En febrero de 2007, con motivo de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCO, la periodista Estefanía –“Fany”– Estévez realizó un vídeo para el programa de Telecinco “El buscador de historias”, presentado por Emilio Pineda. En la citada grabación, la periodista invitaba a 12 niños de entre dos y tres años a chapotear con pintura sobre un lienzo en blanco, a lo que, por supuesto, accedían entusiasmados. Después, Fany introducía subrepticiamente la obra en la Feria Internacional. Una vez en el interior, a escondidas, la desplegaba, la montaba en un bastidor y la colgaba en una pared. A continuación, entrevistaba a algunos visitantes a la exposición acerca de sus impresiones sobre el cuadro. En primer lugar, se dirigía a unas chicas jóvenes:

“–¿Qué veis vosotras aquí?” –les preguntaba.

“–A lo mejor, un poco… angustia, tristeza… por los colores y eso” –opinaba una.

“–Muchas sutilezas, corrientes…” –decía otra.

Un hombre maduro iba más allá:

“–Es un cuadro complejo, con mucha meditación detrás. Un pintor con mucha experiencia”.

Después, un señor mayor disfrazado de artista con su barba y su boina:

“–Este cuadro refleja una desesperación por buscar un camino. Una persona que ha buscado mucho. Posiblemente un hombre con una carga erótica muy grande, pero también una represión muy grande”.

Hurgando en la herida, la periodista interrogaba a varias señoras entradas en años:

“–¿Les parece caro si yo les digo que cuesta 15.000 euros?”

Y ojo a la salida, no por esperada menos ridícula:

“–No me parece caro, la verdad. Es que la obra no tiene precio para mí”.

“–No, está bien. Creo que tiene el precio más o menos. Para el sitio donde está, sí…”

“–Me gusta, porque veo que tiene mucho trabajo”.

Por supuesto, hoy esta situación apenas causa sorpresa, pero no por ello deja de ilustrar un panorama ciertamente lamentable.

Lo triste es que, más allá de la atribución de significados que cada uno quiera dar a un manchurrón en la pared, parece haberse asumido la obligación de adoptar una determinada actitud ante cualquier cosa expuesta en una galería, museo o feria de arte. Una actitud respetuosa y hasta reverencial hacia lo que no se comprende; especie de suspensión del pensamiento socialmente aceptada, que obliga a soterrar o esconder en público cualquier juicio crítico respecto a según qué cosas. Como si temiésemos decir que el rey va desnudo u ofender a un discapacitado intelectual tratándole de “subnormal”.

Tal vez usted, amable lector, sonría al leer estas líneas, y se considere libre de opinar lo que quiera sobre cualquier tema en todo momento, pero no podrá negar que, dependiendo de en qué contexto se mueva, en ocasiones tendrá que simular una postura “política” para no “ofender”, o incluso deberá fingir admiración si un amigo le muestra orgulloso sus modernísimas adquisiciones artísticas. Se añadirá así impostura a la ignorancia bajo el elogio de una “gran inversión”, pero no podrá desmentirse que la adopción de un papel “correcto” es real y, en algunos casos, habitual. Y que esta hipocresía, imprescindible, no obstante, para la vida en sociedad, viene determinada por una coerción previa insoslayable que convenimos en llamar “tabú”.

Resulta evidente que el terror o pánico al “qué dirán”, a la presión del entorno; ese mirar a los lados por si alguien te observa manifestando algo inadecuado, es lo contrario a la libertad. Y que la inseguridad ha ocupado el lugar de la prudencia. Pero es que la costumbre ha conducido a una autocensura que se transmite de generación en generación. Así, todos los europeos hemos recibido en la escuela la misma consigna, conforme a la cual debemos “respetar” o “apreciar” el “arte” aunque no lo entendamos o nos desagrade. No podemos considerar como una “tomadura de pelo” lo que sin duda lo es y debemos reprimir el comentario mordaz so pena de sufrir reprobación por nuestra falta de “sensibilidad”. Desde niños se nos induce u obliga a interpretar las patochadas artísticas de moda de acuerdo a una serie de tópicos buenistas por completo irracionales. De modo que el arte moderno –y más concretamente el arte abstracto–, como una suerte de credo, no sólo establece la primacía de la fe frente a la razón, sino que exige silencio al escéptico e, incluso, entre la clase “educada”, impide el ascenso social al incrédulo.

Si la corrección política nació y se extendió tras la Segunda Guerra Mundial desde el ámbito universitario anglosajón, su primera manifestación fue la imposición de un “trágala” gigantesco en el ámbito artístico, bajo el argumento falaz de que como la pintura grotesca y abstracta había sido despreciada y rechazada por los nazis, debía ser admitida, valorada y respetada. Tan endeble razonamiento sirvió, sin embargo, para dos propósitos: Primero, desplazar el centro de las artes de París a Nueva York, apropiándose los vencedores de un lucrativo mercado regido por la especulación. Segundo, establecer a gran escala un pensamiento “correcto” en un terreno aparentemente inocuo, en aras de una mayor tolerancia.

A menudo se ignora este hecho o se le resta importancia, pero lo cierto es que la implantación del miedo –hoy imperante– a pensar por uno mismo frente a una presunta “Razón” políticamente correcta impuesta por “la mayoría” nació ahí. Y no sólo tuvo un enorme impacto en la percepción del arte, sino que ha condicionado nuestra percepción de la realidad en muchos otros aspectos. Siempre bajo el mismo mecanismo amedrentador, previa manipulación del lenguaje, introduciendo constantemente nuevas restricciones al pensamiento libre y amenazando la supervivencia civil del disidente.