Cuando una secta invade las instituciones y se apropia del Estado, y la ciudadanía se muestra desvariada y, además de desempeñar el papel de pechero practica el de vasallo, sucede lo que se cumple en Alcorcón, modélica referencia de la putrefacción nacional a escala local y a nivel moral, social, cultural y político.

Alcorcón es un ponedero sociata-podemita en el que anidan aves carroñeras con la aquiescencia de una gran parte de sus habitantes, que seguirán votando a los suyos no a pesar de ser éstos convictos malversadores, sino precisamente por serlo.

Porque la desgracia de España, desde hace un par de siglos, paliada sólo en parte durante el franquismo, consiste en que un tercio de sus paisanos se ha instalado en la ruindad absoluta y disfruta cuando el Mal dirige los destinos del común. Y porque, además de este tercio de malevolentes, otro tercio se halla a gusto envuelto en la no menos miserable tibieza, o subsidiado a través de la red clientelar tejida por las izquierdas resentidas y sus cómplices.

Sabido es que los social-comunismos, integrados por partidarios desahuciados por la ética, siempre se han movido con pretensiones de impunidad y, una vez instalados en el poder, se abrazan, como Sansón, a las columnas del Estado amenazando con derribarlas si tratas de desinstalarlos.

En Alcorcón, los rojos y morados de turno, apoyados por su rencorosa cohorte, y con la oposición de una derecha inoperante y lábil, son los reyes del mambo, inclusive cuando no detentan el gobierno municipal, pues nunca han dejado de controlar los organismos municipales neurálgicos, gracias no sólo a la bajeza de su ambición, sino a la torpeza de esa derecha inútil que padecemos.

De ahí que no se detengan en ninguna tropelía que se les antoje, desde destrozar acogedores recintos urbanos para construir mega circos inútiles, a mayor gloria de su megalómano propulsor, y a base de cientos de millones de euros esquilmados al común, hasta arruinar empresas públicas, pasando -cuando no gobiernan ellos- por la luciferina artimaña de trasvasar de madrugada -con alevosa nocturnidad- los residuos del vertedero municipal a los puntos urbanos de recogida de residuos, para que el pechero, a la salida del sol, los encuentre atestados de colchones mugrientos, desperdicios malolientes y toda suerte de cochambre, tal la jaez de los estrategas y de sus apoyos electorales. Chantajistas electorales que son.

La villa de Alcorcón, una urbe de más de ciento cincuenta mil habitantes, cubil de políticos inmundos e ineficaces, a juego con la mitad, al menos, de sus pobladores, puede ponerse, como digo, como perfecto paradigma de la España de hoy: un Estado en manos de ventajeros que han convertido el territorio de todos en una finca particular, cobijados en la impunidad más vergonzante.

Por eso no es extraño que los herederos del ínclito exalcalde Cascallana -la actual alcaldesa, Natalia de Andrés y su teniente de alcalde, Jesús Santos Gimeno-, apoyados por los de su cuerda, hayan hecho piña para que aquella se niegue a abandonar el cargo de regidora a pesar de estar condenada por llevar a la insolvencia, junto a otros socialistas, a la empresa municipal Emgiasa.

¿Por qué va a dejar el chollo precisamente ahora, ella, que lleva años y años chupando de las tetas del Estado contra viento y marea, si otros más altos, con similares o más ilustres delitos, no lo hacen? Ítem más: ¿por qué va el matón a dejar de amenazar y matar, si quienes debieran salirle al paso, en vez de poner pies en pared, son genuflexos que adulan, sirven, callan, hacen reverencias postrada la cabeza en el suelo y, a la hora de reelegir a los bravucones, tienen el paso ligero del cliente, del subsidiado, del sectario o del manso?

Porque estos ídolos de barro, soberbios e inmunes, tienen secuaces y tontos útiles que los adoran, precisamente por ser instrumentos del Mal. Y así se hinchan y entronizan con voluntad de eternizarse en el cargo, sabedores de que con este pueblo se alargará, mutatis mutandis, la farsa que controlan, en la que nunca pagan el gasto y, por el contrario, no dejan de requisar carros, caballerías, predios y cuentas corrientes, en su afán de colectivizar los bienes ajenos para provecho personal.

Mientras que la ciudadanía es atropellada y escarnecida por los burladores, y a pesar de seguir pechando, nadie le da, aunque no dejan de quitarle, y ni sus necesidades se remedian ni sus trabajos les sirven de consuelo, aquellos tienen sus graneros llenos de trigo; sus cubas, de vino; sus tinajas, de aceite; y sus cofres, de monedas. Y si son mentirosos, su propaganda les llama dialogantes; si malvados, hábiles; si viciosos, desenvueltos; si totalitarios, demócratas; y si vagos, prudentes.

Como buenos truhanes que son, hacen de las infamias rebeldía, de las bajezas honra y de las veras burla. Con lo que quieren, salen, y nadie se les atreve, porque son testigo, juez y parte. Acreditando la trampa, su poder impune le hace parecer verdad y, como si lo fuese, por verdad pasa. Son servidos, festejados, engrandecidos. Y es este el camino por donde en esta hora corre España, sin que el sentido de la senda parezca tener medio ni remedio, esperando tiempos mejores o, como dicen los mansos, los intoxicadores y los tibios, «capeando el temporal». Porque «¿qué hay ahora que no hubo?»

Sin embargo, a los mejores les han enseñado, de padres a hijos, que la lucha más noble e irrenunciable es la lucha por la libertad, en solidaridad con el bien común y en abrazo con la dignidad y la lealtad que nos debemos a nosotros mismos, para no aborrecernos. Por eso, allá ellos y sus relectores, bellacos y espantajos de higuera que, tan soberbios como son, a la hora del voto se arrastran sin embargo por las tribunas y los medios como mendigos; unos, con halagos de cola de serpiente; y otros, con la esperanza de que todo siga mal, porque en lo podrido hallan su habitación y su alimento.

Líbrenos Dios cuando se juntan poder y mala voluntad, y contra ambas pestes sólo unos cuantos resistentes se oponen, con conciencia de causa, a la barbarie y al crimen de los entronizados, conscientes así mismo de que, cuando se anda entre lobos, es gran torpeza no aprender a dar aullidos. Y mordiscos.

Pero el pueblo -la plebe- dormita, y gañe. Y con la plebe, del rey abajo, todos los que en su almario albergan plebeyez.