La acepción clásica de democracia carece de representación real porque el gobierno del pueblo es un objetivo irrealizable. Algo que aspira a concretarse no puede proceder de lo indeterminado. Y el pueblo constituye una abstracción, la suma de miles o millones de individuos cada uno con sus inclinaciones, intereses y sentimientos que, en un momento dado, cede su supuesta soberanía a un líder o a un partido. La visión de la democracia como una panacea puede resultar un error; de hecho en el mundo empresarial, institucional, religioso y educativo no se aplica.

Tras esta cuestión previa, podemos referirnos a la democracia como un sistema de gobierno en que los gobernantes son elegidos por los ciudadanos mediante mera votación; o bien como un método de gobierno bajo el imperio de la ley, es decir, un sistema político que garantiza sobre todo una justicia justa, una educación humanista y una información libre, con la lógica separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Los grandes defectos que degradan la democracia provienen de la imposición de dichos tres poderes como un solo. A lo que habría que añadir una Ley Electoral discriminatoria; unos partidos políticos espurios en origen, por no ser democráticos en su funcionamiento interno; unos Grandes Medios de Comunicación venales; una Educación y una Cultura oportunistas, sectarias y deshumanizadas, y una sociedad inerte y hedonista. 

La función política actual, convertida en fiel instrumento del Sistema, patrocina y elabora el consenso de rebaño para utilizarlo hábilmente en beneficio propio y de sus jefes. Mediante el trampeo del lenguaje, coacciona y seduce, difuminando conceptos y cambiando el sentido de las palabras; así como suministrando consignas y soportes ideológicos de domesticación de la muchedumbre, que permanece resignada y adormecida, absolutamente quebrada su sensibilidad.

La misma palabra «democracia» constituye el paradigma de la falsificación. Nada es lo que parece. La realidad no existe, sólo la ficción elaborada por los plutócratas. Y a ello hay que añadir el virus de la fiebre consumista, inoculado en la sangre de las sociedades desarrolladas. En ellas las personas tienen unas expectativas siempre crecientes, por lo que jamás se conforman con lo logrado. Por eso su felicidad es efímera, sus exigencias permanentes y su frustración constante. En realidad nos hallamos ante la vieja contienda entre el Mal y el Bien, o entre la res publica y la res privata que siempre ha producido alarmantes crujidos en la sinfonía armónica de la Ciudad Democrática o Ideal. 

El reto consiste en encontrar espacios para la libertad individual, sin poner en peligro la paz y estabilidad ciudadana. Todo ello frente a las ideas totalitarias que instauran la injusticia como norma suprema del ordenamiento jurídico y se oponen a la corrección democrática. Cuando se corrompen los tres poderes y se dejan indefensas la Justicia y el Derecho perdemos la dignidad, y la dignidad no se negocia. 

Un sistema en el que los gestores del Estado son impunes ante el delito, es un sistema detestable y corrupto en sí mismo. El procesamiento de los responsables políticos y económicos causantes del escándalo y la ruina, es asunto moral y político decisivo para el fortalecimiento democrático. En una democracia respetable nadie, y menos un Gobierno, debiera librarse impunemente de su responsabilidad delictiva. Tendría que responder ante la justicia y la sociedad por todo el daño causado. Que en el caso actual de España es infinito.

De ahí que, para regenerar la actual descomposición social y fortalecer la democracia resulte primordial, además de fomentar la religiosidad -la identidad- del individuo, reparar los órdenes judicial, cultural y educativo, y suprimir los subsidios a los medios informativos. Sin desatender que una sociedad hedonista fundamentada en el dinero es una sociedad carente de vigor ético, cimentada en el vicio.

Estas y otras medidas sociopolíticas son imperativas aún sabiendo que sólo una minoría ciudadana alienta anhelos regenerativos. Aunque da amargura ver la dignidad en tan pocas almas, no hay otra elección que la del bien o el mal si aspiramos a un Estado de derecho -se acoja o no bajo la etiqueta democrática-, porque en un Estado de derecho dotado de garantías para la vida y la propiedad, la arbitrariedad del poder político está limitada por las leyes; en cambio, en una democracia en la que la mayoría parlamentaria carece de límites, nuestras libertades pueden ser violadas por cualquier decisión política.

No es aceptable el gobierno de una oligarquía que convierte la política y la cultura en un corporativismo elitista con el fin de conseguir supremacía permanente sobre los gobernados. Dado que nuestra democracia encarna el elogio de la medianía y el encumbramiento de la delincuencia y de la demencia, es preceptivo encarcelar a los actuales dirigentes y situar caballeros a la cabeza de la ciudadanía, es decir, hombres cuyas ideas rectoras no están conectadas con su éxito o sus necesidades personales. 

Triste condición la del virtuoso que soporta insidias, animosidades y prevaricaciones de quienes debieran haber sido sus defensores. Así no es extraño que los afanes de muchos hombres distinguidos se debiliten y su ánimo acabe deprimiéndose. Si sostener libremente lo que se piensa es causa de represalia, es normal que para evitar la tormenta, los más vulnerables entre los espíritus superiores acaben plegándose a las circunstancias o adoptando el silencio social e intelectual. 

No sólo nuestra Transición ha fracasado, es el Sistema en su conjunto el que no tiene futuro desde una perspectiva cristiana y humanista, pues representa un experimento diabólico contra la dignidad de la persona. Es preciso restaurar la política, la educación y la justicia. Y, sobre todo, recuperar las raíces espirituales del ser humano y recobrar su futuro, si queremos desvelar la pesadilla de una época de crisis no sólo económica y política, sino especialmente social, de quiebra profunda de valores y principios.

El hombre que se ha de concebir es un hombre libre capaz de luchar contra la adversidad y triunfar sobre ella gracias a su virtud. Él debe ser el modelo, en oposición al hombre inerte, vaciado de espíritu, manipulable, subvencionado, número indiferenciado dentro de ese rebaño que el neofrentepopulismo llama pueblo, y que no es sino vulgo bajo, cuyo dominio constituye el fin último de los liberticidas.