Las Navidades constituían -lo siguen constituyendo ahora-, por sí mismas, unas de esas fechas remarcadas en nuestro particular calendario. De un lado por hallarnos inmersos en un merecido descanso escolar y de otro, el más importante, por la forma especial en la que se vivían estas entrañables fiestas en las que se conmemora el nacimiento del Niño Dios. Dios, hecho hombre, venido a la tierra.

En aquellas fechas, las calles y plazas de nuestra ciudad no presentaban el deslumbrante aspecto que presentan actualmente, adornadas con cientos de luces multicolores; tan solo comenzaban, tímidamente, a iluminarse alguna de las calles del centro a semejanza de otras ciudades españolas que vestían sus mejores galas al llegar la Navidad. Sin embargo, se palpaba un ambiente quizás más entrañable y familiar que hoy en día cuando la última decena del mes diciembre asomaba al calendario, incluso un poco antes cuando se comenzaban a recibir en las casas las felicitaciones de personajes tan entrañables como el Sereno o el Cartero que hacían llegar unas simpáticas tarjetas a la espera de recibir el tradicional aguinaldo.

En aquellos días previos, me encantaba ver a mi madre, sentada en la “sala de estar”, felicitando, con su hermosa y cuidada caligrafía, a familiares y amigos por medio de aquellas elegantes tarjetas adquiridas en alguna papelería de la ciudad.  

Por aquellos años, eran muchos los comercios coruñeses que llenaban sus escaparates de figuritas de barro para el Belén. Establecimientos como “La Poesía” y “Porto” en la calle de San Andrés; Librería Santa Margarita en la Avda. de Finisterre; la Cerería de San Nicolás; Imprenta “La Regional” en Juan Flórez, por citar sólo algunos, mostraban ufanos, tras sus cristaleras, una pléyade interminable de pastores, adoradores, aguadoras, campesinos, soldados romanos, lavanderas, castañeras, ovejas, gallos y un largo etcétera que junto con los Reyes Magos y el Misterio, provocaban que la chiquillería quedase absorta en su contemplación y tratase de ganar el favor de sus mayores convenciéndolos de la necesidad de tales piezas para el Belén familiar. 

Poco antes de comenzar las vacaciones, ayudábamos a nuestras madres en el siempre complicado y cuidadoso montaje del tradicional y españolísimo Nacimiento que presidiría todas las Fiestas. 

De diferentes cajas de cartón se extraían, con sumo cuidado, tras desenvolverlas de su envoltorio de papel de periódico, una a una, todas las figuras y demás elementos que conformarían nuestra particular recreación de la legendaria ciudad de Belén, cobrando todas ellas vida tras un largo año de letargo.

Tras ubicar el Portal en un lugar adecuado, se colocaban cuidadosamente las luces que alumbrarían nuestro pueblo de corcho y musgo, creado al efecto. Luego, se diseñaban las distintas alturas en las que situaríamos las casas, la posada, el molino y el castillo del sátrapa Herodes. Luego, trazábamos el curso del río, sobre el que se colocaría el puente, utilizando para ello papel de plata. Hecho esto, se marcaban los caminos con arena traída de la playa de Riazor y se cubría lo demás con el musgo que, por aquellos años, todavía podía ser natural y, por tanto, recogido en cualquier monte próximo. Finalmente, poco a poco, una a una, las distintas figuras iban ocupando sus puestos, con lo que el Belén quedaba concluido aguardando su inauguración oficial en la Nochebuena, cuando, de forma solemne, era colocado el Niño Jesús, figura central y única justificación de toda la recreación, sobre la cuna, al lado de su Madre, María, y de San José.

También, a partir de esa fecha, día a día, paso a paso, Melchor, Gaspar y Baltasar, los mágicos personajes de leyenda, comenzaban su lento peregrinar hacia el Portal para entregarle al Niño Dios sus presentes de oro, incienso y mirra.

Pero volvamos unos paseos atrás. Concluido el popular sorteo de la Lotería Nacional, la Navidad abría sus puertas de par en par. Las tiendas de ultramarinos vestían, desde días antes, sus mejores galas agolpando en sus escaparates un enorme surtido de turrones, pasas e higos a granel; piñones; mazapanes; polvorones; tortas, etc., que se adquirían en lo que tradicionalmente se conocía como “el pedido navideño” que constituía todo un hito en los hogares y que, una vez en casa, nuestras madres tenían que celar vigilantes, cual preciado tesoro, en evitación de los frecuentes “golpes de mano” que, anticipándonos a la fecha formal de inicio de las fiestas, le asestábamos la chiquillería de la casa. 

Por aquellas fechas era costumbre que los Guardias Municipales, encargados del control de tráfico en las principales calles coruñesas, provistos de su blanco salacot y correaje a juego, recibiesen el aguinaldo en forma de cajas de bebidas, cestas de Navidad y otros obsequios que se amontonaban a su alrededor, formando una estampa típicamente navideña.

La mañana del día de Nochebuena, las calles eran un hervidero de gente. Todo el mundo caminaba con prisa, de aquí para allá, por mor de las compras de última hora y los deseos de una feliz Navidad se sucedían al cruzarnos tanto con propios como con extraños 

La Nochebuena, tras la cena familiar, que reunía a la familia, incluso a los llegados de otras partes de España a pasar las Fiestas, y los consabidos Villancicos alrededor del Belén, tenía como lógica consecuencia la inapelable asistencia a la Misa del Gallo donde aprovechábamos para reunirnos, solapadamente, toda la pandilla de amigos y, cómo no, estar cerca de la chiquilla de nuestros sueños que vivía en la esquina de abajo de la calle y acompañaba a sus padres en esta función religiosa y cuya timbrada y hermosa voz destacaba a la hora de entonar el “Adeste Fideles”. 

Después, de regreso a casa, al igual que haríamos el día de Navidad, las felicitaciones de Pascuas se convertían, como las postales navideñas de los días previos, en el saludo más socorrido al cruzarnos por las calles con amigos, vecinos y conocidos, frases que repetíamos en los días siguientes al encontrarlos en la larga cola que se formaba para visitar el Belén de la Grande Obra de Atocha, el más popular de nuestra ciudad, o cualquiera de los otros que se instalaban aquí y allá. 

Por Inocentes todavía tenía plena vigencia la costumbre de gastar inocentadas de todo tipo, en especial la de colgar muñequitos de papel en la espalda de los incautos, una costumbre de la que siempre se hacían eco aquellos deliciosos extras navideños de los Tebeos de más difusión por aquel entonces que, por estas fechas, vendían todos los kioscos de la ciudad. 

El fin de año y el año nuevo constituían otro momento de felicitación entre amigos y vecinos que cruzaban el tradicional “feliz salida y feliz entrada”, en alusión al año que se iba y al que comenzaba. 

Luego se alcanzaban esos días de transición previos a la gran noche de Reyes. Los comercios se adornaban incitando a que en las cartas escritas a los Magos figurasen algunos de los artículos por ellos expendidos. Todavía el Bazar Freijido, en plena calle Real, colocaba aquella hierática figura del Cartero Real de cartón piedra que tantas y tantas ilusiones y anhelos infantiles recogió en su cofre dorado y ante la Terraza, sede entonces del Frente de Juventudes, se formaban interminables colas para visitar a SS.MM. los Reyes que allí recibían a la ilusionada grey infantil. 

Al final, el día 6, tras el alborozado despertar y el consiguiente desfile de bicicletas, patinetes, muñecas, cascos y pecheras de romanos, pistolas de vaqueros, etc., por calles y plazas coruñesas, la Plaza del General Franco, como se llamaba entonces, acogía la celebración de la tradicional Pascua Militar que servía de epílogo a la Navidad en nuestra ciudad.

Aquella mañana, que solía ser fría pero soleada, acudíamos ante el dieciochesco edificio de la Capitanía General a ver desfilar, emocionados, a las tropas que lo hacían al son de airosas marchas militares, encabezados por la Bandera o el Estandarte -a cuyo paso, como nos habían enseñado en casa, inclinábamos respetuosamente la cabeza- del Regimiento de la guarnición encargado de rendir los honores de ordenanza, entre tanto, en la zona del muelle de Animas, una Batería de Artillería disparaba las salvas reglamentarias. 

Hoy, pasados los años, todavía se conservan algunas de aquellas tradiciones que se vivían en una Coruña que se negaba a que un personaje gordinflón de fingida risa, vestido de rojo, venido de tierras extrañas, se convirtiese en el protagonista de unas fiestas que celebran exclusivamente el nacimiento de Cristo, nuestro Salvador.