El domingo, como es nuestra carca costumbre, fuimos a la iglesia, y mi mujer preguntó al sacerdote, antes de iniciar la misa, si nos daría la comunión en la boca (lengua); aquel pastor de almas, sin dudar, le dijo que sería en la mano, «como a todos».

Qué distante esta declaración de las palabras de Juan Pablo II: «¡Con qué elocuencia el rito de la unción de las manos de los sacerdotes en la ordenación latina nos dice que una gracia especial y el poder del Espíritu Santo son necesarios precisamente para las manos de los sacerdotes! El tocar la Santa Eucaristía y distribuirla con sus propias manos es un privilegio de los ordenados». Pero ya ni los propios sacerdotes creen en sus especiales e irrenunciables prerrogativas.

Hasta el dubitativo y agobiado Pablo VI advirtió en 1969 de los peligros de la Comunión en la mano, y exhortó a los desobedientes (sacerdotes y laicos), «por el bien de la Iglesia misma», a dar y recibir la Sagrada Comunión en la boca.

Recordemos que el dicasterio correspondiente señaló, durante la fuerte epidemia de gripe del año 2009: «…cada uno de los fieles tiene siempre el derecho a recibir la Santa Comunión en la lengua, y no es lícito negar la Sagrada Comunión a ningún fiel cristiano».

Ya desde los clásicos, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, hasta Juan Pablo II o Benedicto XVI, pasando por tantos concilios esenciales, incluido, claro, el de Trento, es entendido como error la Comunión que no sea en la lengua y de rodillas.

¡Cuántos santos, sabios y teólogos lo advirtieron!: Cuando una ley, norma u orden violenta la verdad y la justicia, cuando es corruptora, estamos obligados a la santa rebeldía, a la desobediencia, cuánto más si se trata de la defensa de la Iglesia.

Los enemigos de la Iglesia, los curas renegados, los masones, han insistido en la importancia de la corrupción de las maneras, para destruir la liturgia, la piedad, el recogimiento de los fieles, que lleva a la decadencia inexorable de las convicciones, instando a conseguir que los católicos comulgaran de pie y en la mano, para conseguir su objetivo de destruir a la Iglesia, como el ejemplo del epistolario que sigue:

  Estanislao Guaita a Pablo Roca: «Hemos de trabajar activamente para lograr que en los templos romanos se comulgue de pie. El día que lo consigamos, nuestro triunfo estará asegurado».

Roca a Guaita: «Estoy totalmente de acuerdo con su punto de vista, pero será conveniente pasar rápidamente a una segunda fase, dando el pan en la mano a esos antropófagos fanáticos».

Guaita a Roca: «Con estos dos logros, el resto caerá como fruta madura, puesto que la eucaristía es solamente esto: ágape símbolo de la filantropía universal».

El error, a pesar de no tener derechos (si acaso a desaparecer), las desviaciones más descaradas de la moral y la razón, se universalizan, masifican y señorean con tiranía inaudita. El derecho a la estupidez y la maldad domina una sociedad aborregada y adormecida por el opio de la libertad, que opila las almas.

 En esta desnaturalizada y mórbida sociedad que nos toca sufrir, es curioso observar cómo frente a la manida y difundida filosofía del pacifismo, todas las manifestaciones progresistas son altamente agresivas. Una de las características de la criatura superior, es la inhibición ante el acto de matar y la violencia desordenada, por eso, la eutanasia y el aborto son desviaciones del recto comportamiento.  

Es importante para este Nuevo Orden Mundial, impuesto desde el odio y la vesania, sin más objetivo que la satisfacción del deseo pervertido y la ambición, destruir las firmes bases de la tradición cultural de los pueblos, garantía de su fortaleza y resistencia.   

La destrucción de la pureza y cuidado de los rituales es una forma de iconoclasia, que no acerca al ser humano a la esencia, sino que lo desvincula y destruye caminos para su interiorización y asunción, así como debilita los lazos de unión entre las personas que comparten una doctrina, circunstancia que conoce muy bien el liturgicida, moderno o antiguo.  

El rito, por tanto, nos enlaza intelectual y afectivamente con una tradición, su degradación nos separa de ella, y hace fácil la difusión del error; perdida la capacidad crítica, la sociedad se convierte en masa. Los enemigos seculares de la Iglesia, de la tradición y cultura de los pueblos, los modernistas o progresistas, los globalistas, necesitan romper los lazos que unen a los hombres, y los enlaza con su pasado.  

Sin entrar en honduras teológicas o históricas, es clara la alianza entre las nuevas presentaciones de viejas y no debidamente evidenciadas doctrinas, infiltradas ya desde hace décadas en el propio Vaticano, y que hoy parecen estar ganando la lucha por la disolución de la doctrina, del bien y la verdad, con el peso abrumador del modernismo, de las espurias alianzas que conforman el NOM, contubernio fundamentado en el infame cimiento del odio común. Mal consejero es éste.

Esta degradación moral de la Iglesia, de su esencia y manifestaciones, no es una circunstancia aislada; con su modernización y adaptación al mundo, la Iglesia solamente se suma a la degradación general impuesta por el globalismo homogeneizador y destructor, perdiendo así, como toda la cultura occidental, grecolatina y cristiana, su identidad. Desconocida nuestra identidad, resulta fácil sumarse sin resistencia a la corriente de moda.

Infectar la Iglesia es un punto capital de la estrategia desestabilizadora universal, pues siempre fue referencia y fortaleza moral para el mundo, es enemigo prioritario.

En esta batalla (fácil en este mundo inficionado de escepticismo, hedonismo y relativismo), es esencial, como decíamos, la degradación del rito, de la liturgia, para alejar a los fieles de la sublime entraña de la misa; la chabacanería se apropia de la celebración, la doctrina se trivializa.

 Corrompen la música (la música sacra), con instrumentos, letras y sones inapropiados (se acuerdan los lectores de la irrupción, entre otros instrumentos, de la batería en la misa), hoy hasta se pueden oír canciones heréticas, sin ni siquiera mala intención o conocimiento de los cantantes. Se minimiza el protagonismo del sacerdote en la celebración (ya no son suficientes los monaguillos). La disposición de los distintos elementos de la iglesia, especialmente los que forman parte del altar, pierden su posición formal, incluso el sacerdote está por encima del sagrario, que ya no es necesario que esté situado en posición preeminente (ni siquiera importa donde esté) … Hasta conseguir que nos dé igual la Pachamama o la Suma Teológica.

Debemos devolver a nuestros pueblos, con determinación y sano entusiasmo militante, su identidad ultrajada.

Debemos volver con entusiasmo militante, con determinación, a la antigua formalidad para recuperar el decoro, la piedad, la seriedad, el recogimiento, el respeto…, el sentido íntegro de la misa, su substancial importancia, porque, en el actual estado de inedia intelectual y espiritual, está el germen de la destrucción de nuestro mundo.

Qué felices y fuertes tiempos aquellos en los que se podía decir que cada español era un místico, hidalgo y guerrero, y ninguna modernidad, enemigo, hereje ni virus, podía doblegar nuestras filas ni nuestras convicciones, cuando solamente nos arrodillábamos ante Dios. ¡Feliz aggiornamento!