Dice la prensa que la señora, señorita o lo que sea Irene Montero -o Irena Montera, siguiendo sus gustos iletrados- va a informar a la Fiscalía de la manifestación que denomina "neonazi" que en el barrio de Chueca de Madrid expresó su deseo de que los homosexuales salieran del barrio, al grito de "fuera maricas de nuestros barrios" y "fuera sidosos de Madrid".

Quien me conozca sabrá que no soy nazi. Y que -en mi modesta opinión- un español no puede ser nazi porque no puede ser racista. Otra cosa es que esté -estemos- hasta donde no digan dueñas de la gente que viene a España a vivir del cuento, a delinquir, a apuñalar o violar y otras lindezas, con independencia de cual sea su origen étnico o geográfico.

Pero el caso es que doña Irena ha afirmado: Pondremos en conocimiento de Fiscalía el odio lgtbifóbico y racista de la manifestación nazi de hoy en Chueca. Además estamos tramitando con urgencia la Ley Trans y de derechos LGTBI, que es lo que permite blindar derechos. Colectivos y personas LGTBI, no estáis solas.

Quizá alguien debería decirle a doña Irena Montera que, según lo escribe -odio lgtbifóbico- lo que está diciendo es que informará al fiscal de turno que se ha producido una manifestación de gente que odiaba la fobia a los -ellos se denominan así- "marikonazos". Es decir, que se va a denunciar a sí misma, que parece odiar la citada fobia.

Y este es el asunto. No el de la necedad de doña Irena -necio quiere decir "ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber"-, que es cuestión conocida y que ya no merece atención, sino el tema de los odios.

Porque, ya puesta a chivarse, debería doña Irena tomar nota también de la profusión de rojos, rojetes, rojillos, sinvergüenzas, canallas, vagos, maleantes -don Manuel Azaña definió en Ley-, tontos, chulos -proxenetas por otro nombre, por si esta es otra de las ignorancias abismales de doña Irena-, y en general gentes de mal vivir, que decían los clásicos, que berrean -como se puede ver en la foto- "fuera fascistas de nuestros barrios".

Ya sabemos que, aunque la Constitución diga que todos somos iguales ante la Ley, unos somos más iguales que otros, según definía Orwell en su Granja. Pero doña Irena y sus paniaguadas, sus niñeras podemitas pagadas por el Presupuesto, sus enchufadas ministeriales y otras compañeras de fatigas deberían, al menos, disimular un poco sus fobias.

Porque tan "delito de odio" es gritar que se vayan los marikas -así se llama la asociación que tanto protestó por el ataque al floripondio que se pasó de frenada al denunciar que le habían agredido y grabado a cuchillo, cuando todo había sido sino una juerga con amiguetes- de los barrios, como expeler el mismo deseo con respecto a los "fascistas".

Por lo menos, hasta que doña Irena, sus cómplices, sus niñatas exhibidoras de "torso" y esa amiga que sabe escribir, pergeñen una Ley que indique que los "fascistas" -reales, supuestos, presuntos o imaginarios- son reos de muerte civil desde el nacimiento.

Cosa que a mi tampoco me preocupa, dado que, en primer lugar, no soy italiano y, en consecuencia, no puedo ser fascista. Quizá para ellos -la ignorancia es poderosa, y los tópicos más, sobre todo en cerebros yermos- todas las personas decentes seamos directamente catalogables de fascistas. Lo cual termina por explicar muy bien qué coño son todos ellos, ellas y elles, tan antifascistas como la extinta Unión Soviética porque aún ignoran que aquél invento estaliniano se hundió hace décadas.