en cuenta que el PSE-EE es socio preferente del PNV a la hora de formar los ejecutivos en la CAV tanto en la pasado legislatura como en la presente. Éste no es un hecho superfluo. En las fechas en que Urkullu convocó a la ciudadanía a las urnas contaba con toda la información epidemiológica que podía facilitarle su socio socialista que también gobernaba en La Moncloa. 

Coincido con Iñaki Ezkerra en la demanda de esa responsabilidad exigida a Urkullu. De la misma manera que no cabe presuponer ignorancia o desconocimiento en los días previos a la Declaración del Estado de Alarma del día 14 de marzo, convocando, a conciencia del riesgo que eso suponía, la jornada de manifestaciones en toda España con ocasión del 8 de marzo; tan solo seis días antes de la Alarma y el subsiguiente confinamiento que ahora, cínicamente niega el propio Sánchez que haya existido. ¡Hay que tener bemoles para tal rasgo de ironía descarada!

Todo el mundo admite que el periodo de incubación del virus es de cinco días de promedio. Veamos el gráfico de incidencia del Coronavirus publicado por El Correo el día 27 de julio, donde se ve el pico de contagiados que sobresale de forma destacada el día 18 de julio, tan solo seis días transcurridos después de la fecha de las Elecciones vascas. Es decir, exactamente igual que lo que sucedió tras el día 8 de marzo. De lo que se deduce, obviamente, que ese brote coincide con la fecha de los contagios, que es la del día de las elecciones.

Recuerdo que en un artículo que yo escribí anteriormente a esa puntual fecha electoral ya advertía de ese riesgo. Y es que era lógico. Solamente una mente despreocupada e irresponsable podía esperar otra cosa. No eran fechas adecuadas para celebrar las Elecciones, salvo para la mente oportunista y hegemonista de los burukides del PNV, que vieron la ocasión de oro para asentarse sólidamente en el panorama vasco en un contexto en el que todos los actores políticos estaban concernidos por la pandemia  y no estaban en disposición de realizar el esfuerzo sobreañadido de romper las inercias del voto, como sabemos, favorable al nacionalismo, y de intentar un giro de tendencia en el electorado que inaugurara para otras opciones una nueva reubicación en el espacio electoral. 

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(Las flechas indicadoras son mías)

Las autonómicas del 12-J fueron un 8-M a la vasca. Pero las responsabilidades en la inequívoca relación que existe entre la fecha de concurrencia electoral y la subida espectacular de contagiados va más allá de los intereses del PNV y afecta a todo el cuadro político, a todos los partidos que no lo han denunciado ni antes ni después de la fatídica fecha del 12-J. A estas alturas, solamente el afán desmedido de casi todas las fuerzas políticas por no tocar al “padrino” vasco, puede disfrazar, maquillar, ocultar lo evidente o hacer como que no se ve; es decir actuar como los espectadores del desfile real donde iba el rey desnudo pero todo el mundo fingía admirar sus ropajes reales, disimulando el bochorno de la visión morbosa. El PNV es intocable. Aparece como el rey del mambo, impoluto, pese a que lo mires por donde lo mires todo es oscuro y tenebroso. Pero no sé por qué razón está inmaculado ante los ojos de los actuantes políticos incluida la ciudadanía. Nadie quiere ver lo que hay y lo que es. Parece un tabú, un totem, o si me lo permiten una especie de jerarquía episcopal de una religión  que es capaz de condenarte al infierno de Dante, por un pecado de nuevo cuñó: la disidencia.

Termino con una puntualización que me parece necesaria. La fecha del 12-J no era adecuada ni para celebrar las elecciones vascas ni las gallegas. Es obvio que el PP de Núñez Feijóo actúo en Galicia con la misma prisa y el mismo criterio interesado en convocarlas que el PNV en el País Vasco. La situación excepcional de la pandemia y la imposibilidad de desarrollar una campaña electoral en una situación normal corría a favor de las inercias electorales. Ambos, Urkullu y Núñez Feijóo, se vieron obligados a renunciar a la fecha del 5 de abril para dicha convocatoria por un criterio de prevención y seguridad que debía haber regido igualmente tres meses y medio después, cuando ambos optaron indebidamente por la fecha del 12 de julio. Sirva como atenuante para el caso de Galicia el carácter marcadamente rural y la gran extensión que posee esa comunidad frente a la vasca que, como señalaba Iñaki Ezkerra en su artículo, posee una densidad demográfica cuatro veces superior a aquélla. En cualquier caso, el PP gallego perdió una excelente oportunidad de aplazar dichos comicios y de dar una lección al nacionalismo vasco demostrando que la salud de los ciudadanos es lo primero y está por encima de los intereses de quienes aspiran a seguir gobernándolos.