De nuevo, como cada año, ayer dejé que la suave brisa atlántica que acaricia el pétreo rostro de la ciudad se deslizase por mi cara treyéndome, con sus aromas inconfundibles, recuerdos de otros tiempos que se han ido quedando atrás confundidos con ese ir y venir de las hojas ocres al caer, lentas y majestuosas, de los plataneros de la plaza de la dama de la fuente de hierro.

Sabía, estaba seguro de ello, que al doblar la tarde la esquina de la noche, en cualquier plaza o en cualquier calle me iba a encontrar con el alegre discurrir de la bulliciosa comitiva de la ilusión. Ese mágico deambular de los personajes más maravillosos, extraídos del viejo baúl de las tradiciones, el bullicioso desfile de los Reyes Magos de Oriente.

Quise antes, en una especie de ejercicio de reencuentro con los recuerdos, pasear las calles para encontrarme, cara a cara, con los ilusionados rostros de los niños que, de la mano de sus padres, apuraban el paso para llegar, antes que nadie, a cualquier acera donde encontrar un puesto de privilegio para ver a los hacedores de sus deseos, de sus sueños, de sus ilusiones.

¡Corre papá que no llegamos!, gritaba aquel pequeño embutido en su bufanda de colores y su gorrito de lana. ¡Mamá, que sí no veo a los Reyes a lo mejor no me traen nada!, exclamaba la niña de ojos verdosos llenos de ilusionada luz y abriguito azul con botonadura dorada. Unos y otros bajaban presurosos de los barrios de la ciudad para encontrarse al fin con los Reyes de la ilusión.

Me di cuenta, pese al paso de los años que dicen no perdona, que todo seguía siendo igual que cuando yo ocupaba el lugar de juego o de privilegio en la acera que ahora ocupan estos otros niños con los que ayer me encontré cara a cara. Idénticas muecas de nerviosismo; idénticos rostros de sorpresa e idénticas muestras de alegría al cruzar sus ojillos atónitos con los de los viejos personajes montados sobre sus carrozas multicolores y rodeados de toda una suerte de heraldos, soldados y carteros reales.

Cuantas cosas siguen siendo iguales en mi ciudad como lo eran en aquellos años de mi infancia. Sin duda, la evolución de los tiempos han ido mutando muchos aspectos de la urbe, convirtiéndola en más moderna, dotándola de mayor calidad de vida, haciéndola más permeable a usos y costumbres venidos de fuera; sin embargo, muchas otras cosas no han cambiado en absoluto, manteniéndose incólumes, con ese delcioso sabor provinciano que siempre han tenido.

Todavía ayer pude ver, al final de la calle Bailén, casi en su cruce con la calle Real, en un comercio de juguetes de esos de toda la vida, la figura expectante del viejo cartero real de cartón piedra. ¿Cuantos años llevará aquí?, me pregunté. Al no tener respuesta no dudé en entrar a la tienda y formular esta pregunta a su propietario. “Desde antes de la República”, me dijo. Es decir tiene más de 90 años. Todo un venerable anciano con sus ropajes extraídos del cuento de las Mil y una noches que, año tras año, permanece impávido, convertido en mediador de la ilusión, mientras en el cofre que porta en su mano derecha recoge los sueños hechos papel de cientos de niños que, como yo mismo hice, se acercan a él, en una especie de acto intimista, para entregarle esa carta secreta que, sin duda alguna, él hará llegar a Melchor, Gaspar o Baltasar.

Durante un instante, de esos que no mide ningún reloj, me quedé extasiado contemplando la figura hierática del viejo paje de cartón piedra. Cuántos sueños, cuántos deseos, cuántas ilusiones ha recogido a lo largo de su dilatada vida en la puerta de la juguetería, viendo pasar los años y midiendo el pulso de los niños de la ciudad. Por la magia del tiempo, este viejo cartero real, se ha convertido en uno de esos personajes intrínsecos a la Navidad coruñesa; uno de esos personajes que a veces pasan desapercibidos pero que han jugado un papel importante en el devenir de varias generaciones de coruñeses. Quedé meditando sobre ello durante un rato. Quizás un día se cierre la juguetería y este viejo mediador con el mundo de la ilusión acabe sus días arrinconado, lleno de polvo, en cualquier desván. Sería penoso que alguien que, como él, hizo concebir tantos sueños, no ocupe un puesto de honor en ese museo que jamás se ha creado y tal vez no se cree nunca donde todos los personajes de la intrahistoria ciudadana ocupen lugar de honor.

Volví a las calles iluminadas con bombillas de colores y me dejé llevar por el ir y venir apresurado de las gentes con sus compras de última hora. Todo seguía siendo como siempre, como lo era en mi infancia. El cierre de los comercios a la medianoche. Las regañinas de los padres a los niños que no quieren acostarse, deseando esperar a los Magos despiertos. La bulliciosa ilusión de la gran Cabalgata. Todo evocó los recuerdos de cuando yo era pequeño.

A lo lejos me sorprendió una cascada multicolor de fuegos artificiales que ponían fin a la tarde y presagiaban la misteriosa noche de Reyes al punto de franquear sus puertas a un mundo lleno de juguetes, de regalos, de sueños ilusionados.

Como no podía ser de otra forma, despacio, saboreando el ambiente del epílogo de otra Navidad, me dirigí a mi casa, seguro que si me dormía temprano y dejaba los zapatos cerca de la ventana, recibiría la visita de los Reyes Magos, en especial de Gaspar, mi Rey de toda la vida. Así lo hice ilusionado con un nocturno pleno de mágicas sorpresas.

Como cada año, pasadas las doce de la noche me levanté en sigilo y corrí a la ventana para mirar al cielo. A lo lejos, en lo alto, la estrella de larga cabellera guiaba el mágico cortejo de los Magos con su corte de pajes y camellos cargados de regalos. Cerré los ojos y les pedí que ningún niño se quedase sin juguetes; que reinase la paz en el mundo; que los hombres nos tornasemos en gentes llenas de buena voluntad; que todos fuesemos capaces de ser niños para vivir esta noche de ensueño con ilusión.

Pensé en el viejo cartero real de cartón piedra. Sin duda caminaba en el cortejo que discurría por mi cielo particular; sin duda estaba haciendo llegar a sus Majestades de Oriente los mensajes de tantos y tantos niños que, mirándolo fijamente a los ojos, le transmitieron sus deseos para una noche llena de magia. Luego, como cada 7 de enero volverá a ese lugar donde, en unión del viejo soldadito de plomo y su eterna enamorada la bailarina, duermen los sueños que tan solo se reavivan cuando somos capaces de encarar a la vida con los ojos del alma; con esos mismos ojos con que los niños han visto discurrir la gran Cabalgata de Reyes.

Por la mañana, casi con el alba, me desperté alborozado y corrí al salón. Allí, junto a una tarjeta que llevaba mi nombre, me aguardaban un montón de regalos que los Magos habían dejado a su paso. Sin duda no fui tan malo este último años. Gracias Gaspar y gracias también a Melchor y Baltasar.

Como cada 6 de enero por la mañana, me acerqué a la vieja plaza de Capitanía General. Allí, como siempre, se iba a celebrar otro de esos actos que, en nuestra ciudad, están intimamente ligados con la festividad de los Reyes Magos: la Pascua Militar. Creo que siempre, al menos desde que comencé a salir con amigos, he concurrido puntual a ver el desfile militar del día de la Pascua.

Por la calle del Príncipe, airosos como siempre, los soldados de la Compañía de Honores bajan, al son de “los Generales” a ocupar su puesto para la revista. La gente se agolpa en la plaza. Suena el Himno Nacional mientras es recibida la Bandera de un viejo Regimiento ya desaparecido. A las 12 en punto, con esa puntualidad propia del estamento castrense, el Capitán General hace acto de presencia para recibir, desde el podium, los honores de ordenanza. Luego, como colofón antes de la tradicional recpeción, el desfile de la Compañía de Honores precedida por los Gastadores. Un año más se ha cumplido con otro rito tradicional que recuerda la recuperación de Menorca por el Ejército en el reinado de S.M. D. Carlos III.

Vuelvo a casa y de nuevo dejó que mis recuerdos me devuelvan a otros tiempos. Muchas cosas han cambiado. Muchas personas queridas se han ido para siempre. Muchos de los hitos que marcaban para mi el día de Reyes han desaparecido. Sin embargo, todavía hoy, con no pocos años a mis espaldas, espero con la misma ilusión cada mañana de Reyes ha sabiendas que al pasar el cortejo por mi cielo personal se habrán acordado de alguno de mis deseos para hacer realidad alguno de mis sueños.

Una vez en el portal, antes de perderme en las escaleras, recuerdo al viejo cartero real, mediador de mis ilusiones, y hago votos para que de nuevo, el año que viene, cuando la Navidad se acerqué ocupe su puesto de privilegio en la puerta de la juguetería de la calle Bailén, para ver pasar a los niños de mi ciudad y para que estos depositen en su cofre una buena parte de sus ilusiones en forma de cartas de esas que llevan como destinatarios a SS.MM. los Reyes Magos de Oriente.

Llamo al timbre y como siempre, dulce y amorosa, me abre mi mujer con su cabello corto color oro. Sonríe. Ella también fue buena y los Magos no se han portado mal. Nos sentaremos a la mesa a comer y al final, en los postres, servirá el tradicional Roscón de Reyes. Tal vez este año de nuevo ella se convierta en la Reina de la fiesta al encontrar el pequeño regalo que oculta, celosa, la rueda de pan anisado. Otra tradición que heredé, como otras muchas, del amor que me depararon mis padres ya desaparecidos.

Gaspar, Melchor, Baltasar. Muchas gracias por la ilusión; muchas gracias por los sueños; muchas gracias por la tradición y muchas gracias por habernos permitido recuperar Menorca.