El 30 de octubre de 1912 (Festividad de Cristo Rey y a punto de cumplirse ahora 110 años) llegaba a Roma Maximiliano María Kolbe. 
 
Tenía apenas 18 años, aunque su introspección y capacidad de discernimiento eran notables, y ante él se abría un mundo nuevo.
 
Roma era para él, y para la inmensa mayoría de las naciones de la Cristiandad, la de las gloriosas ruinas imperiales, la de la sangre de los mártires y la de las celebraciones litúrgicas bellas y multitudinarias. 
 
Al tiempo que Maximiliano se iba formando (intelectualmente en la Universidad Gregoriana, la de la Compañía de Jesús, y espiritualmente como Soldado de Cristo, en el Colegio Seráfico, el propio de la Orden de los Hermanos Menores u Orden Franciscana) no deja de observar y analizar los Signos de los Tiempos o, como diríamos con terminología más actual, no deja de analizar la actualidad política internacional con una perspectiva o paradigma teológico. Se va convirtiendo en un verdadero Analista de Inteligencia.
 
Pasados los años, llega a ver con total claridad que el liberalismo ideológico, económico, social y político es uno de los síntomas de una enfermedad llamada ateísmo que, a su vez, se manifiesta en un anticlericalismo desafiante, cuyos frutos podridos afectan no sólo a lo personal sino también a la vida social y nacional, produciendo pueblos, sociedades y naciones enfermas o débiles como la actual.
 
Desde el S.XIX, la Ideología Liberal (y antes su precursor el hedonismo, el materialismo y el antropocentrismo de principios del S.XVIII, y de raíz judeomasónica) tenía de frente a la Tradición Apostólica y al Magisterio de la Iglesia, con los pontífices al frente. 
 
En mayor o menor medida había en toda Europa disposiciones anticlericales que adentraban a los Estados en un proceso de secularización y desarraigo de la Fe Católica, de la Tradición y de la Cultura Europea  reduciendo lo religioso al ámbito personal o, desde una perspectiva materialista y liberal, al ámbito del individuo. 
Las modernas corrientes liberales de pensamiento (de raíz judaica, humanista o personalista y no teocéntricas) tenían un denominador común:
Ateísmo.
 
La consecuencia fue el abandono, no sólo de la práctica religiosa sino de la propia Fe. 
 
Para hacer de Bastión y de Dique o Baluarte frente a esta situación, así como de rearme espiritual personal y nacional, se crea la Milicia Inmaculada. 
 
En próximos artículos, Dios mediante, profundizaremos en la Misión de esta Santa Milicia Cruzada contra el Liberalismo en concreto y contra la Perfidia Judaica en todas sus manifestaciones.