Titular de prensa: "La decisión de la TV Canaria en La Palma que es elogiada por todo el mundo"[1]. Lo que no insinúa ni por asomo es que estamos ante otro nuevo episodio de la censura con tonos rosas tan habitual en los últimos años, esta vez ocultando imágenes de personas hacinadas en un campo de fútbol y anunciando que dejarán de emitirse aquéllas donde veamos casas derruyéndose a causa de la lava expulsada por el volcán. Esta medida, además de ocultar la realidad a los españoles apelando a proteger a las víctimas de la tragedia y a no aumentar su dolor, sigue la misma estela que otras prácticas televisivas del pasado más reciente, como no difundir por televisión imágenes de fallecidos o ingresados por Covid-19 alegando precisamente lo mismo: no herir sensibilidades. Curiosamente, las mismas televisiones que no han dado espacio a las víctimas y enfermos de la crisis sanitaria en España no han tenido reparos en sacar imágenes de ataúdes apilándose en Estados Unidos o de muertos incinerados al aire libre en India; puede ser que, al contrario de lo que predica el discurso cosmopolita de los medios de masas, los realizadores hayan sentido más próximos a los muertos más cercanos en la distancia mientras que los fallecidos a cientos de miles de kilómetros les han "dolido" mucho menos. Podríamos citar más ejemplos: inmigrantes ilegales saltando las vallas con concertinas de las fronteras españolas, refugiados cruzando un río entre gritos de desesperación, desastres naturales que a su paso dejan miles de muertos... Hasta ahora los medios de masas no tenían reparos en emitir ese tipo de contenidos, ni siquiera en horario infantil. ¿Por qué ahora, entonces, preocupa tanto no herir la sensibilidad de la audiencia y de los afectados por las tragedias?

 

No es ningún secreto que los medios de masas siguen las pautas marcadas por el poder o financiador de turno (en algunos casos, como en España, sabemos que están muy relacionados). Ahora bien, en este caso ni siquiera eso es el aspecto más importante. Si la televisión canaria censura (porque, a fin de cuentas, es lo que están haciendo) las imágenes de una tragedia que económica y socialmente es tan relevante no puede achacarse exclusivamente a los intereses de los gobiernos nacional y autonómico, a quienes les conviene lanzar la idea de que todo se está gestionando lo mejor posible; en buena medida, en línea con el clima de mojigatería progre y censura con tonos rosas, existe una tendencia a no asumir la realidad y a ocultar los aspectos más desagradables de la misma. Por eso mismo, de un tiempo a esta parte es muy complicado encontrar por televisión documentales donde el depredador dé caza a su víctima, la estrangule y devore ante la cámara, cuando tiempo atrás esos contenidos eran lo bastante explícitos como para que el espectador comprendiera cómo funciona la naturaleza. Lo vemos también cuando los telediarios pixelan imágenes de atropellos nada fortuitos u omiten el origen de los delincuentes de turno, a pesar de que en otros casos hemos visto sangre y rostros hasta la saciedad. Las mismas televisiones que alertan sobre catástrofes inminentes a diario (aquí el cambio climático y el machismo son un clásico) ejercen así una censura bastante sui generis, donde la sensibilidad del espectador varia enormemente en función del percance sobre el cual se informa. Ironías de la era de los ofendiditos.

 

Los psicólogos y las farmacéuticas pueden estar de enhorabuena. Ya tenemos un Estado que renuncia a juzgar con una mínima severidad a los estudiantes para no traumatizarlos bajo el estigma del fracaso escolar. Los programas presuntamente informativos apuntan a eliminar la violencia, el dolor y cualquier contenido desagradable de la realidad cotidiana, recluyendo todos esos aspectos tan negativos como ciertos en una realidad alternativa de programas y contenidos de entretenimiento. Los niños (y no tan niños) sobreprotegidos de hoy se convertirán mañana en sujetos inestables al chocar con la cruda realidad de la existencia y, sin duda, requerirán de charlatanes y chutes de ansiolíticos para no lanzarse a las vías de un tren. Porque el Estado, por medio de los mediocres ministros de turno (no es casualidad que alguno ostente estudios de Psicología), les habrá hecho creer que pueden ser como se sientan y quieran, pero a la hora de la verdad las cosas no pueden ser como a uno le vengan en gana. Hoy pueden censurar a españoles hacinados en un campo de fútbol para que nadie compare cómo la inmigración ilegal recibía alojamiento en hoteles de lujo en Canarias (juerga incluida con voluntarias de la Cruz Roja), del mismo modo que podrán ocultar los rostros de los delincuentes que se mueven a sus anchas por el centro de Madrid no vaya a ser que muchos empiecen a preguntar por qué no se ocupan de ellos sus familias y países de origen... Lo que está claro es que, como el agua acumulándose frente a un muro, la verdad tarde o temprano terminará por desbordarse, llevándose por delante todo lo que pille a su paso. Ojalá llegue pronto ese momento.