Con esta serie de escritos sobre Cuba pretendo  dar a conocer a los españoles la verdad sobre la revolución castrista y los sesenta y dos años de esclavitud de un pueblo, envidiable por sus cualidades pues la  realidad ha sido manipulada tan diabólicamente que ha hecho posible convertir Venezuela en una segunda Cuba y ver a España a punto de ser “la tercera Cuba”.

Mientras llega el momento de entrar en el meollo de mi propósito, estoy tratando de situar a los lectores con información general sobre la Isla. 

Viví catorce años allí, todos mis títulos son cubanos: los dos bachilleratos (Ciencias y en Letras) mis carreras universitarias (la acabada y la inconclusa) y creo poder hablar de lo conocido a fondo. Llevo sesenta años soportando las mentiras y medias verdades sobre lo ocurrido en la Perla de las Antillas en el siglo XX y considero un deber, hacerlo.

Sigo,  pues,  con una pincelada sobre el modo de ser del pueblo hermano. El cubano es un ser pacífico, simpático, comunicativo y obsequioso. No podías pasar por delante de un bohío,  en la manigua cubana,  sin que te invitaran a un café o a una copa, aunque nunca te hubiesen visto antes. Y en cuanto a sus reacciones no olvidaré nunca el día que por primera vez vi discutir acaloradamente a dos cubanos. Lo hacían tan apasionadamente que me pareció lo más sensato,  alejarme porque a mi entender,  acabaría en sangre… Pues bien, en el momento álgido del enfrentamiento verbal, el aparentemente ofendido --y cuya reacción más temía y me daba miedo -- le pasa el brazo por el cuello a su contrincante y le dice: “Vamo a tomarno una servesita...”. El final previsible en España, viendo la escena,  hubiera sido acabar a navajazos. Aprendí de golpe cómo era el cubano y que nunca llegaría la sangre al río.

Quizás  sea consecuencia del clima pues los tainos fueron los indios más pacíficos de América y recibieron a los españoles con los brazos abiertos. Desgraciadamente se extinguieron prácticamente en forma total.  Yo solo conocí a un descendiente de taino (por cierto fue luego un gran amigo). Me deslumbraba en él su conocimiento de remedios naturales. Algo con gracia: me enseñó a “derrotar a los orzuelos” y desde ese momento ninguno pudo conmigo. En cierta ocasión,  jugando se dislocó un  brazo – algo dolorosísimo--  y no quiso que le ayudáramos: en un santiamén, se lo colocó en su sitio delante de todos, simplemente,  con unos movimientos apoyado en el suelo…

En Cuba la media de temperatura podríamos decir que --casi todo el año—ronda los  30º,  con una humedad máxima y, lógicamente,  sudas constantemente. Si el primer año no te duchas tres veces al día seguro que serás una víctima de sarpullido permanente... Haciendo lo indicado,  al cabo de unos meses te adaptas al calor y a la humedad. Al estar en plena zona de los “alisios”,  la brisa es constante,  y eso alivia un tanto el calor.

Es probable que ese clima tan especial contribuya al carácter nada belicoso de los nativos. Deseo aclarar que los tainos desaparecieron por culpa de las enfermedades surgidas del choque de las distintas defensas del cuerpo de los indios y el de los españoles. Estos ya estaban inmunizados y los indios no habían tenido que enfrentarse a las enfermedades trasmitidas por los animales. Por otra parte el taino apenas trabajaba pues tenía el alimento fácil con los frutos de la Isla y la pesca, en la que eran duchos. El verse sometidos a trabajos más duros, aumentó la mortandad. El resultado fue nefasto para la pervivencia de los pobladores de la Isla.

Se deba a la razón que sea, lo evidente era y sigue siendo,  el buen carácter del cubano, y su alegría de vivir. Como consecuencia la vida en la Isla resultaba muy agradable y fácil de aceptar. Yo me sentí siempre allí como un cubano más y sigo añorando a “Cubita la bella”, como supongo se nota.

Otra cosa que saltaba a la vista --y fue lo único que me desagradó siempre--   era su obsesión por la política… En España nadie hablaba de política, se lo dejábamos a Franco y los políticos y quedé asombrado cuando comprobé que adolescentes y hasta niños,  tenían como tema frecuente –habitual-- de sus conversaciones “la política”. Todo el mundo era “doctor” en la materia. ; me quedaba estupefacto cuando veía a unos críos discutir de política como ni siquiera lo hacemos ahora en España. Para los cubanos de los años cuarenta, la política era como el futbol para la mayoría de los españoles de hoy: el tema preferido de conversación. Nunca me acostumbré a esa realidad incuestionable. Los cubanos, eran los más demócratas del mundo y repartían con todo derecho el título de demócratas al resto de los pobladores de la Tierra. El sumo sacerdote de esas creencias era Migue Ángel Quevedo, director de la revista “BOHEMIA”. Cualquier discusión terminaba en el momento que,  alguien dijera: “Lo ha dicho BOHEMIA”… ¡Por lo tanto es “dogma de Fe”!…

Bohemia  y el New York Times fueron los instrumentos perfectos  de la Mentira diabólica con el que  la Sinagoga de Satanás preparó el triunfo de Fidel. Esta afirmación mía, si tuviera menos años,  la convertiría en un libro pues es fundamental para entender su triunfo.  Sin el N. Y .Times y sin Bohemia, Fidel nunca habría podido llegar a ser el esclavizador de los cubanos.

Por otra parte, Bohemia,  era la estrella polar que me permitía situarme rápidamente. Me explicaré. Aparecía un personaje del que yo no tenía noticias, y si quería saber “si era de fiar o lo contrario”, consultaba la revista “Bohemia”. Que lo alababa  seguro que era un cabrito a tener muy presente. Si lo criticaba y atacaba, señal de que era de “los buenos”. Y así sobre cualquier cuestión nueva. La mejor forma de  no equivocarte en la elección era ver lo que “pensaba y escribía” Bohemia… El pobre Miguel Ángel terminó como suelen hacerlo todos los que se pasan la vida engañando al pueblo, o sea mal,  y en este caso, suicidándose, probablemente cansado de ver al monstruo que  entronizó en la Isla. Ahora la Sinagoga de Satanás está intentando presentarlo como un gran luchador por la Libertad.