El liberalismo es una doctrina política, económica y social cuya idea nuclear es la defensa de la libertad individual, construyendo la totalidad de su edificio normativo-prescriptivo sobre la base de este principio.

El concepto de libertad, por simple que pueda parecer, ha sido objeto de intenso debate, de tal forma que ya en el siglo XIX Benjamin Constant contrapuso dos formas de libertad, a las que denominó “libertad de los antiguos” y “libertad de los modernos”. Para Constant, la libertad de los antiguos consistía básicamente en la participación de los individuos en los asuntos de la Administración Pública mediante el ejercicio de sus derechos políticos, de tal forma que “El anhelo de los antiguos era dividir el poder social entre todos los ciudadanos de una misma patria”. A su vez, para Constant la libertad de los modernos consiste esencialmente en que los individuos tan solo están sometidos a las leyes, de tal manera que su forma de vida no esta condicionada por ningún poder arbitrario, por lo que “El anhelo de los modernos es la seguridad de los goces privados”. Así, mientras la intervención en las decisiones políticas era la principal aspiración de los antiguos, la autonomía a la hora de actuar se convierte en asunto de primera necesidad para los modernos. Según Constant, ambos tipos de libertad traían aparejados una serie de perjuicios.  Así, el peligro que corrían los antiguos era la pérdida de la independencia, mientras que para los modernos el peligro viene dado por la falta de influencia en el ámbito de la política. Desde esta perspectiva, resulta evidente que para Constant resultaba fundamental combinar ambos tipos de libertad.

Ya en el siglo XX, Isaiah Berlin retomó ambos conceptos, redefiniendo dos concepciones de la libertad contrapuestas entre sí, a las que llamó “libertad positiva” y “libertad negativa”. Así, para Berlin la libertad positiva “deriva del deseo por parte del individuo de ser su el propio amo”, lo cual conlleva el que sea la propia voluntad la que determine en todo momento la forma de vida. Desde esta perspectiva, como señala Berlin, ningún individuo debe dejarse arrastrar tampoco por sus propias pasiones irracionales. Así, surge la existencia de un dualidad yoica, de tal forma que, por un lado, estaría el “yo racional”, identificado con la ideación consciente, y, por otro lado, el “yo pasional”, identificado con los deseos inconscientes, siendo el “yo racional” el que, según esta concepción de la libertad, debe prevalecer. El problema según Berlin de esta forma de entender la libertad es que el “yo racional”, convertido en “yo auténtico”, puede subsumirse en una entidad de carácter colectivo -como puede ser una tribu, una etnia, una religión o el propio Estado- que pasaría a tener la potestad de establecer aquello que es racionalmente positivo para todos y cada uno de los individuos que forman parte de ella. De esta manera, como señala el propio Berlin, “Una vez adopto este punto de vista, estoy en situación de ignorar los deseos expresos de hombres y sociedades, de intimidarlos, de oprimirlos y torturarlos en nombre de sus verdaderos yoes y por su bien”. En conclusión, esta concepción de la libertad, de claras reminiscencias jacobinas y connotaciones marxistas, lleva consigo una importante carga de profundidad, ya que la pretendida autorrealización personal se convierte en el yugo que garantiza la esclavitud tanto a nivel individual como colectivo. Por su parte, la libertad negativa supone actuar sin imposiciones procedentes de hombres o instituciones. Quiere ello decir que un individuo es libre en tanto en cuanto actúa sin estar condicionado por un poder coercitivo ajeno al propio individuo. Así, como indica Berlin, “Cuanto mayor sea el espacio de no interferencia mayor será mi libertad”. Obviamente, teniendo en cuenta la falta de armonización entre los fines individuales dentro de una colectividad, así como el hecho de que una situación de absoluta libertad conlleva inevitablemente que la libertad de los débiles sería eliminada por mor de la libertad de los fuertes, resulta imprescindible establecer unos límites a la libertad individual, los cuales deberían ser establecidos sobre la base de una ley igual para todos y en ningún caso de forma arbitraria por instancia de poder alguna. Al final todo se resume en encontrar ese punto de ajuste que permite establecer un ámbito de libertad individual lo más amplio posible dentro de una estructura social orientada a garantizar la convivencia pacífica y el bienestar general.

Evidentemente, el Estado es la organización que tiene el mayor poder coercitivo en una determinada zona geográfica. Por ello, el liberalismo, en su afán de proteger los derechos y libertades individuales, entiende fundamental limitar la capacidad de interferencia del Estado en la vida de los ciudadanos. La limitación del poder del Estado se sustancia a través del control del poder político mediante las elecciones de los representantes del pueblo por sufragio universal, la separación de poderes para dividir y repartir el poder político en diferentes instancias que se contrapesan y el imperio de la ley basado en un constitucionalismo que limita sus atribuciones en virtud del ordenamiento jurídico que establece.

Contraviniendo todos los postulados básicos de las democracias liberales representativas, desde el comienzo de su andadura al frente del Gobierno de España, Pedro Sánchez ha dedicado gran parte de sus esfuerzos no en desarrollar un programa político que procure el bienestar y la prosperidad de los ciudadanos, sino en acumular el máximo poder posible y asegurar su propia supervivencia política. Para ello no ha dudado en dinamitar todos y cada uno de los pilares del sistema democrático.

De esta forma, este maestro del fraude, intentó manipular las elecciones del 4-M en Madrid, poniendo a rtve a su servicio, como evidenció la Junta Electoral Central al acusar al ente público de romper el principio de neutralidad con Vox al dar una información sesgada ideológicamente durante la campaña electoral. Asimismo, hemos asistido al continuo intento por parte del Gobierno socialcomunista de controlar las instituciones del Estado, como son el Consejo General del Poder Judicial – organismo garante de la independencia del Poder Judicial-, el Ministerio Público –institución responsable del cumplimiento de la ley-, el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno –entidad verificadora del desarrollo de una adecuada gobernanza- y el Tribunal de Cuentas –ente encargado de evaluar la correcta gestión económica de los recursos públicos-.

Pero lejos de detenerse en su sistemático ataque al entramado institucional que garantiza los derechos y libertades de los españoles, P. Sánchez ha planteado una reforma de la Ley de Seguridad Nacional (LSN) que constituye la plasmación de un maquiavélico intento de implantar en España de manera definitiva un régimen dictatorial, hecho éste que sin duda deriva de la liberticida mentalidad y trastornada personalidad que caracterizan a este siniestro personaje. Así, en caso de aprobarse, la nueva LSN permitiría a P. Sánchez decretar la militarización forzosa de la ciudadanía, el embargo indefinido de capitales y bienes de particulares y empresas, la ocupación de todo tipo de inmuebles y la obligada colaboración de los medios de comunicación.

En consecuencia, la nueva LSN elaborada por el Gobierno socialcomunista otorga al presidente del Gobierno poderes plenipotenciarios, al concederle la prerrogativa de imponer mediante Decreto Ley el “estado de emergencia nacional” por tiempo indeterminado, sin que para ello sea necesario consultar al Consejo de Seguridad Nacional ni solicitar la aprobación del Congreso, contraviniendo con ello lo que marca la Constitución cuando se ven afectados derechos fundamentales de los ciudadanos. En base a ello parece que lo que P. Sánchez pretende, ya de manera indiscutible, es convertir a España en una república bananera al estilo de la Venezuela chavista-bolivariana, para así mantenerse indefinidamente en el poder.

Decía Victor Hugo que “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución se vuelve un derecho”. Pero, siendo así efectivamente, es una realidad avalada por la historia el hecho de que para que un pueblo despierte y se alce contra el enemigo opresor se requiere de un personaje excepcional, el cual, dotado de honor, talento y valor, atesore una capacidad de liderazgo de tal magnitud que con su sola presencia en el campo de batalla las ovejas se conviertan en lobos y los lobos en leones. Creo que es “vox populi” que ese caudillo ya se encuentra entre nosotros. Quizás se me pueda acusar de optimista y lo acepto de buen grado, entre otras razones porque siempre he pensado que desde el pesimismo radical no es posible aspirar a grandes logros.