Eran dos grupos pequeños, de apenas un puñado de jóvenes cada uno, que en el año 2013 andaban buscando lo mismo: un pueblo abandonado en las cercanías de Madrid para establecerse e iniciar una nueva vida en el campo, con un proyecto sostenible, autogestionado y en comunidad. Un guarda forestal los puso en contacto y sobre la pista de Fraguas, aldea deshabitada del Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara. Juntos, la decena de jóvenes urbanitas se encaminaron hasta un conjunto de ruinas semioculto en una escombrera de plomo, herencia de las prácticas militares que el Ejército llevó a cabo en los años noventa.

Esa fue la última vez que estuvo habitado, siquiera unos días, después de que en los sesenta salieran los últimos 40 vecinos, expropiados por el antiguo Icona para hacer de este enclave de monte público una ladera reforestable con pino maderero. "Nos quedamos allí porque nos gustó. Porque estaba claro que el sitio era un lugar preciosísimo antes, ubicado en un entorno favorable, con agua de manantial, tierras buenas en la cara sur y casas protegidas del viento del norte", cuenta Isa, una de las seis pobladoras de Fraguas que, este viernes 25 de mayo, se sentarán como acusadas en un juicio por presunta usurpación, daños y un delito contra la ordenación del territorio por rehabilitar la aldea.