Resulta fundamental y elemental que Margarita Robles y el gobierno de "la dignidad de cartel" deban preguntarse por las bases del respeto recíproco, por cómo resistirse a la deshumanización y degradación de otros por un motivo muy simple: es responsable de un Ministerio con cientos de miles de funcionarios especiales, Militares profesionales y Guardias Civiles; e interrogar por las motivaciones morales para defender el respeto recíproco, pues más allá de los clásicos escenarios del mal moral, como los que vamos a mencionar, en el mundo social cada vez son más frecuentes situaciones y prácticas en las que se vulneran la dignidad o el valor moral intrínseco propio de cada uno, y no se reconoce la dignidad, la cual, según el discurso de los derechos humanos, es inherente a toda vida humana. En todos los escenarios del mal moral se viola, se transgrede, se suspende o se niega la dignidad humana. Es decir, los seres humanos, como individuos, o como parte de un grupo, son tratados de maneras deshumanizadoras y degradantes, siendo la humillación una de las estrategias de estos escenarios por parte del MINISDEF, encarnado en su ministra Margarita Robles.

En efecto, cuando se intenta comprender la lógica de la humillación, el cómo, la experiencia de la humillación, los sentimientos, el sufrimiento y los actores implicados, actor, paciente y espectador, se hace notable que su único escenario no son las situaciones atroces como los campos de concentración, las cámaras de tortura, las masacres o las violaciones en masa, según Liliana Cecilia Molina González. Además, en el contexto de la vida en común se puede ver que la humillación en cuanto acción, experimentada por quien la padece, y como conducta y proceso, por parte de quienes la infligen y de quienes son sus espectadores, se presenta, muchas veces, como una práctica socialmente tolerada como la que se practica en el MINISDEF apoyado en una red de leguleyos profesionales que utilizan la potestas pero nunca la auctoritas por la sencilla razón de que no poseen el conocimiento suficiente para tenerla.

El mal moral buscado e infligido por estos corruptos a los soldados de cualquier empleo podemos definirlo como un conjunto de acciones intencionales por medio de las cuales se lesiona la dignidad humana y, por tanto, se explica por la negación de derechos. Sin embargo, el mal moral no consiste solo en una negación de derechos, sino también en una experiencia que involucra, entre sus estrategias, la humillación: ésta puede entenderse como una experiencia compleja que implica también al cuerpo. Se debe afirmar que la humillación, como práctica social, es una forma socialmente tolerada del mal moral que incita a la deshumanización de otras personas, produciendo sufrimiento moral. Además, plantea la necesidad de pensar la dignidad desde el cuerpo y considerar el sufrimiento como un criterio indispensable para resistir ante prácticas deshumanizadoras.

El mal moral tradicionalmente se sitúa en el contexto de la atrocidad y la crueldad, pues se refiere a una acción intencional dañina que viola los derechos humanos y, con ello, la dignidad de quienes son afectados por este tipo de acciones. Sus víctimas suelen estar en estado de indefensión y son sometidas a vejámenes que les restan o suprimen, según cada caso, autonomía y derechos, pero también la capacidad para responder ante el daño recibido. Sin embargo, el mal moral no se refiere solamente a acciones que al lesionar derechos y bienes afecten la autonomía y la dignidad, sino a una experiencia que produce sufrimiento y secuelas relacionadas con la ruptura de relaciones -con uno mismo, con los otros y con el mundo-, porque el daño que produce afecta la percepción de sí mismo como sujeto moral.

La humillación como señala Evelin Lindner puede ser evaluada con diferentes perspectivas: la perspectiva de la víctima, la del testigo (espectador) y la del humillador, en cualquier combinación de estas variables, y desde la perspectiva de una práctica específica. Ahora bien, desde el punto de vista de la experiencia puede evaluarse como una experiencia privada y con un punto de vista psicológico, pero también como una experiencia relacional. Consideremos, por ejemplo, lo que sucede cuando se desvirtúa públicamente la capacidad intelectual de un estudiante (en la secundaria) porque no cumple con los cánones establecidos por los parámetros de la evaluación académica escolar; pero también lo que ocurre con estudiantes que optan por una orientación sexual no heterosexual. Los ejemplos pueden ser numerosos, pero en todo caso "sentirse humillado" remite a una experiencia compleja que puede ser descrita al mismo tiempo como privada y social, pues la humillación, añado, pone en juego la dimensión doble e inseparable de las emociones: es decir, su carga cognitiva y afectiva. En la explicación de autoras como Sara Ahmed, el aspecto cognitivo de la emoción es inseparable de su aspecto afectivo; para ella no se trata de "crear esferas separadas entre la conciencia y la intencionalidad, por un lado, y las reacciones fisiológicas o corporales por el otro".

La humillación; la experiencia de la humillación puede examinarse como un incidente individual, pero también como una práctica sistemática; como una herramienta de control social o una herramienta de dominación e incluso como una experiencia que puede activar la capacidad de resiliencia, es decir, nuestra capacidad para resolver positivamente experiencias traumáticas.

Como parte de las dinámicas sociales, la experiencia de la humillación puede suscitar emociones como ira, vergüenza, culpa, desamparo, miedo, angustia y deseo de venganza. Todas estas emociones tienen que ver con la afectación o pérdida de autonomía, con la percepción de una falta de reconocimiento del propio valor moral (de un individuo o de un grupo) y, en algunos casos, con la lesión de la identidad y la experiencia de exclusión de la comunidad social, moral y política. En ese sentido, la humillación involucra una experiencia de sufrimiento y permite pensar que la ira y el resentimiento asociados a ella pueden entenderse como emociones morales. Al respecto añado que, aunque el resentimiento y la ira puedan desencadenar comportamientos negativos e indeseables como la violencia o la agresión, funcionan también como sensores morales de nuestra humanidad cuando ésta se ve afectada, negada o amenazada.

La humillación, como acción, produce daño, pues atenta contra la dignidad de una persona o de un grupo. Por su relación negativa con la dignidad -puesto que la lesiona-, un examen de la humillación como fenómeno social permite reflexionar, por una vía negativa, sobre el contenido que concedemos a una categoría como la de "dignidad" humana. Pero también nos permite reexaminar nuestras concepciones sobre el componente social de la condición humana, ya que ésta se gesta y gestiona o agencia en un mundo social donde las concepciones que conforman una episteme dominante pueden llegar a ser excluyentes y, en algunos casos, pueden llevar a legitimar prácticas de humillación, como la discriminación o la negación de derechos para grupos e individuos que no encajen en un ideal social normativo y dominante.

El punto de partida de las anteriores observaciones ha sido que la humillación, ya sea como acto, proceso o padecimiento, consiste en negar la dignidad igual que los derechos humanos demandan para todos, aunque con la limitación de circunscribir, ante todo, el goce de dichos derechos a la condición de "ciudadanía" anclada a algún territorio. Además, esta negación se experimenta como una experiencia compleja de sufrimiento que no se reduce a pérdida de derechos.

Pareciera una obviedad señalar que la humillación sea una forma de mal moral como lo indica el título de este artículo, pero justamente lo que tendemos a juzgar como una obviedad señala algo que puede ser tan familiar que, dados sus efectos, precisa ser reconsiderado. Precisamente este es el punto que quiero subrayar: que el peligro de la humillación como práctica social estriba en que tiende a hacerse aceptablejustificable, regular. De ahí la necesidad de revisar críticamente los prejuicios que en muchos casos se alegan para negar el principio normativo de la dignidad humana, como sucede, por ejemplo, cuando las instituciones no respaldan el cumplimiento de un derecho, negando así autonomía y capacidad de decisión a quienes se ven impedidos para reclamarlos efectivamente, como es mi caso. Y la necesidad, también, de encontrar razones para resistir la deshumanización que en ella opera.

Pues la humillación se refiere a las muchas maneras en que puede no ser respetada, vulnerada y no reconocida la dignidad humana. A lo largo de La sociedad decente, Margalit señala que la humillación se relaciona conceptualmente con dignidad, respeto, integridad, estima, autorrespeto, autoestima, crueldad, identidad, rechazo, comunidad moral. Humillación es toda conducta que dé razones a quien la sufre para sentir y reconocer que su dignidad está siendo irrespetada, pues el respeto es la manifestación externa de la dignidad. Margalit añade un aspecto problemático al análisis de la humillación: pues como espectadores podemos reconocer que un tipo de acción padecida por otra persona o grupo de personas es humillante, sin que esa persona o grupo afectado se sientan humillados, pues sus juicios de valor sobre la situación x le(s) impide reconocer dicha acción como humillante. Margalit se refiere al caso de un hombre negro y esclavo que aunque es constantemente maltratado y humillado (Tío Tom), no se siente humillado debido a sus creencias religiosas, aunque sabe que así "no deben ser tratados los hijos de Adán". De ahí que la humillación sea una contrapartida del discurso sobre la dignidad humana, siendo la dignidad el respaldo normativo y moral, a su vez, del discurso sobre los derechos humanos.

Desde el punto de vista de la relación entre la interiorización de discursos sobre la dignidad y los derechos, y sobre las situaciones en que éstos son negados, podemos imaginar el caso de una persona inmersa en "imaginarios sociales" en los cuales la dignidad solo se adscribe diferencialmente: es decir, a unos sujetos sí y a otros no. En estos casos es obvio que se cultiva el respeto moral, pero solo para algunos, y con ello se consiente la posibilidad de humillar a aquellos con quienes no se reconocen compromisos u obligaciones morales y jurídicas, porque no se les considera como humanos en un sentido pleno.

Y así, a base de ejemplos de humillación, que es lo mismo que faltar a la dignidad, al respeto, podríamos estar hablando eternamente del PSOE., del actual gobierno y, en mi particular, de Margarita Robles; el Partido Político, el gobierno y la ministra más corrupta que hayamos tenido.

No me va a humillar, Margarita, con su indignidad; el cartel de cabecera de este artículo lo dice todo: no digas nada, que tus acciones hablen por ti; no me siento humillado, no, sino dignificado en mi lucha; yo soy como el Tío Tom y pienso lo que piensa él: "así no deben ser tratados los hijos de Adán".

"AYÚDAME ESPAÑA"

Cinco (5) meses luchando a los pies del MINISDEF, en la misma calle, intentado humillar y abandonado por el Gobierno y la ministra Robles, enfermo y con muchas dificultades diarias para poder alimentarme y comprar mi medicación. Ayúdame, con líquidos y alimentos si sois de Madrid o, si os resulta más cómodo, de la manera que se describe a continuación en la fotografía. Muchas gracias.

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Agustín Fariña. Soldado de Infantería Ligera (R). 138 días de Huelga frente al Ministerio de Defensa Español, Paseo de la Castellana, Madrid.